Sin diagnóstico ni prevención: el desafío pendiente frente al bullying en las escuelas
El investigador del Conicet y especialista en bullying y ciberbullying, Santiago Resett, advirtió en Resistencia sobre el crecimiento de la violencia entre pares, los riesgos de las redes sociales y el impacto de la inteligencia artificial.

La expansión de las redes sociales, el uso cada vez más temprano de dispositivos móviles y la irrupción de la inteligencia artificial (IA) modificó las formas de relacionarse de niños, niñas y adolescentes. Pero también están potenciando fenómenos preocupantes como el bullying, el ciberbullying, el grooming, el sharenting, el parenting (paternidad) y la sobreexposición de menores en internet.
Sobre estos temas giró la jornada de capacitación realizada ayer en la Facultad de Humanidades de la UNNE, organizada por la Secretaría de Asuntos Estudiantiles, la Secretaría de Extensión y el Centro Interdisciplinario de Estudios de Género. El principal expositor fue Santiago Resett, doctor y licenciado en Psicología por la Universidad Católica Argentina, especialista en ciberbullying por la Universidad Autónoma de Madrid e investigador del Conicet, quien llegó a Resistencia para compartir los resultados de años de trabajo académico sobre las consecuencias psicosociales de estas problemáticas.
Durante una entrevista con NORTE Play, el especialista sostuvo que el bullying y el ciberbullying constituyen fenómenos complejos que requieren una intervención integral del Estado, las escuelas y las familias. "Argentina aparece sistemáticamente entre los países con niveles más altos de bullying y ciberbullying. Sin embargo, seguimos sin contar con estudios nacionales que permitan conocer con precisión qué está ocurriendo en cada provincia y cuáles son las particularidades de cada región", señaló.
El riesgo de exponer a los hijos en redes sociales
Uno de los conceptos abordados fue el denominado sharenting, una práctica cada vez más frecuente que consiste en compartir masivamente fotografías, videos e información de niños y adolescentes en redes sociales. "Muchos padres, madres o familiares publican constantemente imágenes de los menores sin advertir las consecuencias que eso puede tener. Hemos comprobado que muchas veces quienes realizan grooming o incluso adolescentes que practican ciberbullying obtienen información sensible justamente de las redes sociales de los adultos", explicó. Según Resett, la combinación entre exposición digital y nuevas tecnologías abre escenarios inéditos para la protección de la infancia.
La IA y nuevas formas de agresión
El especialista también se refirió al impacto de la IA, una herramienta que, utilizada de manera irresponsable, puede convertirse en un vehículo para nuevas formas de violencia digital. "Hoy es posible alterar fotografías, generar videos falsos o crear contenidos que antes parecían ciencia ficción. La tecnología avanza mucho más rápido que las regulaciones y eso genera desafíos enormes para las familias, las escuelas y los gobiernos", advirtió. En ese sentido, consideró que la legislación y las políticas públicas avanzan detrás de los cambios tecnológicos y que todavía existe una gran deuda en materia de prevención.
Sin estadísticas nacionales
Para Resett, una de las principales dificultades es la ausencia de información sistemática sobre el fenómeno. "No tenemos estudios nacionales permanentes que permitan saber qué ocurre en el Chaco, Formosa, Jujuy, Entre Ríos o cualquier otra provincia. Lo primero que se necesita es un diagnóstico serio para después diseñar intervenciones eficaces", sostuvo.
El investigador consideró que las respuestas suelen surgir únicamente cuando un caso grave conmociona a la opinión pública. "Muchas veces aparecen medidas aisladas o parches. Se restringen celulares o se aplican sanciones, pero rara vez se trabaja sobre la prevención, la intervención y la evaluación de resultados", afirmó.
Casos que crecieron después de la pandemia
Uno de los datos más preocupantes expuestos por el especialista está vinculado con el crecimiento de las situaciones de violencia digital tras la pandemia. Según investigaciones desarrolladas por su equipo, los casos de grooming y ciberbullying prácticamente se duplicaron luego de los períodos de aislamiento.
"Antes de la pandemia alrededor del 4% de los adolescentes manifestaba haber atravesado una situación de grooming. Luego ese porcentaje subió al 8%. Con el ciberbullying ocurrió algo similar: los niveles prácticamente se duplicaron", explicó. Para el investigador, el aumento de la conectividad y la permanencia prolongada frente a las pantallas aceleraron procesos que ya venían creciendo.
Las secuelas emocionales
Resett advirtió que las consecuencias del bullying pueden ser profundas y persistentes. Las víctimas suelen presentar mayores niveles de ansiedad, depresión, baja autoestima, miedo de asistir a la escuela y disminución del rendimiento académico.
"En los casos más graves puede aparecer ideación suicida. No significa que toda víctima vaya a llegar a esa situación, pero el bullying es uno de los factores de riesgo más importantes para la salud mental de niños y adolescentes", explicó. Además, remarcó que el daño no alcanza únicamente a quienes sufren las agresiones. Los propios observadores de las situaciones de violencia escolar también pueden experimentar estrés, ansiedad y sentimientos de inseguridad dentro de la comunidad educativa.
El rol de las familias
Frente a este escenario, el investigador insistió en la necesidad de que los adultos se involucren activamente. "Uno de los errores más frecuentes es pensar que porque un adolescente es grande va a contar lo que le pasa. Nosotros observamos que más de la mitad de las víctimas no le comunica la situación a nadie", señaló.
Por eso recomendó prestar atención a cambios de conducta, tristeza persistente, rechazo a asistir a la escuela o modificaciones en las rutinas habituales. "Cuando un chico no quiere ir a clases, cambia sus recorridos o muestra señales de angustia, es importante intervenir. Lo primero es acercarse a la escuela y trabajar junto a los docentes y directivos", concluyó.

Sharenting: el peligro silencioso de publicar la vida de los hijos en internet
La práctica de compartir fotografías, videos y momentos cotidianos de los hijos en redes sociales se ha convertido en una costumbre para miles de familias. Sin embargo, especialistas en protección infantil alertan sobre los riesgos de esta conducta conocida como sharenting. El término surge de la combinación de las palabras inglesas share (compartir) y parenting (crianza) y describe la difusión constante de información sobre menores en plataformas digitales.
Según explicó el investigador Santiago Resett, muchas veces los adultos publican datos personales, imágenes escolares, ubicaciones frecuentes e incluso aspectos íntimos de la vida de los niños sin dimensionar el alcance que puede tener esa información. "Numerosos casos de grooming y ciberbullying encuentran una fuente de datos en las redes sociales de los propios familiares", señaló.
Los especialistas recomiendan limitar la publicación de imágenes, evitar compartir información sensible y reflexionar sobre la huella digital que se construye para los menores antes de que ellos puedan decidir sobre su propia privacidad.
Señales de advertencia
Detectar a tiempo una situación de bullying puede evitar consecuencias emocionales graves. Sin embargo, según estudios citados por el investigador Santiago Resett, más del 50% de las víctimas no comunica lo que está viviendo. Entre las señales de alerta más frecuentes aparecen la tristeza persistente, cambios bruscos de humor, pérdida de interés por actividades habituales, dificultades para dormir, bajo rendimiento escolar y resistencia a asistir a clases.
También pueden observarse conductas como elegir caminos alternativos para llegar a la escuela, evitar reuniones sociales o mostrarse excesivamente preocupados por el uso del celular y las redes sociales. "Los adultos deben involucrarse y no minimizar estas situaciones. La intervención temprana es fundamental para proteger a los chicos", sostuvo Resett. El primer paso es generar espacios de diálogo y confianza dentro de la familia y, ante cualquier sospecha, trabajar de manera conjunta con docentes, equipos de orientación escolar y autoridades educativas.
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