La transición energética en la era de la guerra
Las energías renovables coexisten con el saqueo de recursos naturales y la profundización de desigualdades.

La transición energética no constituye una salida a la crisis ecológica; apenas es una mera reorganización de la acumulación global sobre nuevas bases tecnológicas, señalan los expertos. Según el Informe Global de la Agencia Internacional de la Energía, la demanda mundial creció 1,3 % en 2025, arrastrada por un PBI global que apenas alcanzó el 3,1 %. Esta desaceleración no refleja una estabilización de la economía global, sino la profundización de su crisis histórica, cuya manifestación más aguda es la guerra.
El complejo militar-industrial es uno de los mayores consumidores del planeta; un avión de combate de última generación quema más de 5.000 litros de combustible por hora. Si las fuerzas armadas globales fueran un país, serían el cuarto emisor de gases de efecto invernadero (5,5 %). La guerra reorganiza el comercio, destruye infraestructuras vitales y militariza las rutas marítimas. Pese a que la energía solar y el gas lideraron el crecimiento del suministro en 2025, los combustibles fósiles continúan dominando la matriz (petróleo 29 %, carbón 23 %), y las emisiones de CO₂ alcanzaron un nuevo máximo histórico.
La transformación estructural más profunda es el ingreso a la "Era de la Electricidad". La demanda eléctrica crece más del doble que la energética total, impulsada por la digitalización, la inteligencia artificial, los centros de datos y los vehículos eléctricos. La disputa por la supremacía ya no depende exclusivamente del control de los hidrocarburos, sino de la capacidad para dominar las redes eléctricas, los semiconductores, las baterías y los minerales estratégicos.
Sin embargo, esta electrificación no resuelve las contradicciones sociales del sistema: en 2025, 655 millones de personas seguían sin acceso a la electricidad, principalmente en el África subsahariana. La exclusión energética ya no responde a restricciones técnicas, sino a las relaciones de producción que limitaciones el acceso según la capacidad de pago, profundizando la desigualdad global. Los adelantos tecnológicos no incorporan, sino excluyen a grandes contingentes de población.
La transición desplaza además el eje de la competencia capitalista. China domina la manufactura de la transición verde, instalando dos tercios de la nueva capacidad solar y tres cuartos de la eólica global, y controlando la cadena de procesamiento de minerales críticos. Frente a esta hegemonía, EEUU (vía la Ley de Reducción de la Inflación) y la Unión Europea desplegaron un agresivo proteccionismo. La UE, además, sufre la pérdida de dinamismo por las altas tasas de interés y la militarización del mar Rojo, que retrasa el suministro de equipos asiáticos. La imposición de aranceles de hasta el 100 % a los productos chinos evidencia la contradicción central del sistema: se encarece deliberadamente la tecnología verde para defender la rentabilidad empresarial, y la planificación racional contra la crisis climática se subordina a la valorización del capital.
Esta guerra tecnológica empuja las fronteras del saqueo hacia nuevos territorios. El conflicto en Ucrania incluye la disputa por reservas de litio y titanio, mientras que el deshielo del Ártico y Groenlandia abre nuevas rutas comerciales y yacimientos de tierras raras y uranio, intensificando la militarización del extremo norte. América Latina deja la periferia para convertirse en el epicentro de este nuevo reparto del mundo entre las potencias.
La región concentra reservas estratégicas de litio, cobre y un potencial excepcional para el hidrógeno verde. EEUU aplica una reedición de la Doctrina Monroe para frenar el avance chino, presionando a gobiernos aliados como el de Milei en la Argentina, que paralizó obras de infraestructura y energía con capital chino para entregarlas a Washington (la empresa estadounidense Pumpco, de la familia Mas Canosa, se adjudicó la construcción del megaproyecto de GNL en Vaca Muerta, valuado en aproximadamente u$s 1.200 millones). Así, la periferia sigue condenada al rol extractivista, exportando materias primas baratas mientras los países centrales acaparan la tecnología y el valor agregado.
El hidrógeno verde emerge como el nuevo vector estratégico para sectores de difícil electrificación (siderurgia, transporte marítimo y pesado). Aunque pierde entre el 60 % y 70 % de su energía inicial, permite almacenar gran cantidad de energía con menor peso que las baterías, y suele transformarse en amoníaco verde para su transporte marítimo.
Su producción mediante electrólisis depende de minerales críticos como iridio, platino y níquel. Aunque China lidera la fabricación de electrolizadores, potencias y mercados emergentes buscan posicionarse en esta nueva frontera. En América Latina, el riesgo es claro: bajo las actuales relaciones de producción, la región reproduce una dependencia renovada, exportando energía sin desarrollar soberanía industrial ni retener el valor agregado necesario para su propio desarrollo.

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