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Sergio Schneider

Director periodístico.

Algo distinto

A comienzos de los ‘90, un Jorge Capitanich todavía veinteañero había sido incorporado al equipo técnico que desde el Ministerio del Interior monitoreaba las gobernaciones como parte del relevamiento constante que la Nación hacía de las provincias. Carlos Menem era el presidente y Domingo Cavallo su ministro estrella. 

El Plan de Convertibilidad estaba en su momento de gloria. El regreso del crédito y la reducción drástica de los índices inflacionarios –todo lo cual se había ido al diablo durante la híper de Raúl Alfonsín y con la de Erman González- llevaban la popularidad presidencial a niveles aeroespaciales.

En Buenos Aires, el joven Capitanich era un buen punto de contacto para obtener información sobre las cuentas fiscales del Chaco y la mirada nacional sobre la provincia.

“¿A quién de la provincia creés que se le puede presentar un plan consistente? ¿A Rozas, cómo lo ves? ¿O es un chanta?”, me preguntó en 1993. Yo llevaba un par de años en NORTE y había sido enviado a la Capital Federal para cubrir una de las tantas negociaciones que encaraba el gobierno de Rolando Tauguinas para conseguir oxígeno financiero. Tiempos sin Internet, sin celulares, sin Whatsapp.

Acción Chaqueña había votado en 1992 la continuidad en el Senado del radical Luis León (en aquel entonces los senadores se elegían en las Legislaturas, no por voto directo), desairando la expectativa peronista de que el Chaco le diera a Menem mayoría especial propia en la Cámara Alta. 

A partir de allí, la Casa Rosada cerró todas las canillas. Recién, tiempo después, Cavallo se apiadó (le había ganado un inesperado afecto por Tauguinas) y abrió una compensación de deudas que le aportó a la provincia más de 300 millones de pesos convertibles en bonos, toda una fortuna en aquellos años.

Aquella consulta de Capitanich se vuelve llamativa vista desde el hoy. Por un lado, habla de alguien que con 28 años ya pensaba en una receta para una provincia asociada con el atraso. Muy probablemente, “Coqui” no se imaginaba a futuro con chances de gobernar y aplicar su plan. A la vez, preguntaba por Ángel Rozas, por quien en el ’93 nadie hubiese apostado como posible gobernador. 

La aparición de Acción Chaqueña había relegado a la UCR al tercer lugar en las elecciones del ’91, y el radicalismo jamás había ganado la gobernación en comicios libres (sí en el ’58, con el peronismo proscripto). 

¿Capitanich tenía su propio De Lorean para viajar por el futuro? Porque, como en un guion cinematográfico, los dos personajes de aquel diálogo se acabarían transformando en determinantes de –hasta aquí- un cuarto de siglo de historia provincial. Y el reloj todavía corre.


LOS CAMINOS DE LA VIDA

Rozas llegó al poder en 1995. La única que pronosticaba su victoria era Elisa Carrió. “Lilita” analizaba desde comienzos de ese año lo que efectivamente sucedería: la reforma constitucional provincial de 1994 había implementado el sistema de balotaje, y Carrió descontaba que el peronismo (que llevaba como candidato a Florencio Tenev, ya gobernador entre 1983 y 1987) no alcanzaría los votos suficientes como para imponerse en primera vuelta.

Y en la segunda –profetizaba- los votos de Acción Chaqueña irían al candidato radical. El nuevo gobernador asumió decidido a controlar todo, dentro y fuera del gobierno, dentro y fuera del partido, y con ese rumbo marchó ocho años seguidos.

En la mitad del recorrido, en 1999, vapuleó al muchacho del justicialismo, que seis años antes había pensado en acercarle un plan de gobierno. La derrota de Capitanich, por estruendosa, parecía debut y despedida. Pero no podía sorprender. El candidato era poco conocido, Rozas estaba en la cresta de su ola y el PJ ya estaba acostumbrado a perder.

Lo que vino después ya se recuerda mejor. En 2003, Capitanich volvió a la carga, pero de nuevo cayó con amplitud, esta vez ante Roy Nikisch, el radical que sucedió a Rozas cuando este llegó al límite constitucional de los dos mandatos consecutivos.

En 2007, llegó el cambio de timón en el rumbo político de la provincia. Rozas se nominó para su tercer mandato, que parecía el destino escrito. Prácticamente nadie se imaginaba otro resultado. Capitanich volvió a postularse, esta vez casi obligado por la estructura peronista, que no encontraba otra figura dispuesta a ser amasijada por el aparato radical.

Y, sin embargo, una sociedad cansada de la sobreactuación, los casos de corrupción, el discurso mesiánico y los avances sobre la Justicia, esta vez, votó diferente. Al menos lo justo y necesario para que Capitanich pudiera decir que la tercera era la vencida. 


OTRA ETAPA

Con una actitud más abierta, al menos en los primeros gestos como gobernante, Capitanich dio señales de aspirar a un tipo de liderazgo más democrático. A diferencia de Rozas en sus años de oro, el nuevo gobernador nunca logró controlar por completo la vida interna de su partido, y debió negociar espacios con referentes con los que hay menos química que en la carrera para escribano. Gustavo Martínez es ejemplo y emblema.

Las diferencias no se agotan ahí. Rozas era amigo de las decisiones fulminantes, y no toleraba que lo contradijeran. A Capitanich, en cambio, le cuesta horrores sancionar. Toleró  ocho años las insurrecciones de su vice, Juan Bacileff Ivanoff, y muchas veces  optó por trasladar a sus funcionarios fallidos a lugares más cómodos y mejor remunerados, pero sin tanta exposición pública, en lugar de simplemente echarlos. 

En su mejor tiempo, Rozas se tomaba muy en serio la confección de las listas de candidatos. Los compromisos de la militancia y la vida partidaria le importaban, pero no tenía empacho en darle los lugares más destacados a quienes creía que mejor impresión iban a causar en el elector. Los muchachos del partido rumiaban por lo bajo, pero así eran las cosas. Mandaba “el grandote”.

Capitanich, en eso, es más clásico. Su fórmula combina poder territorial, reparto interno y algo –no mucho- de la imagen de sus figuras ante el electorado, sobre todo el electorado independiente. 

La lista presentada ayer carece rotundamente de brillo. Parece reflejar más las 

necesidades de equilibrio del ajedrez interno, que las expectativas de una sociedad que demanda cambios cada vez más urgentes y más profundos. Y lo mismo cabe decir, salvo excepciones, de la propuesta radical en la lista cuyo árbitro fue Rozas. 

Si el Chaco espera –porque los requiere- cambios monumentales, pensar que vendrán gracias a la nueva Legislatura demanda contar con la misma imaginación que Lewis Carroll.


UNA OPORTUNIDAD MÁS

Como sea, Capitanich y Rozas siguen siendo las figuras que mueven los hilos principales de la política en nuestra provincia. Los que venden los tickets de la calesita. Lo son desde 1995. A veces en soledad, a veces al mismo tiempo y cada uno por su camino. Han batido marcas electorales sin precedentes en el Chaco. El radical estuvo a punto de llegar a su tercera gobernación, el justicialista la está cursando. Envejecieron gobernando, envejecimos siendo gobernados por ellos.

La pregunta es: ¿podrán dejar para el Chaco algo más que cemento y palabras? ¿No les tienta pasar a la historia como las figuras que sentaron las bases para un entendimiento político y social de fondo, sin sanata ni dibujitos animados, que nos rescate de la declinación constante?

Hace poco, un sobreviviente de la tragedia aérea de los rugbiers en Los Andes contaba una anécdota entre dramática y risueña de aquellos días en que la muerte se les aproximaba hora a hora. Relataba que llegó un momento en que, viendo la realidad que lo rodeaba (un avión destrozado, una cordillera infinita que los escondía de quienes los buscaban, la muerte de los compañeros, el hambre implacable), pensó: “Esto ya no puede ser peor”. Horas después, un alud casi los asfixia.

No es verdad que no podemos estar peor. Nos lo venimos demostrando desde hace décadas. Pero lo peor de lo peor es que hay un punto en el que ya no hay retorno posible.

Pasarán las elecciones, pasarán los gritos y los afiches. ¿Veremos algo distinto antes o después? Hay una oportunidad por delante. No se crean que hay tiempo para muchas más.

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Sergio Schneider Política
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