El acecho
La mira Carl Zeiss es perfecta, lo mejor que han hecho los alemanes. - Por Miguel Ángel Molfino

El sol blanco creaba fantasmas de luz. Era otoño, y entonces las laderas eran mantos pardos, lomos dormidos de osos gigantes. El problema era el viento que corría desde el este.
A quinientos metros, al costado de un pinar, una camioneta brillaba como si fuera de mica. Los codos, apoyados en unas almohaditas flojas, parecían de yeso. El prismático de once aumentos fijado en la camioneta paseó brevemente por el camino que bajaba desde Pozo Verde. A esa hora no pasaba ni dios.
Escupió el pucho apagado que mantenía en los labios, dejó los prismáticos y volvió a la mira. Sus manos tomaron posición de tiro, se aferraron delicadas como si el Máuser M18 fuera una mujer de acero.
Contuvo la respiración y acarició el guardamonte del disparador en círculos pequeños. Corrigió el alza debido al viento y centró el tiro en el tanque de nafta.
El matorral espinoso le desgarró la camisa, se reacomodó muy lentamente, se acható aún más contra la tierra. El sol creaba una bruma baja de resplandor. Apuntó de nuevo y elevó un centímetro la cruz del retículo. Conocía la caída de la bala a esa distancia y bajo esa brisa esteña.
Sintió que lo abandonaba su cuerpo y que solo quedaban sus ojos, los brazos y el M18. Sin corazón ni pulso era más fácil asestar el tiro deseado.
Apoyó el dedo en el gatillo.
Acampó el silencio más hondo de la tierra.
Vio que la puerta del conductor se abría y bajaba su blanco.
El estampido lo ensordeció y sintió un dolor agudo en el costado del cuello.
Su blanco flameó y cayó cuando todavía el eco repetía el bramido del arma.
Largó el fusil y se tomó con fuerza la zona del ardor.
Había despertado una víbora coral y la vio huyendo entre los arbustos después de atacarlo.
Le quedaban menos de veinte minutos de vida. Jamás llegaría al sendero donde había dejado su Jeep.











