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Cultura vial y responsabilidad ciudadana

Hay cifras que deberían interpelarnos más allá de cualquier discusión política, económica o administrativa. Las estadísticas sobre siniestros viales son, antes que nada, una dolorosa expresión de vidas perdidas, de historias que se truncan. En ese sentido, un reciente informe de la Agencia Nacional de Seguridad Vial ofrece un dato que obliga a reflexionar y, sobre todo, a revisar nuestras conductas cotidianas al volante y en la vía pública. Chaco aparece entre las provincias con mayor cantidad de siniestros fatales y acumula, según el cruce de registros disponibles, 86 víctimas fatales durante 2026.

El dato merece atención porque detrás de cada número existe una persona, una familia y una comunidad afectada. Durante el primer semestre, la ANSV contabilizó en la provincia 64 siniestros fatales y 66 víctimas, mientras que los registros provinciales correspondientes a julio, agosto y septiembre sumaron otros 54 hechos y 20 fallecidos. Aunque las fuentes y los períodos de relevamiento presentan diferencias metodológicas, el panorama general resulta suficientemente contundente. La seguridad vial continúa siendo una deuda que no puede resolverse únicamente con controles ocasionales ni con campañas que aparecen después de cada tragedia.

En efecto, respetar las normas de tránsito no debería ser entendido como una formalidad destinada a evitar multas. El cinturón de seguridad, el casco, el respeto de los semáforos, la velocidad adecuada y la prohibición de utilizar el celular mientras se conduce son medidas destinadas a proteger la vida. No son obstáculos para circular ni imposiciones arbitrarias. Por el contrario, constituyen reglas elementales de convivencia en un espacio que compartimos todos.

Además, los datos permiten identificar con claridad a algunos de los sectores más expuestos. Casi la mitad de las personas fallecidas en siniestros viales a nivel nacional se trasladaba en motocicleta. En el NEA, esa proporción asciende al 63 por ciento. A esto se suma que los hombres y los jóvenes representan una parte especialmente elevada de las víctimas. Por lo tanto, resulta imprescindible fortalecer las políticas de prevención dirigidas a motociclistas, pero también promover entre los jóvenes una verdadera cultura de cuidado.

Sin embargo, sería un error pensar que la responsabilidad corresponde exclusivamente a quienes conducen motocicletas. La seguridad vial es una responsabilidad compartida. Quien maneja un automóvil debe respetar al motociclista, al ciclista y al peatón. Quien circula en moto debe utilizar correctamente el casco y respetar las normas. Del mismo modo, los peatones deben actuar con prudencia y utilizar los espacios habilitados. En definitiva, cada decisión individual puede afectar directamente la vida de otra persona.

Según los datos disponibles, las rutas nacionales 11 y 16 aparecen como puntos críticos dentro de este escenario. El informe señala que durante el primer semestre el 52 por ciento de los siniestros fatales del país ocurrió en rutas, mientras que el NEA presentó una elevada participación de las rutas nacionales. En Resistencia, por otra parte, los registros disponibles identifican corredores con una importante concentración de siniestros, entre ellos las avenidas San Martín, Castelli e Italia.

Ahora bien, ninguna política pública será suficiente si la sociedad no asume que las normas de tránsito deben cumplirse incluso cuando no hay un agente de control a la vista. Esa es, precisamente, la diferencia entre obedecer por temor y construir una auténtica cultura vial. Una comunidad segura no depende solamente de la cantidad de multas aplicadas, sino de la convicción de sus integrantes de que respetar una señal puede significar preservar una vida.

Los antecedentes recientes muestran, además, que no hay margen para la indiferencia. Chaco pasó de 201 víctimas fatales en 2023 a 158 en 2024, pero volvió a registrar un incremento en 2025, cuando alcanzó 167 fallecidos. La reducción de un período puede ser alentadora, pero un repunte posterior demuestra que la seguridad vial exige continuidad, evaluación y compromiso permanente.

Por eso, frente a cada semáforo, cada cruce y cada viaje, conviene recordar que las normas no fueron creadas para dificultarnos el camino, sino para permitir que todos podamos llegar a destino. Cumplirlas es una expresión concreta de respeto por los demás y también por nosotros mismos. Si las estadísticas de 2026 dejan una enseñanza, es que ninguna imprudencia merece poner una vida en riesgo. La verdadera cultura vial comienza cuando entendemos que llegar unos minutos antes nunca puede valer más que llegar con vida.

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