El comienzo de un amor
Entre las cuestiones abordadas esa noche en la mesa de los von Richthofen no estuvo ausente la ponderación de la obra de Marcel Proust. - Por Juan Basterra 

Uno de sus traductores al alemán era amigo del conde y había mencionado las particularidades del escritor algunos meses antes. A von Richthofen, que leía y hablaba francés de manera perfecta, le llamaron la atención la extensión de las grandes frases, la pertinencia perfecta de las oraciones subordinadas y la musicalidad del tono en la primera de sus novelas. No solamente eso: advirtió, en la obra de Proust, muchas intuiciones relacionadas con algunos fragmentos de "Parerga und Paralipómena", de Schopenhauer. En algún momento de la cena preguntó a Albertine si todas las mujeres francesas eran tan fascinantes como algunos de los personajes femeninos retratados en la novela.
—No lo creo —contestó la muchacha, sonriendo—. Yo, al menos, no lo soy.
El conde besó la mano de Albertine con una sonrisa complacida —los otros invitados de la mesa, salvo el hermano de Claus, ignoraban la obra de Proust y no sabían de quién se hablaba—, y dijo:
—No esté segura de eso. Seguramente en Francia, sus pretendientes serán legión.
Albertine rió y dijo:
—¿Con todas sus invitadas es tan obsequioso?
La madre de von Richthofen intervino:
—Ni por un momento lo piense. Claus siempre tiene una sonrisa a mano, pero no así un cumplido.
Después de los postres pasaron a un salón circular con una gran biblioteca y un piano de cola Bösendorfer. En pequeñas mesas ubicadas delante de cada invitado se dispusieron botellas de champagne alsaciano. Albertine se sentó al lado de von Richthofen. Pudo sentir de manera penetrante el perfume del conde y —lo que era más decisivo aun—, la cercanía insustituible del deseo.
Von Richthofen lo sintió también: su mano rozó el cuello de Albertine antes de tocar las perlas de uno de los dos collares. De la pitillera guardada en el bolsillo de su smoking sacó un cigarro antes de inclinar levemente el torso y decir al oído de Albertine:
—Esta noche no puedo dormir sin usted.
Albertine respondió:
—Yo tampoco. Dígame después dónde lo haremos.
El resto de la velada fue distendido. Los enamorados bailaron un vals sobre el parquet de cedro después de que Richthofen hubiese cantado un lied de Mahler. Poco antes de la medianoche, Albertine y el conde fueron conducidos por el chofer a un pequeño y cálido palacio de cercanías.
Horas más tarde, von Richthofen despertó y observó a Albertine. La piel de la mujer, como un mármol de terminación prodigiosa, ostentaba el blanco de los picos nevados de los Alpes, y sus labios, de contornos perfectos, tenían el rojo profundo de las grosellas silvestres. Una imperceptible montura en la parte superior de la nariz daba realce imperial a los ojos claros. La luz velada del amanecer difuminaba los contornos. Von Richthofen pensó en un óleo de John Collier. El abandono inocente en la postura de Albertine, la concordancia exacta entre las primeras luces de la mañana y los objetos circundantes, el realce de los detalles en cada rincón del cuarto, eran semejantes a los desarrollados en el cuadro. Se dijo a sí mismo (con esa formulación de las palabras surgidas desde lo más profundo del deseo): "Afrodita rediviva".
Los pájaros comenzaban su canto en los alféizares vecinos, las campanas de las iglesias cercanas tañían un sonido apagado de metrónomo. Albertine se despertó. Los brazos de Claus la recibieron agradecidos.
La inclinación de von Richthofen por las mujeres era de todos conocida, pese a las palabras dirigidas a Albertine por el chofer del conde. Los estudios y el retiro de los que daba muestras durante largos períodos de su vida no le impedían una vida galante y, por momentos, licenciosa. Von Richthofen se complacía en las artes de la seducción, sabiendo, desgraciadamente, que las conquistas de los corazones conducen a un derrotero que contradice las esperanzas de muchos comienzos. Y que incluso los seres que nos resultan más próximos por afinidades electivas, belleza y desenvolvimiento, terminan con el tiempo convirtiéndose en algo muy diferente —en sus manifestaciones y hasta en la misma percepción que tenemos de estas— de lo que en un primer momento fue un resplandor singular, de difícil sustitución, y hasta una extensa proyección de nuestros anhelos más ocultos.
El nihilismo consustancial al espíritu del conde lo alertaba antes de cualquier comienzo, pero un dejo de melancolía y el "donjuanismo" innato en sus maneras lo conducían invariablemente —y muy a pesar de sí mismo— al camino tantas veces presentido y alcanzado.
Poco antes de conocer a Albertine había estado a punto de contraer matrimonio con una condesa noruega de belleza glacial y distinguida. Las maneras distantes de su prometida, un dejo casi deliberado en los gestos y destrezas manifestadas en los juegos amorosos habían persuadido a von Richthofen de que algunos seres son portadores de un sortilegio para el que están especialmente predestinados. El edificio de las ilusiones del conde habíase derrumbado poco menos de un mes antes del casamiento, por decisión de la condesa. Educada en la fría tradición cortesana del desapego y las pasiones momentáneas, había confesado a von Richthofen que no estaba segura de dar "el gran paso" y que, además, guardaba recuerdos muy vívidos de un hombre al que había conocido hacía algunos años y al que no podía olvidar.
Von Richthofen sintió como una deflagración la sinceridad de la condesa —de nombre Astrid—, pero tuvo la hidalguía de tomar un último té con la mujer antes de decirle:
—Se lo agradezco. Es mejor la verdad que una mentira compasiva y extensa en el tiempo. No la olvidaré nunca. Quiero que sepa eso.

CAPÍTULO I: Una mujer entre París y Buenos Aires
CAPÍTULO II: El conde
CAPÍTULO III: Cena en el palacio
CAPÍTULO IV: El conde y las mujeres











