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Espiritualidad y alfileres

El clima de ruptura que transmite el escenario político nacional deriva, en gran medida, del hecho de que la mayoría del electorado argentino votó el año pasado a Javier Milei como presidente, pero, al mismo tiempo, también como vengador. Fue el candidato que supo mostrarse como el canal más eficaz para darle a la dirigencia política tradicional un escarmiento ejemplarizador. 

Calculada o casual, su estrategia dio plenamente en el blanco. Su virginidad política, la carencia de una estructura partidaria propia, la ausencia de un entorno de figuras con trayectorias de peso, el vacío en el casillero de la experiencia de gestión no fueron motivo de desaliento para quienes decidieron votarlo, sino -por el contrario- incentivos adicionales para empujarlo hacia la Casa Rosada. Lo eligieron como quien elige al interventor de un organismo desquiciado.

Milei siempre fue plenamente consciente de todo eso, y viene actuando en consecuencia. Su primer discurso como presidente fue dándole la espalda al Congreso y su actual batalla furiosa contra gobernadores y legisladores es parte de lo mismo. El precio es un progresivo aislamiento y el avivamiento de los deseos opositores de verlo hincar las rodillas en la lona del ring cuanto antes. Pero Milei pisa el acelerador y redobla todas las apuestas, posiblemente porque cree que a sus chances de afianzamiento les sirve más la consolidación de su estilo combativo contra "la casta" (un concepto cada vez más gelatinoso), que allanarse a una negociación con los bloques parlamentarios y sus referentes.


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A TODO O NADA

Si el plan es ese, no hace falta decir que está colmado de riesgos, porque significa poner todas las fichas al apoyo de la opinión pública y a casi nada más. Las probabilidades de éxito están en que lo poco que lleva de gestión hace que todavía su crédito político sea alto (según la consultora Poliarquía, Milei conserva la aprobación de ese 56% que lo votó en el balotaje de noviembre), pero el endurecimiento de la crisis lo irá consumiendo (la misma encuestadora registró una caída de la imagen positiva, que en diciembre estaba por encima de 60%), al menos hasta que sus medidas económicas muestren resultados que la sociedad considere beneficiosos y tangibles.

El gobierno, en ese aspecto, espera un descenso sostenido de los índices de inflación. Es casi lo único que podría exhibir en los meses siguientes, pero si sucediera no sería poco. Sin embargo, está a la vista que ocurriría a costa de una recesión, que está congelando amplias superficies de la actividad económica, y de una acentuación del proceso de empobrecimiento que los argentinos padecen -con algunas pausas y breves oasis- desde hace medio siglo. Entonces, hay una duda adicional: ¿una disminución de la variación de precios hacia niveles racionales llegará en un momento en que la población todavía sabrá valorar el logro o ya se habrán puesto por delante otros dramas, como el derrumbe de los ingresos familiares y un previsible incremento del desempleo?

LA GRAN DUDA

La tolerancia social para el ajuste es el gran interrogante. Más aún cuando el propio presidente acaba de decir que todavía falta lo peor y que ese pico se desparramará entre marzo y abril, es decir tras un febrero que parece no terminar nunca. Es la duda de la clase dirigencial, del empresariado, de los organismos internacionales y del propio Milei.

Como para darle una mano al jefe de Estado, reapareció Cristina Kirchner a fin de desplegar por escrito una densa cátedra de su siempre asombroso terraplanismo económico, que traducido a escala micro se resume en sostener que una familia podría pasarse la vida sin acomodar sus gastos a sus ingresos disponibles, y que una brecha negativa permanente entre ambos se puede resolver con el uso descontrolado de la tarjeta de crédito, fórmula cuya inocuidad CFK da por garantizada y a la que le atribuye una sustentabilidad eterna. Producir, generar riqueza, son pasatiempos innecesarios que los países ejercitan únicamente para cumplir con ciertas tradiciones. Lo que realmente sostiene a las naciones es emitir moneda o incurrir en otras formas de endeudamiento. Cuando Cristina sube a escena, uno entiende mejor por qué ganó Milei.

Pero así como la expresidente subestima la capacidad de análisis de esa holgada mayoría que votó con la clara intención de expulsar al kirchnerismo del poder, Milei da toda la impresión de hacerlo con los padecimientos que provoca su cirugía mayor sin anestesia. No solo por la magnitud y la velocidad con que impone los sacrificios a una sociedad que ya venía de una larga sesión de castigos cuotificados, sino por los mensajes y gestos que lo muestran distante de la realidad que se vive abajo. Y, como para adornar esa tendencia, tras una gira que se suponía que lo dejó realimentado de espiritualidad (la visita a Israel, el encuentro con el Papa), regresa al país y se embarca en una pelea de redes con una cantante pop. 

¿SIN QUERER?

¿Es torpeza o es estrategia? La pregunta vale, porque si algo demostró Milei es que desde el lanzamiento de su candidatura presidencial prácticamente todo lo que hizo estuvo a contrapelo de lo que cualquiera le hubiera recomendado como líneas de campaña. Demostró que fue el único que supo por dónde debía ir, y que eligió un camino que ningún mapa le marcaba como el correcto. ¿Continúa teniendo ese don o está cometiendo el error de mantenerse con una configuración de candidato en vez de asumir la de sus nuevas responsabilidades? Lo dirá el tiempo, porque la dificultad de fondo para cualquier análisis es que la complejidad disruptiva de Milei es la del propio país. El error nuestro es, quizá, evaluar todo esto con varas que quedaron desactualizadas.

La Argentina que conocimos los más viejos no es esta Argentina. Desde ya que tampoco lo es el mundo, pero a las transformaciones globales nuestro país las combinó con cambios propios, muchos de ellos nacidos de la precariedad de una clase media que fue desprendiéndose de bienes y valores que le eran propios. Un giro en el que tiene mucho que ver la nueva anatomía del mercado del trabajo.

ALFILERES

Para comenzar, la creación de empleo desde hace mucho va a un ritmo más lento que el incremento poblacional. Pero además, si revisamos lo ocurrido en los últimos diez años, nos encontramos con que se crearon 3 millones de puestos de trabajo y que de esa torta el empleo privado registrado participó con apenas 250.000 nuevos trabajadores, mientras que el Estado agregó más de tres veces esas cifra (850.000 nuevos empleados). ¿El resto? Un millón de trabajadores informales y un millón más de monotributistas. Una legión de precarizados a quienes, por eso, el mensaje electoral del peronismo de "cuidar los derechos conseguidos" les sonó, como mínimo, a mensaje telefónico con número equivocado. Algo parecido a lo que les sucedió a los trabajadores privados formales, de los cuales el 33% eran pobres pese a tener un salario en blanco.  

Ese país donde todo está prendido con alfileres está habitado, principalmente, por jóvenes. Crecieron sin poder siquiera ilusionarse con la casa propia, el auto, el laburo estable. Y se adaptaron a eso, asumiendo que todo es volátil y sometido al azar de los vientos del momento. ¿Cómo podía asustarlos que alguien les dijera que el mundo, en caso de ganar Milei, iba a volverse incierto, si la incertidumbre es la norma de sus días? Y algunos números más: el 44% de los argentinos tiene menos de 30 años, y el 65% tiene menos de 45. Los mayores de 60, esos que llegaron a ver conscientemente los últimos años de auténtica prosperidad nacional, son apenas del 15%. 

¿Son algunas de las cifras que guían a Milei? Quizá. Si fuera así, lo deseable es que sean consideradas para encontrar salidas y mejoras, no para una simple especulación de posicionamientos. La espiritualidad tiene sentido si es una puerta para encontrarse con Dios y contemplar la dimensión de lo humano.

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