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Madre no hay una sola, son muchas

En este Día de la Madre, de 2026, pensé que viene a cuento reflotar un texto que escribí un viernes 9 de mayo de 2025, a cuenta de quienes en mi primera infancia fueron acaso mis madres. No salí de ninguno de sus vientres, pero me anidaron desde que me vieron por primera vez en el espacio más cálido de su corazón.

A continuación, el texto, que originalmente fue escrito a mano en un cuaderno sin renglones, el campo perfecto para la creación.

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Aurora Ramona Aguirre, fundiéndose en un abrazo con su bisnieta Aurora López.
Crédito: Marcelo López.

Viernes 9 de mayo de 2025. No se supone que un mes comience un 9, pero últimamente (hace ya unas 3 décadas) no estoy muy orientado con el tiempo secular. Creo que eso de ser eterno, para bien o para mal, me lo tomé bastante a pecho en este plano.

Ayer fuimos con mis hijas Aurorita y Ana Paula a visitar a Aurora Ramona Aguirre (bisabuela de ambas), en su casa de Villa Alta. Nos recibió con una sonrisa, un abrazo tierno, mate cocido y tostadas con miel. ¿Algo más?

Charlamos un rato, de todo y de nada, mientras la anfitriona cebaba unos matecitos en una jarrita para capuchino. La abuela ‘Ita’, siendo la abuela ‘Ita’. Además de la compartida y el amor que flota en el aire cada vez que vamos a visitar a la abuela, hubo algo que me llamó poderosamente la atención.

Cuando mi esposa Tatiana pasó en el auto para buscarnos, mi mente armó una instantánea que todavía no me la puedo borrar. Pasamos el portón de salida, al trotecito porque estaba lloviendo. Luego subimos al auto y cuando me estaba acomodando vi esa postal… Como a unos 15 metros, tras la puerta abierta del frente de la casa, sentada en una silla estaba mi abuela.

La postura era la de una niña pequeña que mira embelesada a una mariposa o al arcoíris. Las manos cruzadas en medio de sus piernas sosteniendo un trapo de esos que siempre tienen las abuelas a mano. La mirada perdida, pero estoy seguro que había más.

Creo que por un instante ella pudo ver a muchos de los que ya no están. No están en este mundo físicamente, pero sin embargo siguen estando en las paredes del corazón, de donde nadie los puede borrar.

En la mirada de mi abuela estaba su amado campo, la silueta esbelta de su padre, Isidro Marcos Aguirre. También dio algunos pasos por sus pupilas la abuelita ‘Nena’, Aurora Soto de Aguirre. Creo haber visto al tío Lulo, en cuero, con sus gastadas alpargatas de yute, su pantalón pinzado gris claro que ajustaba con un cinto negro gastado. En la escena él cuidaba que no se arrebate su faldita, en una pequeña parrilla donde cocía las carnes que acompañará con un buen trago de vino tinto (de damajuana) y un chorro de soda de sifón.

Así se movía todo en su impávida mirada, mientras su cuerpo parecía una escultura de mármol. Otro que apareció fue el tío García, que vaya uno a saber por qué motivo su apodo es un apellido que ni siquiera es el suyo.

El tío ‘Achía’, como lo llamaban llegaba en una Renault Trafic desde La Verde, siempre buen mozo, sobrio, atento y educado. Tenía puesta su boina a cuadrillé, como buen jockey, y trataba de adivinar caras y formas achinando los ojos.

En un abrir y cerrar de ojos, regresé a esa infancia de la calle 4, entre Perón y Julio A. Roca, donde mi única preocupación era que no me llamen desde adentro de la casa para tener que dejar de jugar.

Pude recorrer con los sentidos las habitaciones de la casa de ‘Mama Esther’, revivir por un momento esas reuniones de las viejitas con sus batones, pipas y cigarrillos hechos a mano, mecedoras de mimbre y charlas interminables.

Los muebles con firulete y diseño que marcaban que venían de una época mucho más pomposa. Algunos adornos de bronce, el cenicero de plata de mil partidas de loba y bingo, el piso enclenque lleno de humedad, el aroma del tiempo y la nostalgia flotando en el aire, musicalizado con algún tango rasca viruta que sonaba apagado en una vieja radio plateada marca Grundig que transmitía muy buena AM.

Era la vida entre los regazos del viejerío, las suculentas meriendas, jugar y jugar y seguir jugando junto a otros ‘sin gobierno’, como nos llamaban. Esos mimos, esos abrazos de carnes cansadas y estiradas por las tormentas de la vida, acaso eran los pilares que me sostuvieron para no caer.

Mama Esther, la Yeya, la abuelita Nena, la Mama Olga, la abuela Ita, son las grandes muchachas que marcaron mi primera infancia y en este íntimo espacio de mi corazón, hoy las recuerdo y agradezco haberlas disfrutado. Una de ellas todavía está con nosotros y hasta mis niñas son bendecidas con su existencia.

La abuela Ita nos envuelve con su amor y aún en sus años avanzados, al momento de escribir este texto, acusa 89 bellos abriles.

Para cerrar este espacio tan íntimo, dejo un párrafo de una canción de Conociendo Rusia que resume un poco la experiencia.

Queda un largo viaje todavía,

yo te quiero hasta el último día.

Falta mucho tiempo y a la vez

qué rápido que vamos a llegar al final.

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