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Cicatrices de oro

Según el Ministerio de Salud de Argentina, en el país una de cada tres personas presenta un problema de salud mental a partir de los 20 años. Las problemáticas más frecuentes son los trastornos de ansiedad, del estado de ánimo y los problemas por consumo de sustancias.

Sentada, al borde del abismo, el silencio es ruidoso, pero hay paz. No conozco el Gran Cañon, la imponente cadena montañosa de Los Andes la vi de lejos, y a los Pirineos desde abajo. Lo más alto que subí a pie fueron mis viajes familiares a la montaña en Jujuy. Pero, este abismo, donde muchos se sentaron y se sientan a diario, es diferente. Para cada uno, es un paisaje o una geografía diferente.

Podría poner aquí muchas estadísticas, palabras que luego algún algoritmo y/o manual de ética -que funciona como las ruletas de premios de programas televisivo- censure, pero resulta que no hay estadísticas actualizadas en nuestro país sobre el consumo de medicación o mayor precisión sobre salud mental que no esté relacionado al consumo de estupefacientes sin pensar que quizás esto sea un síntoma y no la causa; además espero que mi narrativa logre contarles de qué estoy hablando para evitar la ruleta (no me gustan los juegos de azar). 

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Últimamente, se habla mucho del Kintsugi: una técnica japonesa para reparar la cerámica que se rompe, con un barniz mezclado con oro. Una vez terminado, se obtiene un objeto completamente diferente al anterior, cuyas "heridas" forman parte fundamental de su "nueva" belleza.

Muchos profesionales de la salud mental, y gurús alternativos denominados coach (sin meter a todos en la misma bolsa) hablan de este término para explicar cuál es "la luz al final del túnel", en todas las enfermedades, condiciones, trastornos, y otras cuestiones relacionadas a la salud mental. Como si fuera posible, desmembrarnos entre mente y cuerpo; mente, cuerpo y alma. Es un efecto dominó. 

¿Se pueden pegar con oro todas las piezas rotas?. ¿Es más bella o es una belleza diferente?. ¿Hay belleza en el dolor?. Si, quizás el arte en todas sus variantes pueda expresarlo. Las cicatrices de oro, no solo existen en la porcelana, también en canciones, también en libros, también en goles, en pensamientos, en decisiones, y –a veces- uno que otro factura. Que la herida cicatrice en la cerámica depende de quién la repare y de un proceso que lleva tiempo, según la característica de cada pieza. 

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Los diccionarios modernos: tik-tok, YouTube e Instagram lleno de términos académicos y científicos interpretados al azar para decir estoy triste, no tengo ganas de salir, no tengo confianza,  necesito aprobación, se usan para explicar lo que con el tiempo puede convertirse en ese abismo, que no es un valle de sombras. Y no se soluciona con un video de 15 segundos, ni culpando a los astros, tu ex, tus padres o el Gobierno. Sin embargo, sigue existiendo el factor: "el otro"

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Ese abismo, es un camino insondable como el que recorrió la "comunidad del anillo", San Martín y los Granaderos, como Moisés y el pueblo de Israel, como los exiliados que hoy conocemos con un término nuevo: migrantes (voluntarios e involuntarios), donde para ninguno fue igual llegar al destino, y cada uno lo atraviesa con las herramientas que tiene, aunque no siempre acompañados, como en los casos mencionados.

La autoestima (que no es señal de salud) no alcanza, tampoco –no siempre- lo soluciona una píldora mágica. El amor no todo lo cura, y  el viaje es único para cada uno, porque al fin y al cabo, es encontrarnos con nosotros mismos y, también reencontrarnos con los demás.

La neurociencia ha descubierto que el dolor físico y el social (emocional), activan casi las mismas áreas en el cerebro. Por eso, ya no se habla de "es psicológico" o físico. El término que se utiliza, actualmente es psicogénico. "Es que cuando se utiliza el término psicológico parece que es algo imaginario. Algo psicosocial, me puede generar algo que se vuelva físico", dice el psicólogo español, Arun Mansukhani.

El estudio de más de 80  años

Vivir es un viaje a un destino seguro: la muerte. Entre nacer y morir: el viaje. Los seres humanos  –mayormente- se han pasado la vida tratando de entender todos los ingredientes: el equipaje que vamos armando para el tránsito. Casi siempre hablamos de felicidad; actualmente los profesionales de la salud mental concuerdan que es mejor decir bienestar, como una especie de gris, equilibrio. 

Desde hace más de 80 años, se lleva adelante un estudio en la Universidad de Harvard, que por supuesto ha pasado por muchos cambios, y muchas variables, pero la misma pregunta ¿qué nos hace saludables?

"El hallazgo más sorprendente es que nuestras relaciones y lo felices que somos en ellas influyen poderosamente en nuestra salud", afirmaba en una entrevista a la Harvard Gazette Robert Waldinger, director del estudio actual. 

¿Necesitamos de los demás para vivir?. Sí y no, el gris. Somos seres sociales, pero usando como analogía esto de las instrucciones de los auxiliares de vuelo sobre "primero pónganse la mascarilla usted, antes de ayudar a alguien más", es lógico pensar que tener una relación sana con nosotros mismos es necesario para poder establecer esas relaciones sanas con los demás. Pero, también es lógico que eso no ocurre en etapas, a veces todo sucede al mismo tiempo, como cuando se cae el avión. 

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Alguien estaba sentado junto a mí en ese abismo, no lo había visto. Lo había sentido: el otro. A diferencia de él que había decidido entrar a la cueva, para mí era necesario bajar y desandar el abismo. Elecciones diferentes, como tan únicas somos las personas, más allá de la ciencia, la cultura, la literatura, la crianza, las experiencias de la vida (sea corta o larga) entre otras cosas. Aunque algunos términos como autoestima, trastornos, apegos nos pongan a todos en la misma estantería, somos diferentes piezas, con diferentes heridas, diferentes cicatrices. 

Paremos aquí, y esto es muy importante. Como la letra chica del contrato o los efectos secundarios de los medicamentos: por favor, por favor recurran a profesionales médicos y de la salud mental (busquen hasta encontrar no el que les diga lo que les gusta o les recete una pastilla para no soñar). Busquen especialistas, cuando sientan que ya solos no pueden. Empiecen por su círculo íntimo, no dejen de expresarlo. No somos de cristal, fierro, titanio, ni nada parecido: somos mente, cuerpo y alma. 

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Él es más estoico y yo más socrática. Yo necesitaba recorrer el abismo para encontrarme, desandar el camino, pelear con los "demonios", salir a buscarlos preguntarles qué querían. Él decidió esperarlos allí, en su cueva quizás porque ya sabe lo que quieren, para cuidarse. Buscamos el oro para convertir las heridas en cicatrices. Quiero pensar que es lo que llamamos aprendizaje, porque si solo queda en experiencia no hay cicatriz.

Un día decidí acercarme al ingreso de su cueva. No me dejó entrar, pero si pudimos conversar, y así como al pasar me recordó –entre líneas- que las cuevas no tienen puertas. 

Desde entonces dejé de recomendarle terapia psicológica a todo el mundo, pero si contarles que esa fue -y es- mi manera de buscar el oro. Entendí que –aunque cada uno lo hace a su manera- puedo bajar mi lanza y simplemente seguir transitando el camino donde, probablemente, me encuentre con otros viajeros a compartir experiencias, no a vivir su viaje. Quizás, cada uno de ellos pueda dejarme ese oro para ir sellando la herida, para ir embelleciendo aún más esa pieza. 

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