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Sergio Schneider

Columnista

Me quiere, no me quiere

El último segmento de la campaña deterioró el clima del ecosistema político. Cuando se disipe la tensión electoral, gobierno y oposición no deberían rehuir a la necesidad de acuerdos básicos para hacer frente a una crisis altamente inflamable. 

Las campañas electorales suelen seguir una secuencia similar cada año de comicios. Arrancan despertando un cierto interés por ver cuáles son las estrategias, los discursos y los recursos de posicionamiento de candidatos y agrupaciones, y en el transcurso de la marcha comienzan a derrapar, convertidas en un torneo de descalificaciones que a veces exaspera y a veces simplemente aburre. 

En aquellos almanaques de relativa bonanza, la aparición en el escenario de semejante flolclore no molesta mucho. Pero cuando el contexto es –como ahora- una crisis de potencialidad explosiva, el efecto más común es el desaliento. Porque, por ejemplo, en el caso concreto del Chaco: ¿Qué posibilidades hay -luego de esta campaña que hemos visto- de que la dirigencia inicie luego de las elecciones un diálogo serio rumbo a un entendimiento básico acerca de cómo rescatar de la pobreza a la mitad de la población, cómo lograr que las escuelas vuelvan a ser una herramienta de promoción social y no de frustración colectiva, cómo concretar el milagro de que la economía privada local sea fuerte y genere más empleo que el que todo el tiempo fabrica y reproduce el sector público?

La guerra santa

En nuestra provincia nadie podría negar que el protagonista central del momento político es Jorge Capitanich. Esta noche será el principal ganador o el principal perdedor de la jornada. Él mismo se asignó en la campaña del Frente de Todos una centralidad muy previsible, bastante entendible y totalmente  riesgosa. Es su estilo personal. Fue en soledad que logró llegar a la gobernación en 2007, luego de dos derrotas estrepitosas frente al radicalismo de los años de oro de Angel Rozas, y fue marcadamente personalista –para su bien y para su mal- la manera en que sostuvo ese poder desde entonces. 

Este tercer mandato fue muy distinto de lo que seguramente esperaba. En diciembre de 2019 el tablero parecía acomodarse a su favor, como doce años antes, cuando su arribo a la Casa de Gobierno coincidió con una etapa nacional de Casa Rosada peronista, ingresos extraordinarios, crecimiento económico y altos niveles de satisfacción social. Esta vez concluía la gestión de Mauricio Macri y al poder regresaba el kirchnerismo. Había pronóstico de volver a una realidad al menos similar a la de los buenos viejos tiempos. En vez de eso, la pandemia y una administración federal chocada una y otra vez por sus conductores, Alberto y Cristina. Derrumbe económico, incremento de la pobreza, aislamiento internacional. Y aquí un plus de aumento de la conflictividad social visible en las calles.

Las periódicas promesas de recuperación no se sentían en el día a día de la gente común. Como consuelo, la conclusión de las restricciones más fuertes de la pandemia mejoró algo el ánimo general y los indicadores, aunque son pocos los que se mantienen en valores positivos cuando la comparación no es contra períodos del mortuorio 2020 o con respecto a 2019, el año de la debacle final del macrismo.

Llegaron las PASO, con la ruidosa derrota del Frente de Todos a nivel nacional, en los comicios locales de los distritos más importantes y también en el Chaco, que hasta allí era considerada una jurisdicción vacunada contra una victoria opositora. 

Tras el impacto del revés, Capitanich difundió una carta pública dirigida a la población, con un fuerte sentido autocrítico, respeto por la voluntad expresada en las urnas y compromiso de revisión de las políticas que pudieron haber alimentado la desaprobación ciudadana. Parecía un intento sincero de decodificar el mensaje de los electores y de utilizarlo para mejorar el vínculo entre gobierno y gobernados. 

Sin embargo, el transcurso de la campaña fue dejando atrás ese tono, y en el tramo final apareció un tipo de mensajes muy diferente, cuyo punto más alto fue el discurso de Villa Angela, con la conocida alusión a la parábola cristiana de la oveja perdida y el llamado enfervorizado a la militancia para "convertir" a quienes "pecaron" en septiembre votando a los candidatos opositores.

Mezclar religión y política siempre será algo que difícilmente deje resultados felices. Es, explícita o subliminalmente, atribuir a una fracción partidaria características celestiales y asociar a las demás con lo intrínsecamente maligno. Si algo no necesita el Chaco, colmado de dramas profundos, es sumar ahora una visión fundamentalista de las interacciones políticas. No fue saludable cuando a la provincia la gobernaba la UCR y sus militantes mostraban los carteles del "Gracias Dios" por el liderazgo providencial de Rozas, que convertía así al peronismo en una entidad cuasidiabólica, y tampoco lo es ahora en que los roles pretenden ser invertidos.

Aquí no hay una película de buenos y malos. Al menos no una película de buenos. El justicialismo y la Unión Cívica Radical gobernaron el Chaco en 34 de los 38 años de democracia que transcurrieron desde 1983, y ambos son responsables del territorio subdesarrollado –en términos económicos, sociales y  políticos- que pisamos.

Las corresponsabilidades se prolongan en el presente, porque los pasos en falso del oficialismo encastran de manera perfecta –en el rompecabezas cotidiano del fracaso general- con los modos clásicos de posicionamiento de la oposición, que -salvo excepciones- declama "actitud constructiva" pero no muestra un compromiso verdadero de diálogo, es incapaz de hacer su propia autocrítica sobre su paso por el poder y jamás está dispuesta a reconocer los logros gubernamentales cuando éstos suceden.

Salpicaduras

Para colmo, el viernes sucedió el episodio de los volantes y afiches truchos de Juntos por el Cambio, cuya abundancia sugiere que alguien tomó la decisión de destinar una buena cantidad de pesos a diseñarlos, imprimirlos y distribuirlos en cientos de puntos del espacio público para perjudicar a la oposición en plena veda. Un golpe bajo muy pensado, porque estas cosas no se montan en menos de una semana y porque se aplicó a 48 horas de los comicios, cuando las posibilidades de reacción de los afectados es limitada, tanto por cuestiones de tiempo como de logística.

Aunque el hecho es lamentable en sí mismo, lo peor es lo desesperanzador que es advertir que en la política local sobreviven figuras importantes (quien haya autorizado la operación y quienes hayan canalizado la orden de ejecutarla y financiarla seguramente lo son) capaces de creer que una estrategia electoral en pleno siglo XXI puede incluir semejante berretada. ¿Qué de positivo se puede construir con actores de esa categoría? ¿Cómo puede uno imaginárselos destinando la misma energía a atender los problemas que viven los hombres y mujeres del montón?

Con todo, ninguna elección se merece quedar desprovista de ilusiones. Tener la posibilidad de acudir a emitir el voto es el acto fundamental que sostiene a una democracia como albergue de la convivencia social. No es el único, como a veces nos quieren hacer creer, ni logra mantenerse inalcanzable a las salpicaduras del clientelismo y la extorsión con modales, pero conserva una gran porción del poder con el que fue pensado el sistema.

Y aún detrás de la bronca de quien sufraga no a favor de alguien sino en contra de su némesis, hay unas hebras de esperanza. La idea empecinada de que el futuro será mejor y que los padres podrán dejarles a sus hijos una vida más amable. 

El deber de quienes ganen y de quienes pierdan hoy es no defraudar ese sueño. Dejar de manejar con infantilismo y malicia sus escasas diferencias, y ponerse de una bendita vez los pantalones largos de las responsabilidades que importan.