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La Parisina, capítulo II

El conde

Por Juan Basterra

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Tres años antes de aquel viaje, Albertine había conocido al conde von Richthofen en una biblioteca de Fráncfort del Meno. El motivo fue una conferencia sobre Schopenhauer dictada por el noble alemán. El auditorio era pequeño -siete personas- y el salón, enorme. Albertine quedó subyugada por el rostro de von Richthofen. Bajo el pelo ondulado y la frente amplia y pronunciada, lo imperativo de la mirada y la montura de la nariz se continuaban en unos labios casi siempre sonrientes -fuese cual fuese el tema tratado- y un mentón pronunciado y saliente. 

A estas particularidades de la fisonomía se sumaban una voz de sonidos graves y pausados y ademanes estudiados y vinculantes. El conde había estudiado filosofía en Berlín, y entretenía sus ocios con paseos a lo largo de toda Alemania -en cuatro ciudades poseía castillos- y conferencias sobre Hegel y Schopenhauer. Su lejano parentesco con Manfred von Richthofen -máximo héroe de la aviación alemana en la Gran Guerra- y su consumado arte en el canto de cámara, dotaban a cada una de sus apariciones de un aura sobrehumana de la que era muy difícil sustraerse. 

Albertine ignoraba cada una de estas últimas particularidades, pero pensó instantáneamente que algo irremediable comenzaba a invadir su vida. El conde lo supo también, apenas sentado en el alto escabel que enfrentaba el pequeño auditorio. Adiestrado desde niño en el homenaje a la belleza y la ponderación de las supremacías del espíritu, intuyó en Albertine condiciones desusadas y un culto a la libertad que, sabía muy bien, estaba absolutamente ausente en su propio ser. En esto von Richthofen no se equivocaba -su intuición raramente era traicionada-, porque Albertine hacía del ejercicio de las libres elecciones una forma de vida a la que no renunciaba por ningún motivo y a la que se mantenía fiel, aunque en eso naufragasen sus intenciones y sus deseos.

El conde habló esa primera tarde de la "Eudemonología" de Schopenhauer. Ponderó el tono ameno del libro y la "División fundamental" entre "Lo que uno es", "Lo que uno tiene" y "Lo que se representa". Acostumbrado desde muy joven a la clasificación de las ideas -era, además, un excelente taxonomista-, poseía un don innato para el orden y la clarificación del pensamiento. 

Albertine lo escuchaba, arrobada, desde la segunda fila. Acompañaba la cadencia marcial del tono de la voz de von Richthofen con una mirada que resumía el estado de su espíritu. Al finalizar la conferencia, y poco después del pequeño brindis celebrado entre los escasos concurrentes, Albertine recibió una breve misiva escrita en un francés perfecto:

"Mañana, de noche, festejo mis 47 años. Está invitada. No sé dónde se hospeda, pero si me lo escribe en el dorso de esta esquela, uno de mis choferes la conducirá a mi palacio. Espero no haberla ofendido. Conde Claus von Richthofen".

CAPÍTULO I: Una mujer entre París y Buenos Aires


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