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Carta de lectores

Tiempo de humanizarnos

Señor director de NORTE:

   ¿Acaso no somos humanos, para tener que humanizarnos? Cuando nos referimos al ser humano se incluye en este concepto a todos los seres humanos concretos, los que ya no están y los que vendrán, los niños, adultos, ancianos, discapacitados, enfermos, sanos y aun los que se consideran animales o algo diferente. La pertenencia al género humano toma la totalidad del mismo, al ser humano como unidad en las dimensiones corpórea-psíquica-espiritual/mental, así como en las diversas posibilidades de sus relaciones con el mundo y con los demás. 

   Pero cuando se reflexiona sobre la humanización la mirada va más allá, porque se encuentra con lo que el ser humano hace de sí mismo, con los demás, y a los demás, así como las transformaciones que realiza en el mundo que habita. Se entra en el plano de la ética, aparece claramente la libertad humana, única libertad posible entre los seres vivos, y la responsabilidad por las elecciones, como dicen los filósofos, por las posibilidades que él abre a partir de la conciencia de realidad, y las que decide concretar.

   Señala Viktor Frankl que, si mostramos al ser humano tal cual es, lo haremos peor de lo que ya es, por eso hay que ayudarlo a abrir el campo de posibilidades valiosas, cada hombre concreto en su situación personal. Algo que él, si mira desde la libertad y no desde los anteojos de las miles de imágenes que consume, podrá percibir: lo valioso que se muestra en el trabajo, en las relaciones y aún en el sufrimiento.

   La humanización implica buscar criterios para ser mejores o peores, porque no todo da lo mismo, y el criterio central, como remarca J. Conill al hablar de Humanismo, es el respeto a la dignidad de todo ser humano, el reconocimiento del valor del mismo, y el compromiso con todas las maneras en que se concreta este respeto, sobre todo con los vulnerados y los vulnerables.

   La violencia, la visible y la invisible, por lo tanto, quedan descartadas, aunque comprendamos que la defensa propia no sólo es admisible sino hasta obligatoria ante los violentos que vulneran. No se trata aquí de hacer un imposible análisis de las guerras actuales, las que conocemos y las que desconocemos, por la complejidad de las mismas, pero sí de mostrar que miles de seres humanos no cuentan en las guerras.

   Uno de los mayores problemas hoy, en Argentina y en muchos países, es la violencia invisible, la que lleva al suicidio a muchos adolescentes, la de las redes, la que se denuncia ante hechos recientes y conmocionantes, pero que luego se olvida. Como hemos visto, algunos especialistas señalan que Argentina tiene los medios para perseguir más eficazmente a los depredadores de las redes ocultas, pero también muestran que sin los límites que los padres deben poner, los niños y adolescentes juegan en estas redes, se adentran sin poder prever consecuencias. Juegos de toda clase, relaciones con desconocidos, retos que implican riesgos de vida y hasta el suicidio.

   Además, como señalé en muchas ocasiones, de las consecuencias del acceso de todas las edades a la pornografía, pero principalmente de los adultos ya que el que consume colabora con la violencia, con la trata, porque donde hay dinero hay corrupción y destrucción de seres humanos que se convierten en "cosas" para vender y comprar. Dos millones de niños se trafican al año y muchos son captados por las redes.

    La sorpresa de tantas muertes de niños en estas semanas, es producto de una sociedad que no pone la humanización como proyecto, que quizás considera que el estratégico, el astuto, el que consigue poder en las instituciones y en la sociedad es el modelo, aunque para eso se discrimine, se excluya, se cometa injusticia. Y deja de mirar a los niños y adolescentes, total ellos están bien con las pantallas, distraídos de la vida misma, pantallas que rezuman bullying o acoso escolar, manipulación y muerte, o que generan ansiedad y enfermedades psicológicas graves, evitables.

   Mirar al otro, crear condiciones de diálogo, tener apertura sobre todo en las familias, priorizar al vulnerable desde las instituciones, no sólo los establecimientos educativos, concretar programas que mejoren las condiciones de las relaciones dentro de las aulas y fuera también. Hay muchísima bibliografía desde hace décadas con propuestas al respecto. ¿Qué se hace para conocer cómo viven muchos niños? Acaso ¿no deberíamos ver que el sentido de la vida no es el acceso a un mayor bienestar económico, que el juego online, las adicciones en todas sus formas destruyen numerosas vidas? La humanización no es un proceso que se puede hacer sólo por la actitud de una persona, implica formar redes de escuelas, de padres, de funcionarios y agentes encargados de un problema que tiene muchos rostros o más bien máscaras, pero que debe importarnos.

MARÍA ELENA RADICI

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