Del encierro al ajuste: la obsesión por el número y el descuido de la salud mental
Alberto Fernández no eligió la pandemia: le explotó en las manos. Javier Milei no creó la crisis económica: la heredó. Frente a estos desafíos, ambos presidentes se refugiaron en una lógica que, aunque distinta en sus formas, comparte una raíz común: la creencia de que el fin justifica los medios. Y más aún: que el resultado numérico —sea la cantidad de muertos por COVID o la tasa de inflación— justifica cualquier sacrificio intermedio, cualquier daño colateral. Esa idea, tan antigua como Maquiavelo, parece haber colonizado su modo de gobernar. Y es grave, porque no sólo revela una manera de hacer política, sino también una manera de mirar a las personas: como medios para un fin, como cifras en una planilla.
Este análisis no pretende ser un diagnóstico clínico ni un juicio sobre la subjetividad de los protagonistas. Aclaro esto porque a lo largo del texto utilizo una analogía con la lógica de la obsesión —e incluso con ciertas características de las neurosis obsesivas—, pero lo hago de manera deliberadamente figurativa y amplia. No estoy afirmando que Alberto Fernández o Javier Milei padezcan ninguna patología, ni que sus decisiones obedezcan a rasgos personales clínicamente definidos. Es simplemente una metáfora para señalar un modo de gestión: esa fijación en un único objetivo, esa incapacidad de percibir lo que queda fuera de la meta, esa sordera a todo lo que no encaja con el resultado esperado.
Hay algo en la política contemporánea que recuerda inquietantemente a una clínica de obsesiones. No es difícil verlo en estas dos figuras, ambos encarnan la misma trampa: la creencia de que un número —una cifra final— basta para redimirlos de toda culpa. Como si el dato frío tuviera el poder de ordenar el caos y justificar el camino recorrido, sin importar el costo humano. En Alberto Fernández esa lógica se evidenció durante la pandemia. Él mismo lo dijo: prefería más pobres antes que más muertos. La frase, cruda, pretendía expresar una jerarquía de valores. Pero esa jerarquía estaba ya contaminada por la lógica obsesiva: sólo contaban las muertes por COVID que se podían registrar, mientras que la pobreza, la soledad, la depresión, la violencia doméstica, los suicidios, las adicciones, las enfermedades no tratadas quedaban fuera del radar. Como en la clínica, el obsesivo se aferra a un peligro concreto y controlable y, por esa misma fijación, se vuelve incapaz de advertir los daños colaterales que producen sus rituales. La cuarentena extendida fue eso: un ritual obsesivo a escala nacional, que calmaba la angustia inmediata —las muertes por COVID— a costa de desencadenar otras catástrofes menos visibles pero igualmente letales.

Alberto Fernández y la pandemia
Y es precisamente ahí donde deberíamos haber aprendido algo. La pandemia mostró, de manera dolorosa, que esa visión reduccionista de la realidad —que prioriza una única meta por encima de todo lo demás— deja heridas profundas. Creer que solo salvar vidas físicas justificaba desatender la salud mental, la economía y la vida social fue un error con consecuencias visibles. Fue un error porque la pobreza también deja muertes a la larga: quienes caen en la pobreza extrema pierden acceso a tratamientos, medicamentos, alimentación adecuada, y terminan enfermando y muriendo por causas evitables. Del mismo modo, el deterioro de la salud mental también deja muertes: una depresión puede convertirse en suicidio, una adicción puede destruir vidas. No era simplemente una elección entre "vida o pobreza", como si la pobreza fuera un daño menor: la pobreza y el abandono psíquico también cuestan vidas, aunque de forma menos inmediata y más difícil de contar. Esa experiencia reciente debería habernos enseñado a no volver a reducir la complejidad de la vida a una sola cifra. Sin embargo, hoy se repite la misma trampa, esta vez con la inflación como único objetivo legítimo y con el mismo olvido de los factores que sostienen la dignidad y la salud de las personas.
Javier Milei y las cifras
Desde otra posición política y emocional, reproduce la misma estructura. En su caso, la cifra obsesiva es la inflación. Todo su discurso, toda su política, toda su energía están puestas en hacer descender un número, como si, alcanzando ese único objetivo, todo lo demás se acomodara por sí solo. Por eso puede permitirse ignorar las angustias reales de quienes pierden su trabajo, no logran alimentarse o no acceden a medicamentos. Ante una amenaza difusa, el obsesivo elige una meta concreta y absoluta, que organiza toda su conducta y lo vuelve insensible a los matices de la realidad.
Esa sordera se hizo evidente cuando el presidente amagó con vetar la ley que otorgaba un aumento a los jubilados y la llamada ley de emergencia para la discapacidad, dos iniciativas para proteger a los más vulnerables de una crisis que no provocaron y que los golpea con mayor crudeza. Milei no lo ve, o no quiere verlo. Su argumento se sostiene en una lógica tan simple como brutal: si no hay plata, no hay plata. Como si esa falta de recursos fuera un fenómeno natural e inmutable, y no también una consecuencia de las prioridades que él mismo define. En su visión obsesiva, toda decisión debe someterse a la prueba del número: si compromete la meta de bajar la inflación, entonces es un obstáculo, incluso si el precio es el sufrimiento de quienes no pueden esperar.

Olvidan la dimensión humana
La política no sucede en el futuro: sucede ahora. La vida humana no puede aplazarse hasta que las cuentas cierren, como tampoco pudo aplazarse durante la pandemia hasta que el virus desapareciera. Hay un límite moral —y también político— a la idea de sacrificar el presente en nombre de un resultado por venir. ¿Qué futuro puede construirse sobre un presente de resentimiento, abandono y heridas sociales? Los obsesivos no suelen hacerse esa pregunta, porque para ellos sólo existe el objeto de su obsesión. Y es precisamente esta dimensión humana la que me preocupa y me impulsa a escribir. Como psicólogo y psicoanalista, me preocupa esta política y estos modos de gestión en tanto modos de percibir y organizar la realidad que afectan directamente la subjetividad y la salud mental de quienes los padecen. Por eso no hablo tanto de las estrategias políticas o económicas en sí mismas, sino de cómo esa lógica —que ya vimos durante la gestión de Fernández y ahora se repite en la de Milei— termina generando angustia, desesperanza y daño psíquico. Es justamente este enfoque, centrado en las consecuencias humanas y subjetivas de esa forma de gobernar, el que me interesa señalar.
Y ahí surge la duda: ¿para qué lo hacen? ¿Para quién? ¿Realmente los guía el cuidado por las personas, o es simplemente una manera de acumular capital político, de ganar notoriedad, de ser recordados por haber "bajado el número"? ¿O hay también una forma de crueldad, un desprecio hacia determinados sectores y un privilegio hacia otros? Es imposible responder con certeza a estas preguntas. Las intenciones últimas de los protagonistas —si son mediocridad, odio, miedo, pragmatismo, ideología, o simplemente impotencia— no nos son del todo accesibles. Y si son accesibles, no me parece prudente comunicarlas.
Como psicólogo, no puedo permitirme especular sobre intenciones profundas o motivaciones ocultas, ni menos realizar diagnósticos íntimos. Lo que importa señalar son los efectos de las decisiones y el modo en que estas metodologías afectan a las personas. Y lo que para mí queda claro es que esta metodología no funciona y produce daños. Porque el resultado para quienes padecen las políticas es el mismo: una gestión que olvida la dimensión humana y reduce la vida a un número termina produciendo sufrimiento, daño y desamparo. Quizás por eso Alberto Fernández terminó tan desgastado, y quizás por eso Javier Milei corre el riesgo de seguir el mismo camino. Porque al final, la gente no vive en las estadísticas: vive en su cuerpo, en su mesa, en su barrio. Y cuando los números no coinciden con la experiencia cotidiana, toda esa obsesión se vuelve no sólo inútil, sino cruel. Ganar el resultado sacrificándolo todo, incluso a las personas, no es ganar: es perder de la peor manera.
En definitiva, Milei debería aprender, a partir de la experiencia de Fernández, que tanto en la política como en el fútbol o en el ajedrez, no se traduce solo en el resultado esperado. Y sin embargo, dignifica, construye, deja algo. Pero en un gobierno obsesionado con el resultado, no parece importar cómo se juega ni cuántos quedan heridos o fuera del tablero. Solo importa que al final haya una estadística o un número que mostrar.
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(El autor es licenciado en Psicología- M.P. 777).











