La historia prohibida
Esto le sucedió a Auden Kromic y me lo contó hace ya muchos años. Ahora lo puedo sacar a la luz, porque Kromic regresó a Zagreb, su ciudad natal, y pasa sus últimos años en una bucólica casa de piedra a orillas del río Sava. - Por Miguel Angel Molfino

Se disgustaría mucho si llegara a enterarse de que revelé esta historia en la que no queda demasiado bien parado, y yo mismo me sentiría muy avergonzado ante sus ojos si descubriera que la terminé escribiendo; no es bueno faltar a una promesa de silencio, lo sé, pero se trata de una buena historia y vale la pena el pecado.
Conocí a Kromic en un decrépito bar de Paseo Colón una noche helada del otoño porteño. Yo entonces era muy joven y como buen periodista novel me desvivía por hallar buenas historias, esas que te pueden poner al borde de la admiración y el rápido reconocimiento. Kromic trabajaba detrás del mostrador y era el encargado del local, en horario nocturno. Yo solía salir por las noches y recalar en bares lúgubres: lo llamaba la gran cacería.
Pues así conocí a Kromic, una vez que olfateé que ese croata grandote, de mirada azul y gestos por momentos duros, por momentos infantiles, era un gran reservorio de historias. Empecé a frecuentar el Marítimo, así se llamaba el bar, con el fin de ganarme la amistad de Kromic.
La noche que me contó el asunto del asalto y la guerra de piratas yo había sustituido mi tradicional expreso cortado por unas copitas de caña Mariposa. El local estaba casi vacío, de modo que, a falta de trabajo, Kromic dejó el mostrador y se sentó junto a mí como un parroquiano más. Ya le había confiado que era periodista y, de alguna manera, me consideraba una persona distinguida. En un momento dado me hizo jurar que yo sellaría mi boca una vez que me contara un episodio, tal vez, el más extraño que viviera en sus cincuenta y siete años.
Hacía poco que había llegado al país y se había relacionado con un par de malandras. Vivían en el viejo y prostibulario Dock Sud, zona en la que el delito era vivido como una forma de santidad. Sus amigos malandras eran chorros, maleantes de poca monta, pungas de arrebato, pequeños estafadores.
Pero un día, después de unos chorizos y un tinto berreta, lo invitaron a participar de un asalto a mano armada. Kromic atravesaba una época de bolsillos vacíos, changas escasas y hambre tironeándole el pellejo del estómago, por lo que aceptó, pidiéndoles un papel secundario en su debut criminal. El objetivo era una carnicería de las afueras de la villa del Bajo Flores; sabían los pillos que el carnicero solía guardar mucha plata en el local, especialmente los viernes.
Así fue como a eso de las ocho de la noche, minutos antes de que cerrara, llegaron a la carnicería y, a punta de revólver, le exigieron el dinero al dueño. El hombre, arrasado por el miedo, intentó defenderse con una cuchilla. Kromic llevaba como única arma una barreta de fierro y los otros dos portaban sendas tumberas.
Gritando, el carnicero se les abalanzó con la enorme cuchilla y alcanzó a herirle el antebrazo a uno de los malandras. El otro disparó y la bala rompió el vidrio de una heladera. Kromic, un ignorante en materia de atracos, imaginando cómo debía ser el comportamiento de un asaltante, gigantesco y atemorizado, le pegó un barretazo en la cabeza al carnicero, que se desplomó bañado en sangre.
Los tres salieron huyendo y se dispersaron. Kromic, con el corazón en la boca, atinó a meterse en una casa apenas iluminada. Saltó una ventana y se encontró en un living donde un niñito jugaba con una espada de madera. El pequeño se dio vuelta, lo miró un largo instante y le sonrió con un gorjeo. Kromic también le sonrió, se le aproximó y le acarició los rulos renegridos. Y se dio cuenta de que el nene era down.
El silencio flotaba en la casa. Parecía estar solo poblada por el niño. Para cerciorarse, Kromic la recorrió. La familia del pequeño tal vez había salido.
De pronto, sintió congelarse cuando las sirenas policiales pasaron frente a la casa rumbo a la carnicería. Decidió quedarse hasta que todo pasara, aunque no sabía qué cosa podría ocurrir una vez que llegaran los padres del chico.
Con los nervios desflecados, el gigantón empezó a jugar con el niño. Sin dudas, se trataba de un juego de piratas. Un libro abierto en un almohadón mostraba la ilustración de un barco plagado de piratas peleando a mandoble limpio. El chico, que lo corría alrededor del living con su espadita, gritaba de euforia hasta que, súbitamente, se detuvo y le agarró la mano. Y empezó a hablarle en un idioma, tan incomprensible como dulce, que terminó por confundirlo.
Medio que las corridas piratas y esas palabras le creaban una lejana sensación a infancia, a su propia infancia en Zagreb. Y abrazó al pequeño. Recordó entonces el brutal episodio de la carnicería y se sintió un mal hombre. Sentó al crío en el sillón y él hizo lo mismo. En croata le empezó a contar cómo jugaba en las calles y cuánto quería a su perrito Lev.
El pequeño lo escuchaba con los ojos, con las oídos, con sus deditos que retorcía de expectación, como si entendiera las palabras de Kormic. Y cuando le iba a relatar las correrías en las costas del río Sava, escuchó el sonido de llaves buscando abrir una puerta. Habían llegado los padres.
Se incorporó de un salto y se dio cuenta de que tenía la camisa manchada de sangre. Saltó la ventana y se hundió en la noche.
Nunca cuentes esta historia —me dijo— porque todavía no sé cuál soy de los dos Auden Kromic que vivieron esa noche.
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