Resistencia23°Min. 20° • Max. 31°
La Parisina, capítulo XIV

El imperio de una pasión

Cinco días antes de su arribo a Buenos Aires, el trasatlántico hizo su escala en Río de Janeiro. Para ese entonces, y después de un viaje de doce días desde Hamburgo, Albertine y Muniagurria habían convertido la travesía en una muestra inagotable de demostraciones afectuosas, anécdotas y anhelos. - Por Juan Basterra

86-Basterra.jpg

Albertine disfrutaba del espíritu melancólico y preciso de Muniagurria porque veía en él un reflejo gemelo y, en algunos momentos, casi anticipatorio, del suyo propio. El sentido mundano del argentino, su cortesía sin melindres ni especulaciones, el don innato en el manejo de la riqueza de las palabras (y esto, sin importar el idioma en que se expresaran), convertían cada minuto vivido en un tiempo del que no se esperaba su culminación ni, mucho menos, su desencantado olvido. 

Después de la anécdota sobre Borges y la cena de homenaje a Macedonio Fernández, Albertine había preguntado a Muniagurria:

—¿Esas celebraciones pintorescas son frecuentes en la Argentina?

—Más de lo que se debería —contestó Muniagurria con una sonrisa cómplice y sardónica—. Supongo que responden a nuestro afán de esnobismo y, a no dudarlo, al europeísmo que tratamos de imponer a muchas de nuestras acciones. 

En Río de Janeiro, durante dos días y medio, la pareja recorrió las playas, los corredores cercanos a los morros, y los lugares nocturnos. En uno, ubicado en las proximidades de Ipanema, la pareja escuchó a una cantante paulista que interpretaba una serie de fados portugueses. El tono desencantado de la música, el abandono en los gestos y las maneras de la intérprete, y hasta el mismo tono sombrío de la estancia conferían al momento una suerte de perennidad anticipada y memorable. 

La ciudad, además, mostraba todas las galas que eran posibles en el fragor de los preparativos para la inminente Exposición Internacional de Río de Janeiro de 1922, evento que marcaría un momento decisivo en las transformaciones ligadas a la arquitectura, el arte y las costumbres cariocas. Poco antes del desembarco, y en las horas previas a esa primera noche en la ciudad, Muniagurria había preguntado a Albertine:

—¿Le gustaría pasar las dos noches en un hotel? Creo que podría ser una buena decisión. Olvidaríamos, al menos por algunas horas, el vaivén del barco.

—Me gustaría mucho —contestó Albertine con una sonrisa—. Con usted, todos los sitios, todas las posibilidades y todos los sueños tienen una concreción perfecta.

El lugar elegido fue el Majestic, ubicado a pocos metros del Passeio Público, y en las proximidades del Morro de Castelo. El edificio era de seis plantas y estaba rodeado de un jardín frondoso y abigarrado. Las habitaciones eran espaciosas y de color celeste, las cortinas descorridas dejaban ver la inmensidad del mar y la insignificancia de los objetos próximos, contraposición de las formas y sus objetivaciones en la materia. 

La temperatura era templada y benigna. Desde los morros circundantes llegaban hasta el interior del edificio los sonidos apagados y la luminiscencia producida por fogatas aisladas y celebrativas. En ese marco sosegado y pleno, Albertine y Muniagurria recorrieron los mercados, las librerías antiguas, las coloridas escaleras diseminadas en el entramado urbano y los restaurantes especializados en platos marinos. Las dos noches culminaron en una intimidad sin fisuras ni sobresaltos. La inminencia de la llegada a Buenos Aires, los numerosos planes para una vida compartida en un medio del que Muniagurria conocía todos los secretos y todas las expresiones, otorgaron a ese paso por Río de Janeiro el delicado y esplendoroso fulgor de la plenitud en la experiencia.

CAPÍTULO I: Una mujer entre París y Buenos Aires

CAPÍTULO II: El conde

CAPÍTULO III: Cena en el palacio

CAPÍTULO IV: El conde y las mujeres

CAPÍTULO V: El comienzo de un amor

CAPÍTULO VI: El argentino

CAPÍTULO VII: Cena en el navío

CAPÍTULO VIII: Baile y romance

CAPÍTULO IX: El amor y los recuerdos

CAPÍTULO X: Muniagurria

CAPÍTULO XI: Un viaje diferente

CAPÍTULO XII: Paralelismos entre dos destinos

CAPÍTULO XII: Muniagurria y Borges

Te puede interesar