El argentino
El hombre a quien Albertine observó detenidamente en el trasatlántico "Le Périgord", la noche del 13 de julio de 1922, y al que inmediatamente asoció su recuerdo del conde von Richthofen, era argentino y se llamaba Enrique Aparicio Muniagurria. - Por Juan Basterra

Las trashumancias marinas del hombre elegante y longilíneo eran frecuentes y variadas, y el viaje en el que conoció a Albertine era el corolario de una serie de pequeños desafíos que Muniagurria se imponía -por orgullo, pero también, hay que decirlo, por jactancia- como un ejercicio con el que atenuar su permanente sed de aventuras y conocimientos refinados.
En París y Bruselas tenía dos residencias que visitaba todos los años -visitas interrumpidas por el estallido de la Gran Guerra-, y en las proximidades de Reims, una casa de campo con granero, molino y establo. El regente de sus propiedades era otro argentino, Fernando Vieytes, amigo y hombre de negocios.
Muniagurria cultivaba, además, el ejercicio de las peregrinaciones, las lecturas de novelas por entregas y el amor al alpinismo. Albertine lo supo esa primera noche en el salón principal del crucero: Muniagurria se acercó al piano en el que la joven había ejecutado la mazurca polaca y, en un francés impecable, le dijo:
—La pieza que usted acaba de brindarnos me recuerda un episodio excepcional de una obra de Chéjov: en ella, una muchacha alemana deslumbra con el piano a los concurrentes de una cena organizada en honor al zar, deslumbramiento acentuado por la belleza de la intérprete. Nunca olvido esa lectura, porque la hice en una pequeña cabaña a los pies del Mont Blanc. Los vientos descendentes azotaban las maderas y los vidrios de nuestro resguardo, la noche más profunda se cernía amenazante sobre el grupo de guías y escaladores, desde la profundidad del valle llegaban pocos sonidos, sordos e ininteligibles, sólo el blanco de las nieves eternas —en ese momento Muniagurria se acercó algo más a Albertine y observó detenidamente su rostro— ofrecía una promesa de felicidad, descanso y bienaventuranza.

CAPÍTULO I: Una mujer entre París y Buenos Aires
CAPÍTULO II: El conde
CAPÍTULO III: Cena en el palacio
CAPÍTULO IV: El conde y las mujeres
CAPÍTULO V: El comienzo de un amor










