El amor y los recuerdos
Por Juan Basterra

El camarote de Muniagurria estaba ubicado a poca distancia de la cubierta de botes. El estilo era neerlandés antiguo, con paneles de madera de roble en las paredes. La cama era de bronce y con baldaquino. Entre el escritorio y la entrada al baño próximo se situaba una mesa de baja altura acompañada de dos sillones; un ojo de buey próximo a una pintura de carácter bucólico filtraba la luz del amanecer.
Muniagurria pensaba con satisfacción y algo de orgullo en la noche pasada junto a Albertine: el fasto circundante, los temas ejecutados por la orquesta y el mismo deseo imperativo habían sido suficientes para permitirle ofrecer la mejor versión posible de sí mismo. Muchos años después, y en los días previos a su muerte, volvería reiteradamente al recuerdo de aquella lejana e inolvidable noche en el trasatlántico.
El amanecer de Albertine era diferente: el "crescendo" emotivo y sensual en las horas pasadas con el argentino estaba ligado a la instantaneidad del momento presente, pero también (más importante aún) a la recuperación del pasado más preciado. Así, Albertine pudo recordar, de manera casi perfecta -gracias a los sortilegios de la pasión-, aquella cena anterior a su primera noche de amor con el conde von Richthofen en la Fráncfort del Meno en 1919.
La plenitud de los sentidos experimentada en la proximidad de Muniagurria se concatenaba con los episodios de casi tres años atrás, en un tiempo del que guardaba una memoria atenuada por la tristeza. Bajo esa llama de combustión lenta y clara, la conciencia de Albertine recuperaba el trato preferencial que la madre y el hermano del conde le habían tributado durante la cena, y la conversación de sobremesa (las reacciones de la prensa alemana ante el estreno de una obra de Richard Strauss y el relato de una hazaña guerrera protagonizada por el tatarabuelo de uno de los amigos de von Richthofen en el siglo XVIII). La madre del conde había observado a la joven francesa (ese momento sobrevivía intacto en el recuerdo de Albertine) con ceño jovial y distendido, antes de preguntar:
—¿A qué edad aprendió nuestro idioma?
Albertine respondió:
—No lo recuerdo muy bien, pero creo que fue a mis cuatro años. Mi abuela materna nació en Berlín y pasó gran parte de su vida en Alsacia. Pocos años después de mi nacimiento en París, abandonó su residencia en Estrasburgo —dos de sus hijas siguieron viviendo allí— y ocupó la habitación principal de nuestra casa en la Rue d"Assas. Desde muy pequeña escuché el alemán, mamá recitaba a Goethe todos los días, y con la llegada de mi abuela, supongo, esa costumbre se fue acrecentando. Cuando cumplí cinco años recibí como regalo una edición ilustrada de leyendas alemanas. Fue mi primer libro y mi iniciación a la lectura en la lengua materna. Apoyaba el libro en la mesa del escritorio de mi padre, y con ayuda de mi abuela garabateaba mis primeras letras y palabras en un gran cuaderno de tapas de terciopelo. A los seis escribía de corrido en un alemán correcto. Después comenzaron los viajes, y siguieron las lecturas diarias, por supuesto.
Todo eso estaba incólume, ahora, en la memoria de Albertine. De aquellos relevamientos precisos del pasado era responsable un hombre que dormía en un camarote cercano al suyo. Albertine se cubrió la cabeza con la almohada. Dos horas más tarde entraría en un sueño largo, reposado y profundo, del que le fue difícil emerger antes de dirigirse a un nuevo encuentro con el argentino Enrique Aparicio Muniagurria.

CAPÍTULO I: Una mujer entre París y Buenos Aires
CAPÍTULO II: El conde
CAPÍTULO III: Cena en el palacio
CAPÍTULO IV: El conde y las mujeres
CAPÍTULO V: El comienzo de un amor
CAPÍTULO VI: El argentino
CAPÍTULO VII: Cena en el navío
CAPÍTULO VIII: Baile y romance










