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Tu peor enemiga

"Los medios electrónicos son la continuación de nuestro sistema nervioso". (Marshall McLuhan) - Por Miguel Ángel Molfino

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Tenía que entregar la novela al editor en un mes y Rocco, mi detective, andaba todavía en ascuas: no tenía idea de quién era el asesino de Thelma Moro y su sobrina. Y yo, menos, lo cual era dramático. Sin que yo lo supiera, el pobre Rocco estaría perdido. Y la novela también. Había sido un asesinato cruento en el que no me privé de salpicar sangre. Calculé que aún me restaba  la mitad del libro y sólo tenía el doble asesinato y un testigo, un chico autista moviéndose y gritando en una esquina de un parque. Tuve la intuición de que esa tarde pasaría algo desusado, "olor a inminencia", que le dicen, pero lo deseché. Soy un tipo sin olfato: sinusitis crónica. 

Regresé a la computadora, prendí el último cigarrillo y abrí el archivo.

La pantalla de la PC me escrutaba, azulada, acuciante, con ese leve temblor electrónico que no hacía más que despertar la bestia oscura de mi ansiedad. Maldito bloqueo. Tal vez esta parálisis me estaba diciendo algo. Estás viejo, muchacho, ya se te está notando. Había cumplido los cincuenta en abril y los había recibido con una borrachera de órdago. Fue una noche fatal, discutí con Lola y su caniche, y casi me fui a las manos con el portero cuando abrí la puerta cancel a mi novia para que se marcharan, digo, llevándose al neurótico caniche, balbuceando insultos que, al otro día, parecían haber quedado sepultados bajo la resaca.

Llevé el cursor hasta el comienzo del último párrafo escrito y releí con la esperanza de que me hiciera hervir las ganas de retomar la maldita novela. Cuando empecé a bajar el cursor por el texto me pareció escuchar –con bastante claridad– el clásico sonido de la hoja de un cuchillo afilándose. Pensé que tendría que llevar la computadora para que me la chequearan, hacía rato que no visitaba un service.

"Íbamos por la ruta 11 en dirección oeste. Toni encontró una cinta rosa de la sobrina de Thelma Moro, una de esas que se usan para ceñir el cabello. La halló tirada muy cerca de la palanca de cambios. Estuve a punto de pedirle que la guardara, me traía recuerdos que ahora dolían; Toni no estaba al tanto de ese romance que tuve en el último verano. El paisaje que recorríamos se fragmentaba en decenas de grietas resecas. Si alguien me hubiera preguntado cómo describir la superficie de Marte, le hubiera dicho "mirá a tu derecha, ahí la tenés". Entonces Toni empezó a hablar de los perjuicios que ocasionan estas sequías prolongadas, y me señaló el cadáver de una vaca con sus cuatro patas mirando al cielo. Jamás me había interesado ese asunto del cambio climático y justamente en ese momento no me atacaría ningún interés por salvar nuestro deleznable planeta. Me coloqué en modo chofer sordo y volví a preguntarme por qué Thelma Moro había dejado ese mensaje en mi contestador, casi veinte horas antes de que la encontraran salvajemente asesinada".

Entender ese punto, sospechaba, me haría avanzar en la pesquisa. Rocco, me dije, hace días que tu cerebro está nublado y ni siquiera hay perspectivas de que lo hagas llover.

Hasta allí había llegado. Me recosté en el respaldo de la silla sin dejar de mirar la pantalla. Volví a escuchar el filo del cuchillo pasando por una chaira o una piedra.

Sin inspiración, sin cigarrillos, sin Johnny Walker, mi vida entre esas paredes carecía de sentido. Iría al Fat Cat, unos tragos de un buen malta simple puede abrir hasta las tinieblas más densas. Guardé el archivo y cerré la computadora. Ya era de noche y el frío temblaba en el aire. El diariero de la esquina también. Bajé los dos pisos por la escalera. Compré cigarrillos y cuando giré para buscar un taxi, reparé en que había olvidado encendida la luz de la lámpara de mi escritorio. Me gustó el efecto: una aureola de oro ayudaba a disimular las paredes húmedas y desconchadas. Subí para apagarla. Me costó trepar la docena de escalones, el cigarrillo quita piernas. Entré al cuarto y vi un chorrito de sangre que corría por el teclado. Busqué un trapo y lo limpié.  

¿Qué era esa sangre? Me senté, prendí la computadora, abrí el archivo. La novela había avanzado, alguien había escrito una página más. ¡Y había liquidado a mi detective! Le habían abierto el abdomen con un perfecto tajo de seppuku. Entendí que la sangre que persistía saliendo de la computadora provenía de esa horrible herida. 

Esto no me podía estar pasando. ¿Quién escribió esa página, y de dónde, si no de la herida de mi detective, fluía esa sangre fresca y lenta? Decidí afrontar el misterio: me quedaría frente a la pantalla para ver si el texto avanzaba sin que yo lo escribiera. Fui al baño y volví. A poco de entrar al cuarto casi pego un alarido. La pantalla chorreaba sangre y corría entre las teclas para caer sobre la alfombra de yute. Me acerqué a la pantalla y leí que "Luis Vega había caído en la trampa, ya tenía ensartada una enorme katana en la espalda…" Retrocedí espantado. Luis Vega era yo y, según leía, me estaba desangrando y mi sangre corría por fuera de la PC como un manantial espeso. Retrocedí, tropecé y caí de espaldas sobre el ventanal que da al diminuto jardín de invierno. Estalló en mil pedazos y uno de los más grandes, como si mi espalda fuera de manteca, se deslizó en mi carne, me atravesó, y supe que había empezado a morir. 

Alcancé a leer cómo el texto se autocorregía. Ya no era una katana lo que me estaba matando, era una aguda lámina de vidrio. Ahora sabía quién había asesinado a las dos mujeres. Cerré los ojos mientras escuchaba el sonido implacable de los bits asesinándome.

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