El largo camino
"Seguía aún sin comprender por qué no tenía nada ni lo tendría jamás, y no había nadie que lo supiera y pudiera decírselo. Era el misterio insoluble de su vida" ("El camino del tabaco", Erskine Caldwell) - Por Miguel Ángel Molfino

Mónico dejó de mascar el tabaco que hacía horas que tenía en la boca y se quedó mirando a la Mabel y a su hijo, que acariciaba al perro. La sombra del algarrobo dibujaba una garra oscura sobre la tierra, hacía calor como para volver loco a todo el mundo. Botella, el perro de su hijo, se estaba muriendo sobre unos rastrojos.
¿Por qué se mueren los perros, papá, si ellos no son humanos?
Mónico sacó la bola de tabaco de la boca, la partió por la mitad y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Escupió una saliva oscura, volvió a engullir la otra mitad y retomó el ritmo de la mascada.
El perro se iba apagando, un velo gris le anegó los ojos y dejó de respirar.
—¿Lo vamos a enterrar?
—No, hijo, tenemos que seguir. Ya te dije, nos buscan porque nos robamos el fardo de algodón. Si nos agarran, nos matan, chamigo.
—Pero ya lo vendimos.
—Sí, pero lo robamos.
El chico se acercó al perro. Ya no respiraba.
Te moriste, Botella, alzó los ojos y el resplandor lo cegó. Es difícil verlo volar hacia el fondo del cielo, pensó.
El día anterior habían comido, entre los tres, dos pedazos de charque y unas papas que estaban un poco verdosas, en mal estado.
Hoy y por un tiempo indefinido, no volverían a comer algo parecido, Mónico lo sabía. De modo que siguieron caminando hacia el este, les habían dicho que encontrarían un poblado a un día de andar.
Desde lejos, sobre el camino polvoriento, eran tres siluetas de bronce oscuro que se alejaban hacia ningún lado. El horizonte era un tajo y solo eso. Por momentos, sus pasos se desviaban hacia la banquina de pasto seco, así los pies lastimados podían atenuar sus dolores.
El hombre y la mujer llevaban los bártulos de la familia sobre los hombros, el chico corría, saltaba la zanja y volvía al camino de tierra, pegaba grititos, hasta que su padre le entregó el bulto que cargaba para que lo llevara un tiempo.
La cara rojiza y granujienta de la madre iba clavada al suelo, como si contara las gotas de sudor que descargaba su afiebrada frente. Tosía, estaba flaca como una rama, trataba de que los ojos de su marido no la vieran tan enferma.
—Descansemos un rato, Mónico —dijo la mujer, y se dejó caer sobre los pastos más crecidos.
Mónico la observó un rato y la vio avejentada, hacía mucho tiempo que no reparaba en ella, no recordaba su edad, y entonces se lo preguntó, acomodando el buche de tabaco a un costado de la boca:
—¿Cuántos años tenés, Mabel?
El chico escuchó la voz del padre y giró la cabeza, no entendió la pregunta.
Mabel miró al marido de costado (una cuchilla de sol le impedía verlo de frente), bajó la cara, se arregló el pelo sucio y atado con un pedazo de bramante y murmuró: veintiocho, creo.
Ajá, dijo Mónico y regresó a masticar tabaco.
—Puedo hacer algo mejor que esto… —murmuró la mujer.
El chico se fue acercando. Por un momento, tuvo miedo. No supo a qué, pero lo sentía dentro del cuerpo, temblando como un alambre. Se detuvo.
—¿Qué cosa? —dijo Mónico.
—Que puedo hacer algo mejor que andar cargando nuestros chirimbolos…
El hombre la miró en silencio, alcanzó a ver la fuga de una pequeña viborita ñacaniná rumbo a la zanja.
—No es necesario que me mates, dijo Mabel pasándose un dedo por la nariz cargada de mocos.
—¿Matarte? —Mónico, por largos segundos, quedó con un gesto arrugado en la cara.
El chico se acercó unos pasos más y buscó su navaja en el bolsillo trasero del pantalón.
El sol de fin de verano cambiaba las sombras y los tres parecían moverse muy lentamente en un escenario imaginario.
—Siempre fui buena para la cosecha —dijo Mabel.
—Hay que creer en Dios —dijo el chico. Su voz sonó desesperada.
La mujer comenzó a sollozar. Las lágrimas brillaban sin fuerza sobre la piel gastada.
—¡Papá! —de pronto alzó la voz el hijo—. ¡Ella toca el violín muy bien! ¿O no te acordás?
—Ya no tenemos violín, tampoco tenemos para comer.
—Pero mamá sabe cocinar cuando tiene con qué cocinar.
Mónico escupió el bolo de tabaco, cruzó los brazos, suspiró. Señaló dos árboles que se recostaban uno con el otro y dijo:
—Allí dormiremos esta noche.
—¿Y qué comeremos? —balbuceó el chico.
Mabel se reincorporó y dijo:
—Algo voy a inventar.














