De viaje por los tiempos
Entre los 35 años que según Milei faltan para que seamos Alemania y las intenciones del peronismo de mantenernos en 1973, hay una pequeña luz de ochenta y seis años en cuyos márgenes rebota la angustia social por un presente feroz del que nadie se hace cargo.
Mucho menos el kirchnerismo, y razones no le faltan. Si se considera que el mandato del gobierno anterior fue de cuatro años y que en ese período hubo dos años de pandemia y uno de guerra en Ucrania, y agregamos los cuatro años que había que remontar de la administración de Mauricio Macri, queda claro que Alberto Fernández y Cristina Kirchner ni siquiera gobernaron. Es más, mediante las operaciones matemáticas correspondientes es fácilmente determinable que les hemos quedado a deber unos tres años de gestión.
Son, de todas maneras, minucias de un revisionismo que cada vez importa menos, porque las urgencias crecientes del día a día van cubriéndolo todo. Para las clases media y baja el ajuste adquirió características dramáticas que para parte de ellas es aceptable solo por la conciencia de que este desastre es la continuidad de un proceso que comenzó mucho antes, cuando las políticas "populares" iban gestando un colapso que se acercaba en el horizonte pero no generaba cambios de rumbo.

NAFTALINA PARA TODOS
El tratamiento en el Congreso de la megaley propuesta por el gobierno a modo de "bases" de su gestión volvió a mostrar la escena repetida de una convocatoria con olor a naftalina, en la que organizaciones de izquierda, movimientos sociales y sectores del PJ buscaron forzar incidentes que llevaran a la suspensión del debate parlamentario. Consignas y estrategias que activan una y otra vez los interruptores del túnel del tiempo.
La escena, televisada tantas veces en las últimas décadas, vuelve más deprimente el escenario, porque obliga a discutir cosas que en el mundo ya no son temas de agenda pública, excepto en esos islotes del atraso político y social que una parte de la política y la intelectualidad argentina continúa venerando, aunque jamás elegiría vivir en ellos.
El absurdo de una movilización de miles de personas intentando impedir el funcionamiento de uno de los poderes del Estado, y declarando ser víctima de una represión "dictatorial" cuando las fuerzas públicas bloqueaban su accionar, fue insólitamente avalado por legisladores que fueron elegidos para representar al pueblo desde sus bancas pero que consideraron que lo correcto era permitir que los manifestantes lograran detener el funcionamiento del Congreso. Un Parlamento que renovó sus integrantes hace menos de dos meses, luego de elecciones que nadie denunció como fraudulentas. ¿Qué parte de la Constitución dice que los representantes elegidos por voto directo de los ciudadanos deben estar sometidos a las directivas de una movilización motorizada por fuerzas que en esas mismas elecciones tuvieron caudales minoritarios, en algunos casos insignificantes?
Gusten o no los resultados, debates como los de la semana pasada deben dirimirse en la institución constitucionalmente habilitada para ellos y entre los actores con auténtica validez de representación. Tan simple como eso. Sublevarse contra los mecanismos previstos por la principal norma de la Nación no es algo que pueda considerarse "parte del juego de la política". Lo auténticamente antidemocrático fue eso. Tales movidas son reprimidas en cualquier país medianamente serio. Lo permitido es manifestarse, no atentar contra el desenvolvimiento del poder público que más representa al pensamiento político de la sociedad en un momento específico.
SALIÓ RASPANDO
La administración de Milei, con un elenco parlamentario de debilidad numérica conocida, celebró la aprobación de la Ley Ómnibus, a pesar de que el paso del proyecto por Diputados implicó una poda descomunal de su articulado, un dato que también habla de la necesidad de dejar que las instituciones funcionen. El gobierno logró la media sanción, pero se vio obligado a aceptar las objeciones y reparos de una oposición que está fragmentada y sumergida en un proceso de amplios reacomodamientos. Una interacción de fuerzas que no está mal y que debería naturalizarse. No hace falta inventar nada. Funciona así en todas partes.
Aunque el resultado grueso se ve favorable al Poder Ejecutivo, ahora está por delante el arduo tratamiento del proyecto artículo por artículo -lo que se conoce como "tratamiento en particular", posterior a la "aprobación en general"- y luego la entrada al mucho más incierto territorio del Senado, donde jugarán fuerte los vínculos tejidos y descosidos entre Milei y los gobernadores.
Por otro lado, lo andado hasta aquí dentro del Congreso expuso improvisaciones, descoordinaciones y pasos en falso del oficialismo, en cierto modo previsibles por una combinación de factores, centralmente dos: la poca experiencia de sus operadores y el formidable volumen del proyecto presentado. Esto último, una falla de origen que nadie sabe bien si atribuir a una cuestión de ingenuidad o de astucia. La vasta diversidad de temas incluidos en la iniciativa pudo haber sido una torpeza o una maniobra deliberada para conformar a la oposición bajando muchos artículos pero dejando muchos otros de mayor interés para la Casa Rosada. No parece ser ni tanto lo primero ni tanto lo segundo.
CUENTA REGRESIVA
Si Milei lograra que su proyecto pase el Senado -previsiblemente, dejando allí varios jirones más de su texto-, el presidente podrá mostrar una victoria acaso sorprendente, por la diminuta dimensión legislativa de su partido, pero también se acelerará el reloj que va contabilizando la cuenta regresiva de su crédito político de inicio de gestión. Si la oposición le da las herramientas que pide para dominar la emergencia, y que el mismo gobierno considera fundamentales, no habrá luego margen para excusas.
El tiempo es un factor clave. Aunque el presidente considere "un numerazo" el 25% de inflación de diciembre y anime a tomar como muy alentador que el registro de enero pueda estar por debajo de esa cifra, son dos meses en los que los ingresos populares sufrieron un derrumbe dramático, que se suma al deterioro de muchos años de goteo negativo. Gran parte de los asalariados viene aguantando la masacre de remarcaciones sin reajustes acordes o simplemente sin recomposición alguna. Muchos de ellos ya se preguntan cómo diablos harán para pagar la pequeña fortuna que cuesta hoy equipar a un hijo para el nuevo año escolar.
Además, la restauración de sueldos y jubilaciones no aparece para nada como un asunto importante dentro de la agenda y el discurso oficiales, a excepción de algunas vaguedades. Y la cuestión en este terreno es que a esa porción gigantesca de la población no le urge a esta altura solamente que los índices inflacionarios desciendan, sino que además necesita poder llegar a fin de mes. Para millones de familias eso no sucederá ni aunque la variación de precios fuese del cero por ciento mensual a partir de hoy mismo. De nuevo aquí los trabajadores activos y jubilados están entre la espada y la pared: entre un gobierno que no habla de manera concreta de recomposición de ingresos y una dirigencia gremial decadente, enriquecida y oportunista, que recién ahora descubre la crisis.
Lamentablemente, la grandeza de la gente común, esa que a pesar de todo sueña sin dejar de remar en ríos de arcilla, tiene escasos equivalentes en las alturas. Pese a que esos hombres y mujeres piden poco: sentido común, siquiera algo de cariño por la patria y un mayor apego por los asuntos del presente más que por los de un pasado y un futuro muy lejanos.
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