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Presidente Massa

El "renunciamiento" de Alberto deja a un único jefe político en el gobierno. Los respaldos externos del ministro de Economía son grandes, pero mucho mayores son los problemas internos. - Por Rubén Tonzar

   Esta última etapa de la eterna crisis argentina comenzó hace unos días, con la renuncia del exCEO de Syngenta, Antonio Aracre, como jefe de asesores de Alberto Fernández.

   Aracre proyectaba un plan económico –lo había puesto en conocimiento del Presidente- que partía con una fuerte devaluación para llevar al dólar a su valor "real" (cualquiera fuere el significado de eso) y licuar las obligaciones en pesos del Estado (sobre todo subsidios), además de reducir de inmediato el precio de los salarios. A continuación, establecía una "compensación" mediante congelamiento de precios y entrega de un bono a jubilados y trabajadores. Luego recomendaba eliminar el dólar a 200 pesos para importaciones industriales y reducir las retenciones a las exportaciones de granos.

   Semejante plan, que se oponía por el vértice a la política vigente de devaluaciones selectivas, recaudación basada en la inflación, topes salariales en acuerdo con la CGT y negociaciones con el FMI para obtener dólares frescos, obligaba obviamente a la salida del ministro Sergio Massa.

   El de Aracre era un plan in extremis que, se suponía, le daría una vida extra al gobierno de Fernández para llegar hasta las elecciones. El fracaso de ese golpe interno derivó en la renuncia de Aracre, y más tarde llevó al "renunciamiento" de Fernández a la candidatura presidencial… y a la conducción política del gobierno en los meses que siguen: a esta hora, el hombre con mayor autoridad política del gabinete es Sergio Massa.

   Registrado ese hecho, vale recordar el dicho que Malena Galmarini durante las horas que duró aquella crisis: "Después de Massa no hay nada". Viniendo de una testigo privilegiada en el centro del poder nacional, esa frase sobre el plan de Aracre -tan emparentado con algunos de los más extremos de la oposición- adquiere resonancias temibles, no solo para la economía, sobre todo para las esperanzas de los argentinos.

 "Ordenar la interna"

Los principales laderos del Presidente –el canciller Cafiero, los ministros Rossi y Aníbal Fernández, etc.- proclamaron que el "renunciamiento" se debía a que el mandatario ponía "la Patria" por encima de toda ambición personal. En segundas conclusiones, sin tantos aspavientos, dieron a entender que el gesto de Alberto pretendía "ordenar la interna" del Frente de Todos, lo que se habría confirmado de inmediato, con el unánime acuerdo en el Consejo del Partido Justicialista de convocar un congreso para dirimir candidaturas el 16 de mayo.

   Sin embargo, este tercer "renunciamiento" consecutivo –después del de Cristina Fernández de Kirchner y del de Mauricio Macri- nos muestra a las máximas autoridades de la última década declarándose incapaces –por H o por B- de frenar la disgregación y la impotencia que dominan la política nacional. Es esta cuestión, y no "la economía", la que explica el auge de fenómenos como Javier Milei.

   Por lo pronto, el "renunciamiento" presidencial es más a la conducción económica y política del Estado que a una candidatura. Ahora, el país está presidido Massa y su dudoso plan "económico", que va de un desbarranque al otro, con el gerenciamiento del FMI y el apoyo político interno de la CGT y externo de la embajada de EEUU.

   No se sabe si este "renunciamiento" ordenará la interna oficialista. Lo que es seguro es que la bancarrota económica y la crisis social no van a detenerse por ello.

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