Ballena
"Y trató de imaginar cómo se vería la luz de una vela cuando está apagada." (Lewis Carroll). - Por Miguel Ángel Molfino

Cuando salí al alero de la casa me topé con un hombre ancho y alto como un tronco de guayacán que tenía la mandíbula hundida. Me miró y me saludó con una mano en alto, como lo hacen los sioux en las películas.
Yo tenía trece años. Hacía pocos meses que había llegado a esa casa y lo que recordaba de mi vida anterior era triste y pálido. El departamento de la calle Chile, en Buenos Aires, siempre había sido sombrío (esto lo supe después) y mi nueva vida, por así decirlo, me había llenado de una energía eléctrica, las ideas eran vientos en mi cabeza.
Mis padres habían muerto en un accidente de avión (se estrellaron en una serranía cordobesa) y desde entonces quedé al cuidado de mis tías Piruca y Genoveva, dos solteronas bajitas que rezaban todo el santo día.
Les decía que apareció este hombrón que saludaba como los sioux, y me habló:
—Soy Jeremías, fui amigo de tu viejo. ¿Cómo te llamás?
—Abel…
—Tenés cara de Abel. Vivo cerca, en la curva de la costanera, a una cuadra de la Anderson Clayton. Podés visitarme cuando quieras, vivir con dos tías viejas debe cansar mucho.
Su voz olía a alcohol. Súbitamente, pareció perder interés en todo lo que le rodeaba, giró sobre sus talones y se marchó. Me había impresionado cómo se le movían las mandíbulas; tiempo después me enteraría que le habían volado un pedazo de hueso de un tiro.
El invierno de 1964 fue particularmente frío. Mis tías se asustaron de la tos y el catarro que me habían atacado y me compraron un sobretodo corto y negro como los que vestían Los Beatles en las fotos. Mis tías tenían una gran biblioteca y en la soledad de Barranqueras (iba a la escuela y no tenía amigos) leía por horas, sentado en un sillón de mimbre que daba a una espesa morera. Recorrí los mundos extraordinarios de Verne, Melville, Edmundo D’amicis, Mika Waltari, Salgari, Stevenson, Twain, Güiraldes, Echeverría; mi sed no tenía límites. Le fui dando la espalda a la escuela y, asediado por las ganas de aventuras, de personajes, de paisajes exóticos, de travesías y marejadas, me hacía la rata cada vez más seguido. Me vestía con el sobretodo Liverpool, como le decía, y con un libro partía hasta cerca del puerto, donde trajinaban hombres y grúas hurgando en las entrañas de los barcos mercantes. Frente al río rugoso y helado, leía. Enfrente, la isla Santa Rosa me demoraba y me encendía de historias que imaginaba y que me urgía escribir.
En esas ateridas estadías supe que sería escritor. Nunca entendí si fue un designio, una epifanía o un enorme deseo. Una tardecita, cerré los ojos y sentí un impulso ascendente, como un buzo que emergiera de profundidades abisales. Mi mente aguardaba una revelación, mi corazón se había callado aguardando algo que no sabía qué sería.
El olor del puerto, aceitoso, aromado de pescados invisibles, de miasmas flotando, pareció crecer. Fue en ese momento que unas piernas gigantes se detuvieron junto a mí. Yo estaba sentado en unas escalinatas percudidas que daban a la playita de cantos rodados. Tenía en mis manos un ejemplar de "Moby Dick". El capitán Ahab, tan alucinado y obsesivo, me traía envuelto en su fuerza por hallar a la gran ballena blanca.
La voz del gigantón Jeremías me arrancó de mi ensimismamiento:
—No nos podemos quejar de este mar que nos tocó… —dijo, entusiasmado, y le echó un trago a un licor que traía en una botellita.
—Esto no es un mar, es el río Paraná, señor Jeremías.
Me miró desde lo más profundo de sus pestañas pelirrojas, sonrió, levantó la mirada y apuntó con un dedo hacia una lejana embarcación que se retiraba más allá de la isla de Santa Rosa.
—Aquel barco viaja ya rumbo a Java, lleva un cargamento valioso, kilos y kilos de diamantes; no te rías, pequeño, de lo contrario te haré atrapar por la policía de Borneo.
—¿Borneo?
—Sí, Borneo, esa isla que se abre frente a nosotros es la isla de Borneo.
—Pero si es la isla de Santa Rosa.
—Escuchame, Ariel, ¿acaso no querés ser escritor?
—¿Cómo lo supo? —empecé a temblar, ese hombrón me leía los pensamientos.
—Lo sé desde que te vi por primera vez. Venís seguido a este lugar, te pasás horas y horas viendo fluir el río, el salto de pescados remotos, el paso de las canoas de los pescadores… Como ves, es muy fácil saberlo, querés ser escritor.
Me había levantado las solapas del sobretodo. Desde el fondo del río, una borrasca de viento y frío desbarató mi peinado Lord Cheseline. En ese momento percibí cómo llegaba a mi cuerpo lo que consideraría, tiempo después, la única ambición de mi vida: escribir. Una larga, intensa y sublime bocanada de vocación literaria. Un ardor súbito en los ojos me contó que allí, entre las pestañas, brillaban unas lágrimas.
Don Jeremías me observaba con la benevolencia de un abuelo de cuentos infantiles. Me sentí avergonzado. Las hojas de "Moby Dick" parecían mariposas atrapadas en un libro. El viento las hojeaba y hasta se desprendió una, ya descosida.
El barco que rumbeaba a Java se había perdido detrás de la vegetación de la isla de Borneo. El agua marrón del río a esa hora comenzó a tomar un color más claro y fresco. El agua olía a yodo y a sal.
Estaba solo. Don Jeremías había desaparecido sin hacer ruido.
Entonces el agua empezó a batirse en un oleaje desusado, la espuma rabiosa anegaba la playa de cantos rodados. Salté hacia atrás y dejé la escalera de piedra.
Un chorro de agua alto y ruidoso quebró la parsimonia del río. Agucé mi vista. Remolinos y olas enardecidas levantaron un sonido ensordecedor. Y quedé paralizado cuando el grueso cuerpo de una inmensa ballena salió de las aguas como un pesado ángel de las profundidades.
—¡Madre mía, qué es esto?! —exclamé, mientras la ballena volvía a sumergirse en el río. Después de unos segundos regresó con más vehemencia, chorreando cataratas de agua, y volvió a desaparecer. Me pareció escuchar un sonido, como un quejido grave, como si el animal me hubiera saludado antes de marcharse.
Navegó sobre la superficie como si fuera un simple patito y una vez que se alejó, con un fuerte azote de su cola decidió dejarme solo en las azoradas escalinatas de la costanera.
Mi corazón se había cerrado como un puño, estaba emocionado. Comprendí que no podría contar el episodio, era absolutamente inverosímil, fantástico, sobrenatural.
Solo me quedaba un camino, y esa misma noche lo empecé a recorrer.
Sobre una hoja blanca y suave como la piel de una mujer, le quité el capuchón a mi Parker y escribí con mayúsculas: BALLENA.
Y debajo, ansiosa, empezó a manar la correntada de mi primer cuento.











