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La elite argentina y la creación del Uruguay

Entregar el territorio antes que ceder el poder

A lo largo de nuestra historia, en momentos decisivos se repite una constante trágica: un sector de la élite dirigente da prioridad a sus alianzas con potencias extranjeras y sus intereses económicos sectoriales por encima de la soberanía nacional y la integridad territorial.

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Batalla de Juncal, obra del ítalo-argentino José Murature, presente en el combate como oficial del almirante Guillermo Brown.

   (Por Rubén Tonzar) - Esta doctrina no escrita, pero reiteradamente verificada, donde la traición se convierte en una herramienta de Estado para preservar el poder, encuentra uno de sus ejemplos más tempranos en la Guerra con el Imperio del Brasil, del que se cumplen 200 años. Este conflicto no representa un fracaso militar, sino el ejemplo supremo de una victoria contundente en el campo de batalla, deliberadamente transformada en derrota diplomática para servir a los intereses de una facción. 

   La pérdida de la Banda Oriental y el nacimiento del Uruguay no fueron un accidente del destino, sino el resultado calculado de un proyecto que prefería la amputación territorial a la consolidación de una nación federal y soberana. Veamos el contexto económico, las maniobras políticas y las traiciones que culminaron en este acto de desintegración y afianzaron un modelo de país.

La "Feliz Experiencia"

   La llamada "Feliz Experiencia" rivadaviana en Buenos Aires (1821-1824) fue un período de aparente paz y prosperidad que se erigió sobre dos pilares sumamente frágiles: el abandono de la guerra de independencia que aún se libraba en el Alto Perú y una inmensa burbuja financiera generada y sostenida por el capital británico. La élite porteña, liderada en ese momento por Bernardino Rivadavia, había decidido desentenderse del destino de América para concentrarse en sus propios negocios.

   El motor de esa prosperidad artificial fue el empréstito solicitado a la casa bancaria londinense Baring Brothers, primera deuda externa de la historia argentina. Ese flujo de capital británico no solo financió la expansión simultánea de los negocios de comerciantes y hacendados, sino que también alineó sus intereses con los del gobierno de Rivadavia y, fundamentalmente, con los de Gran Bretaña. Se forjó así una dependencia económica que condicionaría todas las decisiones políticas futuras, creando un frente de poder que veía en la conexión con Londres la única clave de progreso.

Fin de fiesta

   Sin embargo, el precario equilibrio se rompió en 1825. El estallido de una burbuja especulativa en Europa llevó a los banqueros ingleses a suspender abruptamente el flujo de fondos que "generosamente" habían regado en Buenos Aires. Con el fin de los préstamos, la "Feliz Experiencia" llegó a su fin, el frente entre hacendados y comerciantes se debilitó y las virulentas tensiones latentes resurgieron. Fue en este escenario de colapso financiero que la "cuestión de la Banda Oriental" se agudizó, forzando a todas las facciones políticas a abandonar la indiferencia y tomar una posición definitiva.

   El conflicto en la Banda Oriental era mucho más que una disputa territorial; representaba el choque de dos proyectos de Estado. El federalismo popular de Gervasio Artigas, con su programa de reparto de tierras y protagonismo de las provincias, era temido y detestado por las élites terratenientes y comerciales de Montevideo y de Buenos Aires. Por ello, la ocupación portuguesa-brasileña de 1816 contó con la "escandalosa complicidad" del gobierno centralista porteño, que llegó a deportar a quienes, como Manuel Dorrego, se opusieron a semejante traición.

   Fue precisamente Dorrego, desde su periódico El Argentino, quien se convirtió en la voz de la oposición a esta política de entrega. Su incansable campaña periodística y legislativa canalizó el creciente descontento popular y denunció la inacción del gobierno de Rivadavia, que no solo se negaba a auxiliar a los orientales: además "intervenía activamente para impedir que otras provincias deseosas de ayudarlos lo hicieran". Hubo protestas populares, pero no fueron el único factor que torció el rumbo. Poderosos intereses económicos comenzaron a ver la ocupación brasileña como una amenaza directa a sus negocios.

Ituzaingó
Muerte del coronel Brandsen en la batalla de Ituzaingó (obra Augusto Ballerini).

Los actores

   Las facciones que finalmente forzaron un cambio de política fueron diversas; sus motivaciones, extremadamente pragmáticas.

   Estaban los ganaderos y saladeristas porteños, con figuras como Juan Manuel de Rosas, los Anchorena y otros hacendados bonaerenses, que veían cómo sus exportaciones perdían mercados frente a la competencia de los saladeros de Rio Grande do Sul, que acaparaban y se abastecían del ganado de tierras orientales. El "patriotismo" de los hacendados se activó cuando sus ganancias se vieron afectadas, por lo que llegaron a financiar la expedición de los Treinta y Tres Orientales.

   Estaba el Cabildo de Montevideo, dirigido por la misma élite montevideana que inicialmente había celebrado la ocupación, y cambió de postura ante el "grave deterioro económico social" que esta le provocaba. Distanciados del invasor, comenzaron a solicitar ayuda en Buenos Aires para expulsarlo.

   La confluencia de la presión popular liderada por Dorrego, la rebelión de los Treinta y Tres Orientales en la propia Banda, y los intereses económicos de los estancieros bonaerenses crearon una situación insostenible para el gobierno de Rivadavia, forzado a un giro copernicano: pasó del boicot a un apoyo retórico a la causa. El Congreso aceptó la reincorporación del territorio de la Provincia Oriental, lo que inevitablemente provocó la declaración de guerra por parte del Imperio del Brasil.

El conflicto bélico

   La guerra que siguió expuso una de las mayores contradicciones de la historia argentina. Mientras milicianos y soldados obtenían victorias heroicas y contundentes, la cúpula política y militar, encabezada por los rivadavianos, maniobraba para que el conflicto no tuviera un desenlace favorable a los intereses nacionales. El objetivo nunca fue ganar la guerra, sino gestionarla para sus propios fines políticos.

   Los triunfos de las Provincias Unidas fueron categóricos en todos los frentes. En el mar, el almirante Guillermo Brown, al mando de una flota improvisada y tripulada por "gauchos descalzos", demostró una audacia y pericia extraordinarias. Limpió el Río de la Plata de enemigos, atacó las plazas fuertes de Colonia y Montevideo, y repelió un intento de desembarco en Buenos Aires con enormes pérdidas para la escuadra imperial. La cúspide de su campaña fue la batalla de Juncal -8 y 9 de febrero de 1827- en el curso superior del Plata: con fuerzas parejas, la brillante inteligencia militar y conducción del irlandés permitieron incendiar tres buques y apresar doce, mientras dos escaparon; la flota rioplatense no sufrió pérdidas.

   En tierra, el 20 de febrero de 1827, en la batalla de Ituzaingó, las tropas de las Provincias Unidas infligieron una derrota decisiva a los imperiales en su propio territorio. El ejército brasileño quedó desmoralizado, deshecho y en plena retirada.

   Sin embargo, la victoria de Ituzaingó fue, en palabras del general Tomás de Iriarte, una "gloria sin consecuencia". El general en jefe del ejército, Carlos María de Alvear, un hombre de total confianza de Rivadavia, se negó deliberadamente a perseguir al enemigo derrotado, impidiendo así la aniquilación completa del ejército imperial, lo que habría puesto fin a la guerra. La decisión fue tan incomprensible y contraria a la lógica militar que, según testimonios de la época, el general Lavalle "lloraba al suplicarle a Alvear que lo dejara lanzarse tras los derrotados". El general Paz, en sus memorias, fue aún más lapidario: afirmó que Alvear "no tuvo ninguna disposición táctica" y que "la victoria se debió a inspiraciones individuales y desobediencias".

   La razón de este boicot era clara. El objetivo de Rivadavia y su partido no era derrotar a Brasil, sino firmar la paz "a cualquier precio" para poder utilizar el ejército nacional contra la verdadera amenaza a su proyecto: la rebelión de las provincias del interior, que se oponían frontalmente a su política centralista y a la entrega de los recursos nacionales.

   Con la victoria militar asegurada pero saboteada, la diplomacia se convirtió en el campo de batalla final donde se consumaría la entrega. Gran Bretaña, principal potencia de la época, no tenía interés en un vencedor claro. Su objetivo estratégico era la creación de un "estado tapón" que garantizara la libre navegación de los ríos de la Plata y Uruguay, asegurando así sus rutas comerciales. La independencia de la Banda Oriental no fue, por tanto, una solución negociada, sino una astuta imposición británica que los diplomáticos rivadavianos tramitaron con beneplácito.

La traición revelada

   Rivadavia envió a su ministro Manuel García a Río de Janeiro con instrucciones secretas de terminar la guerra "a como dé lugar". Siguiendo esas órdenes, García firmó un acuerdo preliminar que reconocía los derechos del emperador brasileño sobre la Banda Oriental, una capitulación total que ignoraba las victorias obtenidas con sangre argentina.

   La noticia del acuerdo provocó una violenta reacción en Buenos Aires: "el pueblo se lanzó a las calles en tumulto". Acorralado, Rivadavia exhibió un "notorio cinismo" y repudió públicamente a García, exclamando que un argentino "debía perecer mil veces con gloria antes de comprar su existencia con el sacrificio de su dignidad", mientras sus diputados obstruían el debate en el Congreso para evitar que se revelaran sus escandalosas instrucciones reservadas. La maniobra no funcionó, y el escándalo forzó su renuncia inmediata.

   El nuevo gobierno, encabezado por el federal Manuel Dorrego, repudió el acuerdo de García. Pero la catastrófica herencia ya era un hecho: Rivadavia había dejado al Estado en "quiebra total". Acorralado por un déficit gigantesco y sin apoyo de las élites, a finales de ese mismo año el gobierno de Dorrego se vio forzado a declarar el default, el primero de la historia argentina. 

   En tal situación de extrema vulnerabilidad económica, militar y diplomática, Dorrego finalmente cedió a las amenazas directas de Lord Ponsonby, el embajador británico, quien advirtió sobre una intervención de Inglaterra si no se aceptaba su propuesta. Así, se consumó la creación de la República Oriental del Uruguay, no como un acto de autodeterminación, sino como una imposición externa facilitada por una dirigencia argentina que prefería la fragmentación a la unidad. 

La represión

   La entrega de la soberanía abría la puerta a la siguiente fase de la conspiración: la eliminación física del liderazgo opositor.

   Tras fracasar en su proyecto de unidad centralista y ser desplazados del poder, los rivadavianos vieron en el regreso del ejército de la guerra con Brasil la oportunidad perfecta para retomar el control por la fuerza. Cínicamente, culparon a Dorrego por un resultado diplomático que ellos mismos habían fraguado desde el inicio, y prepararon el golpe de Estado.

   La cronología de los hechos revela una conspiración premeditada. El 1 de diciembre de 1828, el general Juan Lavalle derrocó al gobernador legal, Manuel Dorrego. El golpe fue legitimado por una "asamblea de notables" o "propietarios cogotudos", quienes en una iglesia del centro porteño ratificaron a Lavalle como gobernador. 

   Los ideólogos del golpe instruyeron a Lavalle sobre los pasos a seguir. Salvador María del Carril le exigió el fusilamiento, aconsejándole mentir descaradamente a la historia para justificar el acto, en una carta donde afirmaba que "si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos". Juan Cruz Varela fue aún más directo y finalizó su instigación con una orden perentoria: "cartas como esta se rompen". Siguiendo esas instrucciones, el 13 de diciembre de 1828 Dorrego fue fusilado en Navarro sin juicio previo.

   Este acto de "barbarie política" tuvo repercusiones inmediatas. El general José de San Martín, quien regresaba a su patria para ofrecer sus servicios, se enteró de la noticia al llegar al puerto de Buenos Aires. Indignado, se negó a desembarcar, repudió el asesinato y rechazó la oferta de su antiguo subordinado Lavalle para tomar el mando, refiriéndose a él como "La espada sin cabeza". 

La guerra civil

   El fusilamiento, lejos de pacificar, recrudeció la guerra civil y, paradójicamente, terminó beneficiando a Juan Manuel de Rosas. Aunque también formaba parte de la élite terrateniente, Rosas capitalizó el caos y el repudio al crimen para consolidar su propio poder, presentándose como el "Restaurador de las Leyes" y el vengador de Dorrego.

Políticas deliberadas

   La pérdida de la Banda Oriental y la desintegración del espacio rioplatense no fueron un accidente histórico ni una consecuencia inevitable de la herencia colonial. Fueron el resultado directo de una política deliberada de las élites porteñas, tanto rivadavianas como posteriormente rosistas, que optaron por la asociación con los intereses comerciales británicos y la amputación de territorios antes que permitir la consolidación de un proyecto nacional federal y alternativo al suyo. La entrega de la Banda Oriental fue el precio que pagaron para mantener el control de Buenos Aires y evitar el contagio de la "guerra social" que representaba el artiguismo.

   Esta dinámica, donde el interés faccional se impone sistemáticamente sobre el nacional, es uno de los pilares de nuestro subdesarrollo, dependencia económica y fragmentación política. Sucesores como Mitre y Roca continuarían ese legado, consolidando el país agroexportador atado a los vaivenes del mercado mundial y gobernado por una elite que siempre prefirió aliarse a potencias extranjeras para combatir a los pueblos del propio territorio. Sus acciones fundaron una doctrina que, nacida en este ejemplo histórico, no murió con él, sino que encontró reiterados sucesores. Sus ecos resuenan hasta el presente, en cada una de las recurrentes crisis que marcan nuestra historia.

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