Si no estás seguro, no lo compartas
La imagen del hombre llorando en la costanera correntina y gritando a la cámara que “no aguantaba más” la falta de libertad en Formosa da para el análisis de un tema preocupante y de mucha actualidad.

¿Hasta dónde nos dejamos influir por las viralizaciones y verdades a medias que pululan en las redes? La escena del desencajado señor es un gran ejemplo de por qué no deberíamos hacer clic automáticamente en el botón "retwittear" o "compartir" cuando algo enfurecido cruza nuestras pantallas.
Como muchas otras historias importantes, la verdad es más complicada que la imagen de unos carteles y una multitud enfervorizada que mezcla reivindicaciones justas con militancia política. Porque las historias y la verdad son retorcidas y complejas, y muy pocas veces se pueden capturar en 280 caracteres o en un título escrito para obtener el máximo de clics. Y cuando las emociones son altas no podemos confiar en que nuestros cerebros sean racionales.
Solo hay que detenerse en algo: cuando estamos realmente enojados, ¿cuán bien resultan las discusiones? Es casi seguro que no demasiado bien, dado que cuando nuestras emociones aumentan, suceden un montón de cosas dentro de nuestro cuerpo que hacen que sea difícil ser racional: la testosterona se va a las nubes, el cortisol baja y nuestro instinto de "lucha o huida" se activa. Nuestros cuerpos están preparados para reaccionar, no para analizar. y nuestra mente es la que maneja todo.
Si bien un retweet o compartir un comentario reactivo puede no parecer mucho en el gran esquema, las redes sociales están diseñadas para amplificar las cosas que se comparten. Eso significa que una publicación podría ser un copo de nieve, pero se unirá a un par de copos de nieve más. Luego un par más, luego un par más, luego un par más, hasta provocar una avalancha que en su última etapa ya no es de nieve. Nuestro copo, nacido de la indignación y lo que creemos debe ser lo correcto, no nació por casualidad.
Cuando las emociones son intensas, no podemos confiar en que nuestros cerebros sean racionales.
No opinamos, nos hacen opinar
La anterior es una afirmación casi temeraria cuando estamos convencidos de que somos libres de opinar y leer lo que nos plazca. Sin embargo, nuestra conducta en las redes sociales es lo más manipulable, mensurable y conducible que hay.
Lo vimos hace poco en la sede de la democracia, el Capitolio de EEUU, cuando era asaltado por hordas de fanáticos que ni siquiera tenían identidad política orgánica, solo actuaban en pos de lo que las redes les dijeron, embanderados detrás de un líder cuyas disparatadas declaraciones amplificadas, deformadas -y muchas veces inventadas- terminaron por convencerlos de que había una conspiración extraterrestre con clones ocupando las bancas parlamentarias, listos a vacunar al mundo con chips de control mental para que sigamos creyendo que la tierra es redonda (y no es una exageración).
El líder siempre se defenderá asegurando que él no dijo lo que le atribuyen haber dicho, él solo arrojó un inofensivo copo de nieve. Pero alguien -detrás de la escena- sabía adónde terminaría todo. La exposición mediática que tienen los acontecimientos políticos en el país del norte permitió ver lo que sucede cuando las redes se salen de control, pero es algo que está pasando todos los días en casi todos los países del mundo donde existe la libertad de opinar.
Información errónea no es información falsa

La respuesta de una sociedad racional a las noticias falsas o -mucho peor- las verdades a medias, debiera ser esforzarnos en ser ciudadanos digitales compasivos y reflexivos. La información errónea no precisa ser falsa y generalmente se formatea para obtener la máxima reacción. Así es como se propaga: activa el sistema endocrino y hace que presionemos el botón de compartir.
On the Media es un sitio dirigido por Bob Garfield y Brooke Gladstone que cubre temas de periodismo, tecnología y libertad de expresión, y explica sin eufemismos: "Si una historia te enoja, probablemente esté diseñada para producir ese efecto". Y esa es una buena señal de que no es cierta, o no están contándonos la historia completa.
Los titulares están diseñados para que hagamos clic, no para darnos una historia completa. Como resultado, se centrarán en la parte más llamativa o escabrosa de la historia. Entonces, si bien es tentador leer un titular y seguir adelante, hay que saber que eso no brinda toda la información y cuanto más "indigne", más deberíamos desconfiar.
A diario vemos en las redes “denuncias” contra personas con nombre y apellido que desatan una ola de indignación que puede terminar en episodios violentos. La mayoría son invenciones de parejas despechadas, bromistas irresponsables, rivales políticos o gente que quiere saber qué pasa con su historia, hasta dónde llega, y se regodea en el daño hecho. Es el aspecto doméstico del problema. Cuando en esta mecánica entran a jugar profesionales de la comunicación, psicólogos y expertos en redes, todo se vuelve más oscuro.
"Si una historia te enoja, probablemente esté diseñada para producir ese efecto"
El análisis y la objetividad es una de las tareas más difíciles del periodismo moderno, así que es de imaginarse lo que puede ser para una persona sin entrenamiento en lectura crítica. Es por eso que las redes sociales se salen de control tan fácilmente, con millones de usuarios que un día son expertos en determinado tema, convencidos “con pruebas” de lo que dicen, y a la semana están embanderados en otra causa que puede llegar a ser diametralmente opuesta.
Es un interesante ejercicio buscar otras formas de verificación, no solo de las fuentes que dicen lo que nos gusta leer. Hay que proponerse utilizar nuestras habilidades de pensamiento crítico y realizar cinco minutos de investigación en Internet para sacar las propias conclusiones, después de todo si estamos “perdiendo tiempo” en Internet es apasionante tratar de descifrar qué hay detrás de las viralizaciones.
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