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Sergio Schneider

Columnista

Un delicado equilibrio

El gobernador se quebró al hablar con vecinos en Charata y el video circuló por toda la provincia. ¿Qué pudo haber pasado para que dejara salir su yo personal? La campaña marcha con oficialismo y oposición jugando las cartas que creen más útiles de acuerdo a las circunstancias tan distintas que viven unos y otros.

Es probable que el episodio protagonizado por Jorge Capitanich en Charata, donde hablando con algunos vecinos se quebró y estuvo a punto de llorar -mientras decía que “los gobernantes necesitamos también el afecto de la gente y el reconocimiento de las cosas que se hacen”-, haya sido su participación más eficaz en la campaña electoral rumbo al 14 de noviembre. No porque fuese una manifestación calculada o impostada -ya que quienes lo conocen saben que su sismo emocional fue auténtico-, ni porque todo lo demás (inauguraciones, recorridas maratónicas) no tenga utilidad, sino porque fue una de las pocas veces –si no la única- en que le permitió a su yo personal escaparse unos segundos del envase del jefe político inmutable a las críticas, a los éxitos y a las adversidades. Y de nuevo, un teléfono celular encendido a dos metros de distancia lo registró y el video rebotó por toda la provincia. Como en el áspero cruce con un docente de Los Frentones, una semana antes, pero esta vez a favor.

El enojo habitual para referirse a la oposición, las exposiciones llenas de cifras sobre su administración, quedaron tapados por el nudo en la garganta de un hombre conmovido. Capitanich, seguramente, estuvo al borde de las lágrimas no sólo por lo que dijo –la frustración que le genera no haber sido reconocido como él esperaba, la actitud maliciosa que le atribuye a sus adversarios-. Es posible que su momento sensible haya sido, en buena medida, resultado de las tensiones de alguien que siente, por primera vez desde 2007, que su futuro político ya no depende de él. 

Resultado abierto

Ray “Sugar” Leonard fue una de las grandes figuras del boxeo en los ’80. Veloz, tenaz, inteligente. Tanto que pudo salir airoso de batallas memorables con gigantes de su tiempo: entre otros, Roberto “Mano de Piedra” Durán, Tommy Hearns, Marvin Hagler. Se retiró entero y convertido en un rockstar del ring. Pero cayó en la tentación de volver. Cuando lo hizo, se lo veía en forma pero ya no era el mismo. Ni tan rápido ni tan demoledor. Enfrentó a un púgil sin brillo pero mucho más joven, que logró lo que quizá nunca hubiera imaginado: derribar al gran Leonard. El excampeón múltiple se levantó antes de la cuenta de diez, aguantó el vendaval, puso todo el oficio en enfriar las cosas, hasta que logró recuperarse y ganar la pelea. Casi de inmediato anunció su retiro definitivo. Dijo que nunca había vivido la angustia de caer sobre la lona y que no quería repetir la experiencia. Había sentido algo desconocido para él: que era vulnerable.

Ganar una vez y otra, y otra, y otra más, tiene esos riesgos. Capitanich, su gobierno y su partido no vieron venir la mano que los impactó en septiembre y los lanzó contra las cuerdas. Es un efecto no deseado pero inevitable de los liderazgos que se extienden mucho en el tiempo. Se conforman entornos que se hacen oír mucho más que la sociedad y en los que nadie se atreve a marcar errores o inconsistencias. Pasó siempre y seguirá ocurriendo.

Como sea, el peronismo juntó los pedazos y decidió buscar la remontada por todos los medios, tanto a nivel nacional como en el provincial. Los generales del FdT admiten en las conversaciones sin extraños a la vista que dar vuelta el resultado de septiembre es casi imposible, pero tienen claro que achicar  sustancialmente en noviembre la brecha del mes pasado ayudará a restarle densidad al clima fúnebre que se instaló en el oficialismo cuatro domingos atrás. Y eso es mucho decir cuando el trasfondo de la lucha del 14N es la gran batalla de 2023 por la gobernación. 

Cada cual con su juego

¿Dijimos gobernación? Hay allí todo un mundo aparte de especulaciones, proyectos, teorías y  posibilidades. Los escenarios posibles que se abren según los resultados de noviembre son muy diversos. Si Capitanich lograra la hazaña de revertir las cosas, recuperará el control sobre el porvenir, tanto como eso sea realizable. Al menos tendrá grandes posibilidades de elegir qué hacer en 2023: buscar el cuarto mandato, optar por una banca en el Congreso o ir hacia un destino nacional (algo que ya no depende totalmente de él pero que se mantendría como opción). Si solo consiguiera morigerar la caída, tendrá que maniobrar mucho para mantener acotada la interna por una eventual sucesión. Y si los números no variasen demasiado con respecto a septiembre, se encontraría con una tormenta perfecta: debilitamiento político, internismo potenciado y un contexto económico y social complicado para lo que le resta de mandato (a menos que el gobierno nacional logre enderezar el rumbo y un crecimiento sostenido y relevante induzca en la población la sensación de que la situación mejora estructuralmente).

Mientras tanto, el aparato justicialista se despliega desprolijo pero impetuoso. Los intendentes, algunos sin demasiado entusiasmo pero interesados en las promesas de más recursos y obras para mejorar sus posicionamientos en las localidades, acataron el reclamo del gobernador de ponerse las botas de verdad para las generales. En el acto-festival realizado el viernes en el Parque del Encuentro, en Sáenz Peña, se vio claramente el aporte de gente realizado desde los municipios del palo. Es, de todos modos, lo de menos. El trabajo más importante que están realizando es el de identificar qué votos se pueden sumar o cambiar de aquí a las elecciones. Que quede claro: no es distinto de lo que hacía la UCR cuando gobernaba la provincia. Las agrupaciones políticas se parecen mucho cuando están en el poder. 

Dos distritos clave

El gran problema para el oficialismo es que la pérdida principal de votos, con respecto a 2019, se dio en Resistencia y en Sáenz Peña, dos distritos que por la dimensión de sus padrones son muy difíciles de trabajar con el “cara a cara” de los municipios pequeños. Entonces, en esas jurisdicciones todo depende de un cambio de ánimo colectivo que se presenta como extremadamente difícil de generar.

Por otro lado, en Sáenz Peña la gestión comunal está en manos del radicalismo, y en Resistencia el intendente es Gustavo Martínez, que está desarrollado una gestión muy pobre en realizaciones y con movimientos que irritan mucho en la misma franja de vecinos que el PJ debería seducir. Ocurrió con el impuestazo que aplicó la actual administración tan pronto asumió y ahora sucede con el sorprendente proyecto de invertir 313 millones de pesos en una nueva peatonal y en arreglos de la plaza central. Dos acciones que generarían las polémicas urbanas de siempre si se encarasen en tiempos mejores, pero que ahora, con una crisis durísima, con Resistencia convertida en la capital más pobre del país y con barrios que desde hace años no ven caer siquiera una cucharada de ripio sobre sus calles de tierra, suena a desconexión total con la realidad.

Pese a eso, en el coquismo aseguran que Gustavo “se puso las pilas” y echó a andar su propia maquinaria electoral. Hay motivos para creerlo y para no. Por un lado, a Martínez una nueva derrota fuerte en la ciudad le estrecharía mucho el camino hacia el 2023, sea que allí quiera buscar la gobernación o su reelección como intendente. Pero por otro, está claro que un Capitanich lesionado por el resultado venidero no es algo que lo entristezca cuando piensa en las posibilidades propias de aquí a dos años. No obstante, da la impresión de que en el gobierno provincial decidieron cuidarlo. Quizá por eso el periodismo militante becado en algunos medios del Estado salió a cuestionar las publicaciones de NORTE sobre los sorprendentes proyectos de la municipalidad. 

Por el lado de Juntos por el Cambio es evidente que por ahora sus referentes eligieron el camino más recomendado por los manuales: no modificar demasiado lo hecho hasta aquí, no hacer nada que arruine el apoyo obtenido (por méritos propios o por el deseo de parte del electorado de sancionar al oficialismo) en el primer capítulo. Pero eso también conlleva el riesgo de no crecer o de facilitar la recuperación del PJ y sus aliados. Y para la UCR y sus socios desaprovechar lo que parece un partido ganado puede ser un bumerán político y anímico. 

Lo que nadie puede saber es qué decidirán los ciudadanos en el segundo domingo de noviembre. ¿Volverán a confiar en el gobierno nacional, luego de tantos anuncios? ¿Se disipará el enojo que reflejaron las urnas? ¿La aparición de un Capitanich capaz de emocionarse y pedir afecto generará una nueva mirada de la sociedad en una relación sobrecargada de años? ¿Qué hay detrás de los números de septiembre? ¿Un grito furtivo de desahogo o un hartazgo profundo? 

Como son preguntas sin respuestas ciertas y los tiempos se agotan, en el planeta de la política los unos y los otros conviven con el más delicado de los equilibrios. No tienen una alternativa mejor que apretar los dientes y hacer lo que saben hacer.   

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