De los recuerdos
Por Juan Basterra

La propuesta de Muniagurria a Albertine -la posibilidad de un matrimonio ubicado en un futuro incierto pero probable- desconcertó hasta al mismo oferente. Acostumbrado desde muy joven al ocultamiento de las expresiones de la pasión y los sentimientos, la exhibición del afecto y los planes relacionados a una vida compartida, le parecieron, y muy a pesar de sí mismo, de una naturaleza vergonzante y débil.
En esto, como en tantos otros aspectos de la personalidad del argentino, la razón estaba estrechamente ligada a una educación rígida y severa, y a un control interno de todo aquello que pudiese dar una imagen desvanecida de su fortaleza y de su espíritu libre y consolidado. Albertine recibió con sorpresa y algo de recelo el plan de Muniagurria. Sabía perfectamente -porque también lo había experimentado en algunas ocasiones- que la intensidad del afecto se traduce muchas veces en una efusión precaria y de corta vida, y en un abandono de las intenciones iniciales. No quiso derribar con pocas palabras los planes de Muniagurria, y dijo:
—Sería muy hermoso, Enrique, y te lo agradezco. Si lo nuestro continúa de la misma manera, no veo razón alguna para no concretarlo. Eso sí —agregó con una sonrisa—: el matrimonio y sus festejos aquí, o en la Argentina; la vida en común, en Francia.
Esa misma noche, y en la cama común que compartían en el hotel montevideano, Muniagurria pensó en el tono desabrido y poco enfático de la respuesta de Albertine. Experimentó un principio de vergüenza —sentimiento dictado por su orgullo desmedido— y mucho de rabia hacia sí mismo. Se dijo: "ni siquiera me dijo ´amor´, y en lugar de eso utilizó el melindroso recurso de llamarme por mi nombre".
El transcurso de los minutos fue apaciguando la tristeza inicial y orientó los pensamientos de Muniagurria hacia un campo diferente: se vio a sí mismo a la edad de Albertine, a los treinta y cuatro años. Recordó —de ese tiempo habían transcurrido casi dos décadas— sus propios impulsos juveniles, el espíritu de juego y aventura que había experimentado en las relaciones con las mujeres que había conocido, la presunción procedente de las conquistas amorosas y el lejano arrebato de la pulsión en los cuerpos.
Entendió la prudencia de Albertine, su sosegada respuesta, y pudo comenzar a dormir. Dos horas más tarde, la imagen de su amada reapareció en un sueño de bordes imprecisos y amenazantes: Albertine estaba parada a poca distancia de una meseta elevada. Su rostro estaba difuminado por el polvo desprendido por un viento descendente y furioso; en la lejanía sonaba una antigua y conocida canción croata.
Muniagurria despertó al amanecer con un sabor agridulce y contempló el cuerpo de Albertine que dormía: un mechón rebelde velaba la parte superior del rostro; los labios apenas abiertos; todo el poder de la naturaleza se manifestaba en esa mujer que lo amaba a pesar de todas sus defensas y prevenciones.
Muchos años después, y en ausencia de Albertine, recordó incluso aquellos momentos que le habían parecido anodinos y problemáticos. En ese tono descansaría para siempre la lejanísima tarde de su propuesta de matrimonio, y aquel enojo pueril en una noche ahora, y por siempre jamás, inalcanzable.

CAPÍTULO I: Entre París y Buenos AiresCAPÍTULO II: El condeCAPÍTULO III: Cena en el palacioCAPÍTULO IV: El conde y las mujeresCAPÍTULO V: El comienzo de un amorCAPÍTULO VI: El argentinoCAPÍTULO VII: Cena en el navíoCAPÍTULO VIII: Baile y romanceCAPÍTULO IX: El amor y los recuerdos |
CAPÍTULO XI: Un viaje diferenteCAPÍTULO XII: Dos destinosCAPÍTULO XIII: Muniagurria y BorgesCAPÍTULO XIV: El imperio de una pasiónCAPÍTULO XV: Llegada a Buenos AiresCAPÍTULO XVI: Albertine en Buenos AiresCAPÍTULO XVII: Infancia y juventudCAPÍTULO XVIII: Albertine y un homenajeCAPÍTULO XIX: Muniagurria y una carta CAPÍTULO XX: Albertine a Muniagurria |










