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Crisis en la educación

¿Qué se rompió en el camino?  

Siempre hay un disparador en la vida cotidiana para reflexionar.

En primer lugar, me declaro culpable. Soy un dinosaurio. Tengo 82 años. No obstante, no perdí la voluntad de expresar lo que pienso, aunque aparezca con olor a naftalina y me digan "que los tiempos cambiaron", "que ahora las cosas no son así".

Siempre hay un disparador en la vida cotidiana para reflexionar. En este caso, escuchar en la oficina: "Salgo un rato, tengo que ir a la escuela de mi hijo a una reunión…".

Al escuchar, reflexiono, en mis doce años de escolarización, entre 1950 y 1961, para poner en contexto, mi padre fue a la escuela una sola vez, en 1961, por una cuestión de disciplina colectiva de nuestro curso. Dejo a criterio de cada uno, que piensen cuantas veces fueron a reuniones o citaciones del colegio de sus hijos.

En mi vetusta y pasada de moda opinión, y seguramente equivocada, si el docente llama al padre es porque no tiene capacidad de resolver el problema por sí. La causa puede originarse en la falta de autoridad del docente para corregir el rumbo y eso a su vez puede ocurrir, porque le cercenaron su autoridad, o porque teniéndola no sabe ejercerla.

Un día un conductor de remís amigo, en un viaje, sacó el tema educación y me dijo: "El problema son los padres. Mi mamá era analfabeta, pero todos los días cuando volvía de la escuela tenía que mostrarle el cuaderno. Un día vino un inspector, visitó el grado y observó la clase y luego intervino tres o cuatro cuadernos, poniendo fecha y hora, sello y su firma, pero todo con una lapicera colorada. Uno de los cuadernos era el mío. Cuando mi mamá vio la nota en colorado con sello y firma, no había forma de explicar que no había hecho nada, que era una revisión del inspector; y mientras me retaba, me corría con el cinto".

escuela estudiantes

Los docentes han perdido, en gran medida, el respaldo de los padres para el ejercicio de su autoridad. Como consecuencia, los alumnos han perdido el respeto a los docentes. Es una cuestión de jerarquía, "mis viejos pueden más". La palabra "prohibir" pasó de moda, desparecieron las amonestaciones, comenzó el reinado del consenso y la relación bilateral escuela-hogar se transformó en asamblearia.

La tecnología de la telefonía móvil nos llevó a la asamblea permanente con la constitución de grupos de mensajería con participación desigual, donde priman los que tienen tiempo y ganas, y son pocos los que se quieren hacer "mala sangre" contradiciendo.

En una etapa de "la primaria" fui a la escuela 1 Benjamín Zorrilla, escuela de varones en ese tiempo. En su patio había partes de tierra con añosos e inmensos árboles. No lo van a creer: en los recreos, estaba prohibido correr. Así como escuchan, en una escuela de varones de 6 a 12 años estaba prohibido correr. En tiempos cuando no existían las pantallas, digamos, estaba prohibido divertirse.

La prohibición se justificaba en que, corriendo, podías caerte y lastimarte. Punto. Cuando alguno en su afán expansivo pegaba una carrera, de algún lado salía una voz de llamado de atención que convertía al corredor en una estatua. Luego de ello, una decisión sancionatoria de carácter inapelable: terminó el recreo. Aunque hayan pasado dos minutos de haberse iniciado, tocaban el timbre –que anunciaba tanto inicio como terminación, en este caso– y todos al aula con cara de velorio.

Y les aseguro: si algún trauma tengo no lo coseché en la escuela. Amo a mis maestras y profesores que con esa severidad cargada de afecto me formaron, instruyeron y educaron.

Hoy veo algunos atisbos de recuperar autoridad, limitar las pantallas, respetar vestimenta, imponer conductas. Hay que hacerlo, ajustado a los tiempos que vivimos.

La escuela tiene que recuperar su rol y los docentes su autoridad. La rebeldía es propia de la edad. El adulto tiene la obligación de encausarla con afecto y con ejemplos, por sobre todas las cosas, con ejemplos. Si el semáforo está en rojo, está para parar, no para seguir si no viene nadie.

La escuela no puede ser una fábrica y adjudicadora de certificados y títulos. Es el ámbito donde se deja a cargo de los educadores a niños y jóvenes, delegando en ellos la autoridad suficiente para tutelar el proceso.

Los docentes son padres auxiliares en aquellas cuestiones en que el hogar no puede por falta de competencia y, además, tiempo, en la edad moderna. Esa responsabilidad delegada no tiene devolución, debe ser ejercida.

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