Albertine a Muniagurria
Por Juan Basterra

Buenos Aires, 3 de octubre de 1922
Amado Enrique:
Me sorprendió encontrar tu carta. Supongo que la trajo una de las señoras que trabajan en tu casa. Estaba rota en la parte inferior. Sabes muy bien que la puerta de entrada al departamento roza el piso de madera y, supongo, proviene de eso el daño sufrido por el sobre.
Me hubiese gustado acompañarte en tu viaje. Tú sabes: los motivos pueden ser tediosos y molestos, pero siempre habrá razones entre los dos para atemperar su carácter de urgencia y necesidad.
No es un reproche lo que te escribo (me sonrío al hacerlo). Es, solamente, el producto de un alma que te extraña (no podrías saber cuánto) y la confesión plena del afecto que te profeso.
Es extraño, pero a veces siento que nunca nos decimos todo aquello que cada uno de los dos debe al otro.
La razón, pienso, probablemente proceda de nuestros espíritus y sus experiencias. Los dos somos libres y no tenemos ningún tipo de compromiso; los dos somos, y lo hemos sido siempre, audaces y arriesgados. En esoEso puede radicar la atenuación deser lo que atempere nuestras expresiones y, por quépor qué no decirlo, el silencio ensilencie la confesión plena de este amor que nos une.
Debo decirte que también tengo temores del futuro: nuestros lugares de procedencia están distanciados por una cruel y dilatada geografía. No sé muy bien de qué manera podría tolerar tu ausencia. Hace cuatro días que no te veo (un breve y acotado tiempo, es cierto), y es una atmósfera opresiva la que me rodea.
Cuando camino por las calles de esta Buenos Aires que me hiciste conocer en pocas semanas, miro a mi lado para encontrarte.
Te reirás de lo que voy a decirte: no dejo de hablarte en mi silencio solitario, y recito maquinalmente aquellos versos de Rimbaud que tanto te gustan.
Compré unas guías fotográficas sobre Mar de Plata, la ciudad que te demora en estos momentos. Empiezo a conocer sus edificios, calles y paseos. Me recuerda a Niza en muchos aspectos.
No sé si te lo dije alguna vez, pero el Mediterráneo es el mar de mi infancia. En él conocí, a los seis años, el poder arrebatador y dominante de la naturaleza. Con mis padres contemplaba las puestas de sol y el regreso de los pesqueros al puerto. Nunca olvidé esas imágenes, a pesar de los años transcurridos.
Mucho tiempo después de ese deslumbramiento, las cenizas de mi padre fueron dispersadas en ese mar y en esa playa. Siempre nos decía: ""Deseo, a mi muerte, el descanso del oleaje manso y liberador del agua". ".
No quiero entristecerte más. Espero tu regreso con ansias y afecto. Miro el viejo reloj de arena que traje conmigo en unouno de los cofres. En él se cifra el tiempo de tu ausencia y lo eterno de mi amor.
Guardaré esta carta para entregártela ahasta tu regreso. Tuya,
Albertine Diesbach.
CAPÍTULO I: Entre París y Buenos AiresCAPÍTULO II: El condeCAPÍTULO III: Cena en el palacioCAPÍTULO IV: El conde y las mujeresCAPÍTULO V: El comienzo de un amorCAPÍTULO VI: El argentinoCAPÍTULO VII: Cena en el navíoCAPÍTULO VIII: Baile y romanceCAPÍTULO IX: El amor y los recuerdos |
CAPÍTULO X: MuniagurriaCAPÍTULO XI: Un viaje diferenteCAPÍTULO XII: Dos destinosCAPÍTULO XIII: Muniagurria y BorgesCAPÍTULO XIV: El imperio de una pasiónCAPÍTULO XV: Llegada a Buenos AiresCAPÍTULO XVI: Albertine en Buenos AiresCAPÍTULO XVII: Infancia y juventudCAPÍTULO XVIII: Albertine y un homenajeCAPÍTULO XIX: Muniagurria y una carta |










