¿Qué nos está pasando que llegamos siempre tarde?
Otra vez una noticia nos sacude. Otra vez una adolescente que no pudo más. Otra vez el bullying, el silencio, la indiferencia. Y otra vez, como sociedad, llegamos tarde. Nos preguntamos qué pasó en la escuela, qué hicieron los directivos, qué responsabilidad tienen los compañeros.
Buscamos culpables con urgencia, casi con desesperación. Pero pocas veces nos detenemos a pensar en algo más profundo: esto no es un hecho aislado, no es un episodio. Es el resultado de un proceso que venimos ignorando hace años.
¿Qué nos está pasando como sociedad? ¿Por qué no estamos escuchando a nuestros adolescentes?
Hoy vemos chicos que sufren, que no encuentran espacios donde expresarse, que viven atravesados por la presión social, las redes, la violencia simbólica y muchas veces también la real. Y frente a eso, los adultos seguimos llegando tarde. Nos preocupamos, sí. Pero no nos ocupamos.
Las escuelas, por ejemplo, siguen funcionando muchas veces desde modelos arcaicos. Donde el docente enseña y el alumno escucha. Donde se prohíbe más de lo que se comprende. Donde falta, en muchos casos, un verdadero acompañamiento interdisciplinario que aborde estas problemáticas de raíz.
No alcanza con reaccionar cuando el conflicto estalla. Pero tampoco es solo la escuela.
¿Qué pasa con las familias? ¿Qué pasa cuando se convoca a reuniones y no asistimos?
¿Qué pasa cuando priorizamos otras cosas y dejamos en segundo plano lo emocional, lo vincular, lo que realmente le está pasando a ese hijo o hija?
Siempre hay una excusa: el trabajo, el cansancio, el tiempo. Pero después, cuando ocurre una tragedia, la pregunta vuelve a aparecer: ¿por qué nadie hizo nada antes?

La realidad es incómoda
Todos somos parte de la realidad. También esos adolescentes que ejercen violencia lo hacen desde historias que los atraviesan. No nacen así de un día para el otro. Son producto de entornos, de aprendizajes, de ausencias.
Y cuando la única respuesta es expulsarlos, apartarlos o castigarlos, lo único que hacemos es trasladar el problema, no resolverlo. El directivo que se va, el alumno que cambia de escuela, la familia que se esconde… el problema sigue ahí, intacto.
Después vienen otras preguntas: ¿por qué cada vez hay chicos más jóvenes consumiendo? ¿por qué hay adolescentes involucrados en delitos? ¿por qué tanta violencia?
Pero esas preguntas llegan siempre después, cuando el daño ya está hecho. Nos hemos acostumbrado a actuar en el día después. A tapar, a disimular, a buscar responsables. Pero no a trabajar en prevención, en acompañamiento real, en presencia.
Esto no se soluciona de un día para el otro. Es un trabajo constante, colectivo, incómodo. Implica revisar prácticas, asumir responsabilidades y dejar de mirar para otro lado.
Porque la verdad es clara: no es solo un problema de la escuela, ni de las familias, ni de la política. Es un problema social. Y hasta que no entendamos eso, vamos a seguir llegando tarde.
(La autora es psicóloga social, matrícula profesional 23739).
Temas en esta nota

Jornada educativa para prevenir el bullying

Sin diagnóstico ni prevención: el desafío pendiente frente al bullying en las escuelas

La otra cara de las redes: jornada en la UNNE sobre acoso digital y protección de menores
Concientización y educación digital

Proponen incorporar una materia contra el acoso y bullying
Carta de lectores

Tiempo de humanizarnos
Carta de lectores

Educación refuerza el acompañamiento en escuelas chaqueñas para abordar bullying, consumos y salud mental











