Montevideo
Por Juan Basterra

Hacia finales de octubre de 1922, Albertine y Muniagurria viajaron a Montevideo. Los días posteriores al regreso del argentino desde Mar del Plata constituyeron un rosario interminable de demostraciones afectuosas, en el que la pasión —sentimiento que, ambos sabían muy bien, estaba condenado a perecer por su misma naturaleza abrupta y excepcional— se demostraba en pequeños actos cotidianos y en el ejercicio de una entrega física que los dejaba exhaustos y felices.
En Montevideo los placeres se magnificaron con la exploración de una ciudad que Muniagurria conocía muy bien, y en la que Albertine reconoció lugares muy semejantes a los de algunas ciudades ubicadas a la vera del "Camino de Santiago", tantas veces recorrido. El empedrado de las calles, las fachadas coronadas por frontones neoclásicos y altorrelieves representando pájaros, vides y figuras humanas, los grupos de cariátides en las calles menos recorridas y el donaire en el paso distinguido de los transeúntes, le parecieron —en pequeña escala— una reproducción de lo vivido en sus periplos españoles.
Muniagurria comprendía muy bien las impresiones y comentarios de Albertine, porque también él era un conocedor avezado de la geografía peninsular y, como su amada, pronto a establecer las concordancias más certeras entre los diferentes ámbitos de la experiencia. Así, en un atardecer sosegado en las proximidades de la "Plaza Independencia", había expresado:
—Si miras bien aquel campanario situado en la esquina reconocerás, sin duda alguna, los diseños que coronan muchas iglesias españolas. Hay una ciudad argentina, Corrientes, que tiene uno casi idéntico en una iglesia cercana al río, y que perteneció, hasta mediados del siglo XIX, a la orden De la Merced. Hasta la orientación es parecida.
—Cualquier lugar del mundo me remite a otros más hermosos, y eso, por el influjo bienhechor de tu compañía —respondió Albertine.
Muniagurria sonrió y dijo:
—En eso, como en tantas otras cosas, estoy en todo de acuerdo contigo, querida amiga. Siempre me parece que lo que nos queda por vivir sobrepasará lo vivido.
La contemplación de los atardeceres desde los restaurantes lujosos, los paseos interminables en los tranvías eléctricos, las cenas en las proximidades del puerto, y la búsqueda de antiguos libros españoles en dos locales semiderruidos, en las cercanías de una fuente que representaba una Minerva pensante e imperativa, establecieron los mojones de aquel maravillado peregrinar por la tierra oriental.
Durante el último amanecer del viaje, y después de un paseo por los senderos de una plaza iluminada tenuemente por faroles de gas, Albertine confesó a Muniagurria:
—No sé muy bien de qué manera podría vivir sin ti. Dime, por favor, que te sucede lo mismo.
Él contestó:
—¿Ves aquel palacio? Fue construido por dos arquitectos franceses: Charles Louis Girault y Jules León Chifflot. Es de tres hermanos amigos míos: Félix, José, y Hermenegildo Ortiz de Taranco. En él, si te parece bien, celebraremos en el otoño entrante nuestro casamiento.

CAPÍTULO I: Entre París y Buenos AiresCAPÍTULO II: El condeCAPÍTULO III: Cena en el palacioCAPÍTULO IV: El conde y las mujeresCAPÍTULO V: El comienzo de un amorCAPÍTULO VI: El argentinoCAPÍTULO VII: Cena en el navíoCAPÍTULO VIII: Baile y romanceCAPÍTULO IX: El amor y los recuerdos |
CAPÍTULO XI: Un viaje diferenteCAPÍTULO XII: Dos destinosCAPÍTULO XIII: Muniagurria y BorgesCAPÍTULO XIV: El imperio de una pasiónCAPÍTULO XV: Llegada a Buenos AiresCAPÍTULO XVI: Albertine en Buenos AiresCAPÍTULO XVII: Infancia y juventudCAPÍTULO XVIII: Albertine y un homenajeCAPÍTULO XIX: Muniagurria y una carta CAPÍTULO XX: Albertine a Muniagurria |










