La Parisina
Por Juan Basterra
CAPÍTULO XXVI
De los testimonios

Bruselas, 28 de septiembre de 1924
Comienzo a dictar un diario de sobrevivencia. Lo destinaré a describir los postreros momentos de mi amada Albertine. Desearía, con ese afán absurdo que comporta todo anhelo, que pueda servir de recuerdo a su maravilloso paso por la existencia y, si mi pudor lo permite, que constituya el colofón a la novela que, en algún momento y lugar, rendirá homenaje a su amor y mis recuerdos.
A finales de febrero de este año regresamos a París. El ascenso al "Mont Blanc", empresa a la que yo mismo di forma, y de la que pedí a Albertine su interrupción, se constituyó en el último desafío de la vida de una mujer, que por nacimiento, genio y circunstancias, estaba llamada a ser algo prodigioso, y al que solamente la muerte, en su hábito silencioso y supresor, podía dar culminación absoluta.
El pasado no existe, se dijo y se escribió en innumerables ocasiones. Es probable que el postulado sea certero y no traicione lo que de verdadero e irrefutable comporta tal sentencia. No importa. Mi alma, mi paz y mi gratitud se deben este examen.
Alguna vez, y en medio de la calma que interrumpía las manifestaciones visibles de su dolor, Albertine me dijo:-Creo que amamos nuestro pasado porque nos aleja de la propia muerte, al recorrer, en sentido inverso, el devenir de nuestros años. Muchas veces recuerdo la niña que fui. No puedo precisar los detalles de lo vivido, pero sé muy bien que esa niña está protegida de las vicisitudes adversas en ese lugar en el que se ignoran el porvenir y sus amenazas.
Durante el transcurso de sus últimos meses, y en las pausas del dolor perpetuamente renovado (dolor del que omitiré los detalles en salvaguarda de la propia integridad de mialma), Albertine dio de sí misma la versión de lo más puro de su existencia: el arrojo en cada una de las acciones de su vida, su generosidad sin pausa y sin medida y la templanza ante los infortunios con que nos gobierna la naturaleza.
Dos semanas antes de su muerte, y antes de ingresar en el período de inconciencia definitiva, me dijo:
-Nunca dejes de recorrer los caminos que tanto quisimos. Recuérdame de esa manera.
Los caminos no fueron tantos (entre nuestro primer encuentro y la muerte de Albertine transcurrieron solamente dos años y algunas semanas), pero agotaré todos ellos: los reales y aquellos que tanta veces imaginamos y a los que no pudimos dar realidad.
En París visitamos cuatro veces la Place des Vosges. Una tía materna tenía una residencia a pocos metros de lo que fue la casa de Madame de Sévigné. Albertine me indicó una de las hamacas y me dijo una tarde:
-Todavía me veo en ese lugar y mecida por el ímpetu de mi querida madre. Papá siempre nos decía, a mis hermanas y a mí, que no creciéramos; que permaneciéramos pequeñas y a resguardo de todos los males. ¿Quién hubiese pensado entonces que todo se terminaría tan pronto?
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CAPÍTULO XXVII
París de los recuerdos

Bruselas, 10 de octubre de 1924
En cuatro días viajo a París. Me aguardan un conjunto de tratativas de negocios, mis antiguos compañeros de estudio de L’Ecole du Louvre, algunos temas relacionados con el legado de Albertine, y la recolección de muchos de los testimonios que señalaron su paso por la existencia.
Dos meses antes de su internación definitiva en el Hospital de la Pitié-Salpêtrière, hicimos nuestro último viaje juntos. El destino elegido fue Estrasburgo, y esto, por un conjunto de motivos razonables y emotivos. La antigua ciudad alemana había sido, durante gran parte de la niñez de Albertine, el lugar en el que plasmó la concreción de sus sueños más inocentes. En los distintos bulevares de Estrasburgo su abuela materna le había enseñado los nombres de los diferentes árboles plantados a lo largo de decenios de años, y de ellos, Albertine tuvo la primera experiencia de la belleza y la caducidad. Todavía sobrevive un óleo de gran tamaño en donde se observa a Albertine minúscula a los pies de un gran ciprés centenario. En la mano de la niña sobresale un pequeño muñeco dorado de lana hilada. Los cabellos castaños de Albertine (con ese color característico de las almendras) están recogidos en una malla translúcida. El atuendo de una pieza es de tafetán violáceo; los botines, de cuero negro y hebillas de plata. Esas reliquias sobreviven en una de las salas de la casa paterna en la Rue d’Assas. Es a ellas, principalmente, que dedico mi nuevo viaje a París. Sus hermanas me las regalarán y las repartiré entre mis residencias de Buenos Aires y Bruselas. No solamente eso: Haré tallar, en bajorrelieve, el poema aquel de Matthew Arnold que tanto amamos, y que acompañó, con mi voz y mi recitado, de manera consciente o no para Albertine, las últimas horas de su vida:
La playa de Dover
El mar está en calma esta noche.
La marea alta, la luna duerme hermosa sobre el estrecho
–en la costa francesa la luz resplandece y se ha ido;
los acantilados de Inglaterra alzan, tenues y vastos, allá en la plácida bahía.
Ven a la ventana, el aire nocturno es dulce,Soñoliento, desde la larga línea de espuma
Donde el mar besa la tierra empalidecida por la luna,¡Escucha! Puedes oír el rugir de las piedras
Que las olas agitan, arrojándolasA su regreso allá en el ramal de arriba
Comienza y cesa, y luego comienza otra vez,Con trémula cadencia disminuye, y traeLa eterna nota de la melancolía.
Sófocles, hace mucho tiempo Lo escuchó en el Egeo, y trajoA su mente el turbio flujo y reflujo
De la miseria humana, nosotros
También encontramos una idea en el sonido,Cerca de este remoto mar del norte.
El Mar de la Fe
También era uno, en su plenitud,Y rodaba en las orillas de la tierra,
Yacía como los pliegues de una gloriosa diadema.Pero ahora sólo escucho
Su rugir lleno de tristeza, largo y en retirada,alejándose hacia el sereno de la nocheHacia los extensos bordes monótonos.
Oh, mi amor, ¡seamos fieles el uno al otro! Pues el mundo,
que parece yacer ante nosotrosComo una tierra de sueños,Tan variada, tan bella, tan nueva,
No posee en realidad ni gozo, ni amor, ni luz,Ni certeza, ni paz, ni alivio para el dolor;Estamos aquí como en una llanura sombría
Envueltos en alarmas confusas de fugas y batallas,Donde los ejércitos, ignorantes, se enfrentan por la noche.
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Capítulo XXVIII
De los encuentros

París, 2 de noviembre de 1924
Hoy, a casi dos meses de la muerte de Albertine, visité su tumba en el Cementerio del Pere Lachaise. Es un homenaje póstumo que —lo sé demasiado bien—, no podré cumplir en el futuro, por un motivo certero y contundente: la imposibilidad de establecer un vínculo entre la maravillosa vida de mi amada y el poder destructor de la muerte y su efecto disgregador.
Las hermanas de Albertine me recibieron, hace tres días, en el gran salón de la residencia paterna ubicada en el centro probable de la Rue d"Assas. Ninguna de ellas vive en su antiguo hogar, pero existe la convicción y el juramento mutuo de no vender la propiedad (que será heredada por sus hijos a la muerte de los progenitores). Albertine misma pidió tal disposición testamentaria pocas semanas antes de su muerte.
París sigue hermosa, como siempre. El otoño viste —en su hábito de lustros—los árboles de los bulevares. Desde la ventana de la pieza del hotel en el que demoro mi estadía, puedo ver, a solo dos metros, las ramas de un fresno antiguo. Las hojas ostentan, orgullosas, un sutil degradé conferido por el cambio estacional.
Como con el fresno, ocurre con mi ánimo: la exaltación de algunas madrugadas y algunos atardeceres (momentos en los que recupero el tiempo vivido con Albertine) alternan con la tristeza y el desánimo que me invade por las noches.
Hace algunos días asistí a una reposición de Orfeo en los infiernos de Jacques Offenbach en la Opéra-Comique. Pensé (con esa melancolía habitual de los "flemáticos") que Albertine hubiese disfrutado del delicado equilibrio entre la historia y la concreción perfecta en cada uno de los intérpretes de la versión. Al regreso de la función fui con un amigo al antiguo edificio del Jockey Club. Para mi sorpresa (sentimiento que, lo sé muy bien, debería estar ausente de mi ánimo) encontré a varios de mis antiguos conocidos.
En una mesa del fondo del salón principal se levantaba —casi indiscernible— la figura legendaria del duque de La Rochefoucauld. Pensé en Proust y las lecciones impartidas en "Le temps retrouvé". La estampa del barón aspiraba a ser lo que antiguamente fue: un hombre erguido en toda la estatura de su orgullo. A un saludo de un conocido, opuso una mirada altanera. Pensé en aquel brío que yo había conocido de joven cuando, en 1912, había sido alumno suyo en las clases sobre estética que impartía en la École du Louvre. El acento dogmático y riguroso que creaba una atmósfera suntuosa en la sala se había transformado en una cosa sujeta "a natura" y, como tal, débil y condenada al olvido.
Unas mesas más adelante, y al pie de la escalera que conducía al segundo piso del edificio, encontré a un antiguo camarada del cuerpo de artilleros en el que revestí durante la Gran Guerra.Nos invitó a sentarnos a su mesa. Advertí -con esa clarividencia que otorgan los años y las experiencias desdichadas- un dejo de tristeza en sus maneras y hasta en el mismo tono desesperanzado de su conversación. Sobre el final, y después de haber rememorado algunos episodios guerreros de 1917 en las cercanías de la destruida Amiens —episodios por los que se nos condecoraría con la Cruz de Guerra después de la contienda—, mi camarada, de apellido Duchene, me preguntó por Albertine.
—Sé que está algo enferma —Duchene era oriundo de Burdeos y visitaba París cada cuatro meses.
—Murió hace poco más de siete semanas —en mi voz se afirmaba un tono que pretendía ser objetivo—. Nunca pudo recuperarse de la enfermedad impiadosa que ocupó su cuerpo.
—Lo siento mucho —contestó Duchene, incómodo y algo avergonzado—. No sabía nada de eso. Tú sabes que vivo en las afueras de Burdeos y raramente recibo correspondencia. Tampoco leo los periódicos.
—No tengas ningún tipo de culpa ni vergüenza —contesté, antes de preguntar—: ¿Sigues leyendo tanto como antaño?
—Sí. Al menos eso creo —me dijo—. ¿Recuerdas aquellos volúmenes que intercambiamos durante la guerra?
—Por supuesto. Tú me diste un volumen de Cyrano de Bergerac con tapa de cuero negro y yo te regalé otro de un autor argentino que me gusta mucho.
—Lo leí —Duchene esbozó una sonrisa tímida—. Sabes que conozco bien el español. Recuerdo todavía el nombre del escritor y el título del libro: Esteban Echeverría y "El matadero". Las descripciones son magistrales. Me recordaron algunos de los desgraciados episodios guerreros que vivimos hace años.
—¿Te encuentras a veces con alguno de nuestros compañeros de guerra?—Con Villiers y Benoist —me contestó—. ¿Los recuerdas?
—Por supuesto. Eran los más rubios de la compañía.
—Benoist sigue espléndido, como siempre. Villiers —Duchene hizo una pausa prolongada—, está internado en un manicomio. Perdió toda cordura algunos años después de la guerra. Lo visito todos los veranos y le llevo ejemplares antiguos de Le Figaro y algunos libros de salmos. ¿Podrías creerlo? Al verano siguiente los recita de memoria a todos. Eso queda incólume en él.
—Ya ves —le dije—. Solamente nos quedan desdichas.
—No creas. Tengo una novia espléndida y muy letrada de la que estoy muy enamorado. Tú también lo estuviste. La sobrevivencia de ese afecto debería ser tu talismán.











