Carta abierta para Messi desde el Chaco
El director periodístico del Multimedios NORTE compartió sobre el final del programa "El Radar", que se emite de lunes a viernes de 8 a 10 por el streaming de NORTE TV en dúplex con Radio Facundo Quiroga, FM 95.9, un sentido texto de su autoría que dejó un homenaje de puño y letra de parte de todos lo que forman parte del staff.
La carta
Lionel, te escribo esto desde el Chaco, una provincia que, como seguramente sabrás, está asociada en nuestro país a la pobreza, al atraso, la postergación.
Sin embargo, no somos solamente eso. Somos, sí, una tierra en la que mucha gente vive de joder a los demás, pero hay otra que se saluda al cruzarse, se ayuda, se abraza, se convida un mate o un tere, cuida su pequeña esperanza como cuidamos todos el último pedacito de aire fresco cuando en plena siesta de enero se corta la luz.
Bueno, desde esta provincia casi caída del país, también nosotros queremos darte las gracias por tantos años en los que formaste parte de nuestras vidas.
Va a ser un bajón, esta noche, verte jugar sabiendo que es la última vez en que lo vas a hacer con la camiseta de la Selección. Queda un poco feo hacerse el dramático con estas cosas, pero es difícil gambetear a la tristeza.
Sí, es fútbol nomás, "veintidós tipos atrás de una pelotita", como hemos escuchado decir tantas veces. Es fútbol nomás, sí… pero es fútbol. Y el fútbol, vos lo sabés mejor que nadie, es la vida convertida en un juego.
En una cancha podemos ver, durante los partidos bravos, de qué están hechos los que pisan el césped. Los que dejan todo y los que mezquinan el alma; los exquisitos que deleitan y los taladores que ofrendan canillas vaya a saber uno a qué dios; los estrategas brillantes que no necesitan ni correr y los nobles brutos que se reparten por todo el campo como si fueran arados. Los que asombran y encienden a la hinchada, y los que se rompen el lomo para que los asombradores puedan asombrar.
Además, ¿quién no tiene entre los días más fabulosos de su vida la final con Francia, el momento de verte arrodillado y alzando los brazos al cielo? ¿Quién no ve una y otra vez tus proezas del último Mundial contra los ingleses o contra Egipto? ¿Quién no te mira de nuevo con la camiseta de Barsa, convirtiendo a Boateng en una estatua de yeso que se cae sola, y dice "qué hijo de puuuuu…"? O aquel gol del 4 a 3 en el amistoso con Brasil, que nunca es un amistoso.

El fútbol es una perfección rara, y vos fuiste, en todo este tiempo, la perfección de esa perfección. La luz de una luz, el grito del grito. Algo que por momentos uno ni siquiera podía poner en palabras… y eso que las palabras son las que nos dibujan el Universo.
Me parecería injusto no mencionar que, además, durante mucho tiempo, enfrente no solo tuviste a los jugadores adversarios, sino incluso a nosotros mismos. Hemos dicho tantas barbaridades de vos… ¿Y por qué? Porque eras inconmensurablemente genial pero no tenías éxito en la búsqueda del todo, que era lo que te exigíamos. Llegábamos a las finales gracias a vos, y cuando las perdíamos… las perdíamos por vos. No te perdonábamos ese fracaso.
Nosotros, los argentinos, que nos las hemos ingeniado para convertir un país maravilloso en un sorprendente naufragio, no te perdonábamos que no fueras capaz de modificar la realidad a nuestro antojo.
Así llegó aquel "basta" tuyo, la decisión de no insistir más con la Argentina, después de aquella final perdida con Chile. Y luego el regreso inevitable, porque estaba cantado que el corazón no te iba a permitir resignarte a ver los partidos por la tele.
Lo que llegó después no requiere de un nuevo relato: ganaste todo, nos diste todo, junto a otros pibes que, por fin, tuvieron con vos la generosidad y la entrega que, quizás, faltó antes. Una historia hermosa, como dijiste vos en esa carta con la que anunciaste tu decisión de cerrar tu ciclo con la Selección.
Nunca antes, jamás, un futbolista fue durante tanto tiempo el mejor del planeta. Llenaste los cuadros estadísticos de marcas increíbles. En todo ese camino, lloramos con vos, fuimos felices con vos, soñamos con vos.
Y hoy, seguro, vamos a volver a llorar. Porque este partido final de esta noche, como aquella despedida de Maradona, es un poquito la muerte. Como la de los seres queridos, que cuando se van los despedimos despidiéndonos, también, un cacho a nosotros mismos.
Nuestros viajes personales se cruzaron miles de veces con tu propio viaje. Fuiste parte del paisaje, nos acostumbramos a encontrarte una y otra vez, como al tereré reparador del verano. En algún momento, un día, una semana o un mes de mierda se iban a curar viéndote con la celeste y blanca. Esa posibilidad ya no va a estar más.
Quizás aprendiste a entendernos, a descifrar el manual de instrucciones con el que funcionamos los que nacimos en este país. Nosotros nos fuimos volviendo más messistas y vos te fuiste volviendo más argento. Te permitiste recostarte a veces en esa parte de nuestra irracionalidad en la que hay belleza y celebración de lo que somos. Ese punto de encuentro que se da, sobre todo, en los mundiales, cuando volvemos a ser una nación.
Creciste mientras envejecíamos. Pudiste ver, como nosotros, que el tiempo nos persigue en puntas de pie y que un día nos alcanza. A esta altura, también vos sabés que lo más preciado, eso que la juventud nos hace creer eterno, no dura para siempre. Tu viejo se fue, las piernas no le hacen ya tanto caso a lo que idea la cabeza, los adioses van dejando de ser un simple saludo cotidiano, el futuro ya no es inagotable. Como en la canción de Isella y Tejada Gómez, "uno se despide, insensiblemente, de pequeñas cosas…". Esas que son la vida misma. Tan pequeñas, tan difíciles de ver en su real dimensión, tan fáciles de dejar escapar.
Alguien podría decir: "¿Che, tanto lío por un millonario que deja de jugar con la Selección?" Nah, no es eso. Vos sos otra cosa. Sos, como una cebolla, las capas de todos los Messis que fuiste siendo a lo largo de tu existencia. Una de ellas es el pibe que sigue queriendo, simplemente, jugar a la pelota.
Y nosotros, Lionel, aprendimos a querer tanto a ese chico, a su pasión por correr como un ratoncito frenético detrás de la redonda, esquivando piernas, brazos destructores, tormentas cósmicas, que hoy nos sentimos, en cierto modo, parados en una estación de trenes, listos para decirle chau a alguien que, haciendo tu veloz diagonal de siempre, nos clavó la bocha en un ángulo del corazón.
También aquí, en el Chaco, tus goles, tus asistencias, tus fintas celestiales, fueron, muchísimas veces, el puente que nos permitió sentirnos parte de algo hermoso, de algo feliz. De algo que quizás nunca fuimos, pero que se volvía real cada vez que de tus pies salía la magia que sacudía las redes. Esa que lograba que hasta en el rincón más pobre de nuestra tierra lloviesen los panes de la alegría.
Fue increíble todo, Lionel. Gracias, que Dios te bendiga.








