El riesgo de edificar altares equivocados
"Porque todos los habitantes de Atenas y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo." (Hechos 17:21).
El apóstol Pablo fue un hombre singular: hebreo de nacimiento, ciudadano romano por derecho y un profundo conocedor del Dios de Israel. Antes de su conversión, era un experto riguroso en interpretar y exigir la práctica de las enseñanzas de Moisés.
Sin embargo, su vida dio un giro radical tras un encuentro sobrenatural con Jesús resucitado en el camino a Damasco. A partir de ese momento, sus vastos conocimientos se rindieron a los pies de Cristo, convirtiéndose en el maestro por excelencia del Evangelio. Su pasión era tal que nada podía callarlo.
La emblemática ciudad de Atenas
Esta ferviente labor despertó la oposición de los religiosos de Tesalónica, la segunda ciudad más grande de Grecia y capital de la región de Macedonia. Al ver que Pablo anunciaba el cumplimiento de las Escrituras a través de Jesús, provocaron disturbios para apresarlo a unos 70 km, en la ciudad de Berea. Para protegerlo, sus discípulos lo escoltaron hacia el mar, llevándolo hasta la emblemática ciudad de Atenas.
Al llegar a Atenas, el panorama con el que se encontró conmovió profundamente su espíritu: contempló una ciudad entregada por completo a la idolatría. No obstante, en lugar de atacar a los ciudadanos, Pablo buscó el diálogo. Llevado al Areópago, los filósofos le preguntaron: ¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza de que hablas?
La respuesta de Pablo es una cátedra de amor y verdad: "Varones atenienses, en todo observo que son muy religiosos; porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba la inscripción: Al Dios no conocido. Al que ustedes adoran sin conocerle, es a quien yo le anuncio. Es el Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, y no habita en templos hechos por manos humanas".
Edificar altares equivocados
El mensaje de Pablo sigue resonando hoy. En la actualidad, muchas personas sinceras y con un profundo sentimiento religioso corren el riesgo de edificar altares equivocados. A veces, por mera costumbre o tradición familiar, se otorga un lugar de devoción primaria a otros elementos, desplazando involuntariamente al único que la Escritura presenta como camino, verdad y vida.
La Biblia es clara al recordarnos que la centralidad absoluta le pertenece a Cristo. Compartir esta verdad no nace del deseo de juzgar, sino del amor por el prójimo: para que nadie adore a ciegas, sino que todos puedan conocer al Dios vivo y hallar la respuesta eterna que solo Él puede dar.

Una pausa necesaria
Este relato nos invita a una pausa necesaria en nuestra propia vida. La verdadera fe no se hereda por inercia ni se sostiene solo en ritos externos; se cultiva en la intimidad de un corazón transformado.
Examinar con honestidad en qué o en quién tenemos puesta nuestra máxima confianza no significa despreciar nuestras raíces, sino sincerarnos con el Creador. Dar el paso hacia una espiritualidad enfocada exclusivamente en Aquel que lo dio todo por nosotros requiere valentía, pero es el único camino hacia una paz genuina.
La invitación de hoy es simple pero profunda: mirar hacia adentro, revisar las prioridades de nuestro corazón y permitir que Jesús ocupe, de una vez por todas, el primer lugar.
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