Francis Halzen y la caza de las partículas fantasma
La Real Academia de las Ciencias de Suecia otorgó el galardón al científico belga de 82 años por sus "contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y al descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico".

Halzen, profesor de la Universidad de Wisconsin-Madison, ideó en 1988 un telescopio revolucionario: un cubo de un kilómetro de lado enterrado a dos kilómetros bajo el hielo del Polo Sur. La idea, desarrollada junto a su entonces estudiante postdoctoral, el español Enrique Zas, parecía una locura. "Muy poca gente pensó que funcionaría", admitió Halzen durante la rueda de prensa. Sin embargo, aquella apuesta se convirtió en IceCube, una instalación de 279 millones de dólares que requirió siete años de construcción en uno de los lugares más hostiles del planeta.
¿Qué son los neutrinos?
Los neutrinos son partículas elementales, uno de los bloques fundamentales de la naturaleza. Después de los fotones, son las más abundantes del universo. Cada segundo, unos 100 billones de ellos atraviesan nuestro cuerpo sin que lo notemos. Su particularidad es que casi no interactúan con la materia: solo responden a la fuerza nuclear débil. Como explicó el físico peruano Carlos Alberto Argüelles, "son capaces de cruzar una barrera de años luz de plomo y salir del otro lado".
Esta naturaleza esquiva los convierte en mensajeros ideales del cosmos. Al no tener carga eléctrica, viajan en línea recta desde su origen, transportando información sobre los procesos más violentos del universo: agujeros negros supermasivos, colapso de estrellas, explosiones de rayos gamma. Pero también los hace increíblemente difíciles de detectar.

La hazaña de IceCube
Para capturar un neutrino, los científicos deben esperar a que uno de ellos, de manera excepcional, interactúe con un átomo de hielo y en medio de un estallido luminoso produzca un muón. Este muón, al moverse más rápido que la luz en el hielo, emite un destello azul conocido como luz Cherenkov. Los más de 5.000 sensores de IceCube, distribuidos en hileras sobre un cubo de 1.000 millones de toneladas de hielo, captan esa luz y reconstruyen la trayectoria de la partícula.
El gran triunfo llegó en 2013, cuando IceCube detectó 28 neutrinos de origen cósmico, muy por encima de los producidos por el Sol. Fue portada de Science y marcó el nacimiento de una nueva astronomía. "Abrimos una nueva ventana al universo", reflexionó Juan de Zornoza, quien también fue estudiante postdoctoral de Halzen. "Teníamos miedo de que diera a un descampado, pero vimos un sitio lleno de cosas interesantes".

Premio individual, empresa colectiva
La decisión de la Academia de premiar a una sola persona generó cierto debate, pues IceCube es un ejemplo paradigmático de "Gran Ciencia": catorce países y cientos de investigadores participan en el proyecto. Zornoza sugiere que la Academia quiso evitar los problemas de premiar a grandes colaboraciones. Halzen, por su parte, insistió en que el éxito "fue gracias a la colaboración y a la suerte".
El premio llega en un momento crucial. Este año, IceCube se salvó de un recorte del 50% presupuestado por la administración Trump, y el Congreso garantizó su financiación hasta 2031, incluyendo un detector de segunda generación ocho veces más grande. Además, el experimento KM3NET, en el fondo del Mediterráneo, detectó en 2025 el neutrino más energético jamás observado.
Los neutrinos podrían ayudar a resolver grandes enigmas: qué es la materia oscura, que compone el 80% del universo, o de dónde vienen los rayos cósmicos. Como resume Zornoza, "sabemos que donde se produzcan rayos cósmicos, muy posiblemente se produzcan neutrinos". Detectar esos neutrinos es la clave para entender el universo más violento, oscuro y distante. Francis Halzen, el hombre que apostó por enterrar un telescopio en el hielo antártico, demostró que a veces las ideas más descabelladas son las que abren las puertas del conocimiento.
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