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Sobre el acceso al perdón

El rol del cristianismo no es juzgar ni imputar pecados

Ni jueces ni acusadores: embajadores de una amnistía divina.

A través de un recorrido por las Escrituras y el concepto de las dispensaciones, tratamos de explicar cómo el sacrificio en la cruz reconfiguró el acceso al perdón y por qué la culpa ya no tiene la última palabra. El tránsito de la Ley de Moisés a la gracia de Cristo no es un simple matiz teológico, sino un cambio sistémico de fondo. Comprender esto es vital, porque el rol del cristianismo no es juzgar ni imputar pecados, sino anunciar que la deuda ya fue pagada en la cruz.

Las revelaciones divinas que necesitamos conocer ya están plasmadas en el texto bíblico. Nadie puede agregar ni quitar nada, ya que hacerlo está penado por Dios. Cuando hablamos de revelación divina, nos referimos a la inspiración: el proceso mediante el cual Dios pone su Espíritu en el ser humano para instruirlo en verdades que ignora.

De esa forma, los santos hombres de Dios escribieron las Escrituras. Al respecto, el apóstol Pedro señala en su segunda carta: "Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo".

Los dones espirituales

Para que la iglesia pueda interpretar lo que está escrito, Jesús proveyó a sus miembros de dones espirituales. A través de ellos, los creyentes son instruidos y capacitados para entender lo que Dios desea para sus vidas.

Las Escrituras aseguran que, luego de la conversión, cada miembro de la iglesia recibe al menos una de estas herramientas espirituales. Su importancia es tal que el apóstol Pablo enseñó que el hombre natural —es decir, el incrédulo— no tiene acceso a ellas y, por lo tanto, no puede discernir el mundo espiritual.

Discernir es, justamente, la capacidad dada por el Espíritu para distinguir una cosa de otra, señalando su diferencia esencial.

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Cómo interpretar las Escrituras

En teología existe un instrumento fundamental para interpretar las Escrituras conocido como hermenéutica. En este marco se estudian las dispensaciones: los distintos períodos de tiempo en los cuales Dios trata con la humanidad de maneras diferentes.

Por ejemplo, las promesas de Dios para el pueblo hebreo no son las mismas que para los cristianos. Sin hacer un juicio de valor, los primeros se conducían de acuerdo con la Ley de Moisés; los segundos, según las enseñanzas de Cristo.

En cierta oportunidad –en el Antiguo Testamento- Dios le prometió al rey Salomón: "Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra". Aquello fue el dictado de una norma para alcanzar el perdón, pero bajo el diseño de la Ley de Moisés.

Cristo cambió el sistema

Hoy los cristianos no estamos bajo la Ley de Moisés, sino bajo la ley de Cristo, y el enfoque es totalmente diferente. El sistema de perdón divino se transformó en algo nuevo con la muerte y resurrección de Jesús.

Al respecto, la Biblia enseña: "Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo". El rol de todo cristiano es, precisamente, pregonar esta buena noticia.

En cuanto al perdón, la carta a los Hebreos lo explica con lujo de detalles al advertir a los creyentes que actúen con diligencia. El texto afirma: "Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo (...) y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio".

La Escritura advierte así a los que pecan deliberadamente que no se puede volver a crucificar a Cristo para perdonar sus errores. Por lo tanto, aquella promesa divina sobre el perdón vinculado al rey Salomón ha perdido vigencia en la actualidad: Dios la ha reemplazado por un nuevo sistema a través de Cristo.

 Comprenderlo es de vital importancia

Comprender esto es vital, porque el rol del cristianismo no es juzgar, acusar ni imputar pecados, sino anunciar que la deuda ya fue pagada en la cruz. Esto no significa que el ser humano sea salvo automáticamente sin arrepentirse; significa que la provisión del perdón ya fue hecha por Jesús y la puerta de la reconciliación está abierta de par en par.

Saber esto transforma nuestra predicación: ya no salimos al mundo a condenar, sino a ofrecer un regalo que legalmente está disponible para la humanidad. El anuncio actual es claro, y ahora le corresponde al hombre apropiarse de ese obsequio, volviéndose a Dios con un corazón sincero a través del único camino de regreso al Padre.

El perdón de Dios es un regalo legalmente disponible para la humanidad, pero requiere que el hombre lo acepte volviéndose a Él por medio de Jesús. Nuestro rol no es condenar, sino señalar el único camino de regreso al Padre.

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