La marcha de la guerra (mundial)
La batalla de Bakhmut, la represa de Nova Kakhovka, las ofertas de paz, los intentos de escalada en Ucrania. La OTAN en Hiroshima, el AuKUS en Oceanía, EEUU en el Pacífico. - Por Rubén Tonzar

Desde aquel 24 de febrero de 2022, cuando comenzó la invasión a Ucrania, la guerra recorrió cinco etapas claramente diferenciadas.
La primera fue esa blitzkrieg del ejército ruso hasta las puertas de Kiev, probablemente con la intención de derrocar al presidente Volodímir Zelenski para colocar un mandatario prorruso. El rápido fracaso de ese objetivo se debió en partes iguales a la notable resistencia ucraniana y a los numerosos errores tácticos del invasor.
La segunda etapa vio a los invasores retrocediendo, para concentrarse en asegurar el territorio en los óblast de población rusoparlante del este (Kharkov, Lugansk, Donetsk), que el ejército ucraniano venía bombardeando desde 2014; y capturar los del sur (Zaporizhia y Kherson), para unir Rusia con Crimea por tierra. Esta etapa, de avances mínimos en batallas durísimas, está simbolizada en el extenso asedio a Mariúpol, cuya conquista dio a los rusos el principal puerto ucraniano sobre el mar de Azov, cuando promediaba el año 2022. Desde entonces, ese mar se ha transformado en un lago interior de la Federación Rusa.
La tercera etapa, caracterizada por el masivo aporte de armas livianas (principalmente las notorias antitanque Javelin, más tarde misiles Himars y Patriot) de la OTAN, permitió a los ucranianos preparar una contraofensiva con la que, antes del temido invierno, recuperaron casi todo el óblast de Kharkov, en el noreste, y fijaron el frente oriental en la segunda línea de defensa dentro de los oblasts de Donetsk y Lugansk.
En la cuarta etapa, los rusos se enfocaron justamente en la conquista del territorio de Donetsk parcialmente ocupado por los ucranianos, en batallas de intenso desgaste que culminaron con la toma de Bakhmut, el corazón de aquella segunda línea defensiva que mencionábamos, por el grupo mercenario ruso Wagner.
La batalla de Bakhmut fue importante por haber sido la batalla más sangrienta, en esta guerra y en lo que va del siglo; por la cantidad de recursos humanos y materiales sacrificados; y porque por primera vez en la época contemporánea vemos a un ejército mercenario venciendo a un ejército de línea, un salto en las sucesivas etapas de privatización de la guerra iniciada por EEUU en Irak.
Esta batalla, con los ingentes recursos y hombres inmolados (Mediazona, medio dependiente de la BBC, constató unos 5.500 mercenarios de Wagner muertos, y 120 mil bajas ucranianas entre muertos y heridos), marca además un giro decisivo en la guerra: postergó largamente la anunciada contraofensiva ucraniana, al punto que no parece que finalmente se vaya a realizar, o al menos no en la magnitud esperada y necesaria para la recuperación de territorios.

Esto nos trae a la quinta etapa, donde en lugar de esa contraofensiva militar presenciamos una intensificación de la propaganda político-mediática a nivel global, centrada ahora en la rotura de la presa de Nova Kakhovka. El asunto se adjudica a los rusos, a pesar de que no parece estar claro, ni siquiera para las principales usinas publicitarias de occidente, a saber, el Pentágono y el Ministerio de Defensa británico.
Como es lógico, la consabida "niebla de la guerra" se hace aquí más densa, mientras se agrava la tragedia humanitaria entre los civiles y la catástrofe ecológica en el territorio ucraniano.
La guerra política
Entre la sangrienta batalla de Bakhmut y el catastrófico colapso de la represa, también se han redoblado los intentos de sentar a las partes a una mesa de negociaciones.
Desde la primera propuesta de paz presentada por el gobierno chino (uno de los terceros más perjudicados por la guerra, ya que dos de las principales arterias de la Nueva Ruta de la Seda transitaban por Moscú y por Kiev); pasando por las ofertas del gobierno brasileño; los intentos del Papa; y la presente iniciativa de seis países africanos (Zambia, Senegal, Congo, Uganda, Egipto y Sudáfrica, todos muy golpeados por la suba del precio de los granos a consecuencia de la guerra), cuyos mandatarios por estos días recorren San Petersburgo y Kiev. Esta semana, finalmente, Turquía ha vuelto al ruedo otra vez, conversando con ambas partes por separado. Todos creen llegado el momento de terminar con la guerra, probablemente porque estiman que Ucrania está acorralada.
En los EEUU, que tempranamente en marzo de 2022 le bajaron en pulgar a las negociaciones promovidas por Turquía, que ya había logrado un acuerdo para la salida de granos, las opiniones parecen divididas.
Están las declaraciones de Donald Trump, quien ha dicho en más de una ocasión que si él presidiera el país, "terminaría la guerra en 24 horas; se trata solo de dejar de enviar armas". Está la subsecretaria de Estado Victoria Nuland, quien llegó a proponer el uso de armas nucleares tácticas para golpear a los rusos en Crimea.
Está el presidente Joe Biden, quien considera que no puede retirarse de la guerra "con las manos vacías", sin infligir a los rusos alguna derrota resonante, aunque más no sea en el plano propagandístico. Están estrategas de fuste, como Henry Kissinger y la Corporación Rand, quienes han dicho reiteradamente que si EEUU se empantana en Ucrania estará distrayendo tiempo y recursos que necesita para preparar el enfrentamiento con su "verdadero enemigo", China.
Este equilibrio inestable todavía no ha permitido que la balanza se incline hacia un lado u otro. En parte, porque si hasta el momento hay un ganador en la guerra, es EEUU, que ha logrado disciplinar a Europa a sus objetivos militares, ha logrado cortar el cordón umbilical energético que unía a Alemania con Rusia (también con la voladura del Nord Stream, pero no solo) y está vendiendo su gas licuado a la Unión Europea a un precio 4 o 5 veces superior al del gas ruso.
En Washington, estos argumentos sirven para un lado y para el otro: los que opinan que hay que retirarse con lo conseguido, y los que creen que se puede obtener mucho más (principalmente el lobby militar-industrial). Así, un día se imponen los que retacean los fondos y las armas para Ucrania; otro día los que promueven acciones "terroristas" en territorio ruso, o donde sea, llámense "voladura del Nord Stream II", "atentado con drones en el Kremlin", "incursiones guerrilleras en Belgorod"… ¿"voladura de la represa de Kakhovka"?

En el extremo oriente
Al mismo tiempo que EEUU y su inefable aliado británico fogonean la guerra "hasta el último ucraniano" en Europa, no se tomaron descanso en el arduo trabajo de extender la OTAN al lejano oriente. Se reactivaron desde hace al menos dos años las alianzas militares del "Cuadrilátero" (Japón, India, Australia, EEUU) y "Aukus" (Australia, Reino Unido, EEUU), que elevan peligrosamente los presupuestos militares en el Indopacífico.
En la última semana de mayo, el Grupo de los 7 países más industrializados (G7: Alemania, Canadá, EEUU, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) se reunió en Hiroshima. Luego de depositar ofrendas florales en el monumento a las víctimas de la primera bomba atómica arrojada sobre víctimas civiles por EEUU, inmunes a la hipocresía, los presidentes se dedicaron a denunciar "la amenaza de China", a la que advirtieron que debe cesar sus acuerdos comerciales con Rusia, abandonar sus pretensiones sobre el Mar del Sur de la China y renunciar a sus objetivos de predominio tecnológico.
A continuación, anunciaron el envío de aviones F-16 a Ucrania: estas aeronaves tienen un relativamente corto alcance, en torno a los 800 km, pero pueden transportar misiles de mediano alcance, entre 500 y 2.000 km, que podrían alcanzar blancos profundos en el territorio ruso. Además, dejaron trascender que cientos de pilotos y técnicos ucranianos ya están siendo entrenados por "asesores" de la OTAN. Si finalmente hubiera una contraofensiva ucraniana, implicará una escalada en la guerra con el empleo de armas de última generación.
Finalmente, el fin de semana pasado, en Papúa Nueva Guinea (archipiélago al norte de Australia), se realizó la Cumbre del Indo-Pacífico, con el primer ministro de la India, Narendra Modi; 18 mandatarios del Foro de las Islas del Pacífico, y EEUU. Papúa Nueva Guinea y EEUU firmaron un "tratado de seguridad" y un "acuerdo sobre operaciones contra actividades marítimas transnacionales ilícitas". Washington abre así una nueva base en el Pacífico, otra plataforma (entre decenas) para un eventual ataque a China.

Las informaciones disponibles mencionaban que ambas naciones tendrán un "acceso sin trabas a sitios militares y civiles estratégicos, como puertos y aeropuertos", que "la Guardia Costera de EEUU estará facultada para operar el programa "Shiprider" en aguas de Papúa Nueva Guinea" (los oficiales estadounidenses podrán operar allí "para hacer cumplir las leyes del país"), aparentemente con el único fin de "controlar la pesca ilegal".
El primer ministro papuano James Marape, ante una serie de protestas de estudiantes de su país que rechazaban la presencia militar estadounidense, dijo a la prensa que el acuerdo "incluye una cláusula que establece que Papúa Nueva Guinea no será utilizada para lanzar operaciones militares ofensivas". Será todo defensa, según el primer ministro. Aunque la base militar de la isla de Manus ha recibido inversiones militares multimillonarias de EEUU y Australia, y el ministro de Defensa de Australia, Richard Marles, se felicitó públicamente de que su país disponía allí de "un activo estratégico" para contrarrestar a China.
Recordemos que durante la II Guerra Mundial las islas del Pacífico fueron escenario de batallas decisivas entre japoneses y estadounidenses. De allí, los acuerdos militares de EEUU con Filipinas, Taiwán, Papúa, el "Cuadrilátero", "Aukus", entre otros. Esta vez, el enemigo es China.

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13 de agosto de 2023, PASO










