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Libro recomendado

Cuentistas contemporáneos: Corrientes, Misiones, Formosa

Compiladores: Carlos Piegari y Orlando Van Bredam

En su contratapa leemos: "El litoral se expresa aquí, con veintisiete cuentistas, ricos en su diversidad temática y formal, dando voz a una geografía particular y fronteriza. Por Corrientes hallaremos los nombres de: Augusto Abelenda, Zunilda Blanchet, José Gabriel Ceballos, María Silvia Chichizola, Romy Espinoza, Pilar Romano y el homenaje a Gerardo Pisarello. Por la provincia de Misiones: Rodolfo Capaccio, Javier Chemes, Rosita Escalada Salvo, Osvaldo Mazal, Raúl Novau, Carlos Piégari, Carolina Repetto, Numy Silva, Alberto Szretter, Walter Tresols y, el homenaje a la querida Olga Zamboni. Por Formosa: Jorge Aponte, Sandro Centurión, Humberto Hauff, Adriana Helbling, Héctor Rey Leyes, Walter Rotela, Marina Silveri, Orlando Van Bredam y, el homenaje al gran narrador formoseño, Luis Rubén Tula. 

Con esta antología puede afirmarse con toda seguridad que el Nordeste argentino (Misiones, Formosa y Corrientes) tiene quien le escriba. En esta valiosa selección se encuentran el campo y la ciudad, el desamparo y el amor, de pareja o de familia, la miseria (cuando no la desesperanza), y también el acto solidario. Cada autor, cada autora, ha escrito en libertad y sin preconceptos, ha expuesto su forma de entender la literatura. Estos relatos muestran, demuestran, que fuera de los circuitos comerciales, donde no pocas veces afloran la vanidad o el golpe de efecto circunstancial, se teje otra clase de urdimbre que aspira a la persistencia. Que aspira a permanecer", Carlos Roberto Morán. 

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Cuentistas contemporáneos Corrientes, Misiones, Formosa. Colección Nordeste, Palabrava, Santa Fe, Argentina, 204 págs. 

Compartimos el inicio del cuento Pan curuica de Gerardo Pisarello que nació en Saladas, Corrientes, el 7 de septiembre de 1898, y falleció el 21 de abril de 1986. Fue poeta, escritor, periodista y docente. 

Dos años necesitó esperar Luisa hasta que pudo reunir lo indispensable para que le levantaran su rancho. Anduvo todo ese tiempo agregada con sus hijos por casa de los vecinos. Cuando ya termina do ella vino a ocuparlo, adelantó su satisfacción exclamando: "Con esto me arreglo". Se hubiera dicho que su vivienda reunía cierta comodidad, más una sola pieza constituía todo el rancho, y el material tan económicamente calculado no alcanzó siquiera para la pequeña cocina que tanto deseaba. Tampoco esto pareció afligirle mayormente. A la pregunta del techador de cómo iba a cocinar, con testó: "Ah, yo me arreglo".

Comprar un terreno, sabía que no lo podía hacer y no lo pensó más. El rancho está ahí como consecuencia, en la calle, al lado del camino que sale a las afueras del poblado, apretándose contra el alambrado para dejar paso a la gente que transita.

Hacía justamente una semana que estaba instalada en su rancho, en "mi casa" como decía ella, exagerando a fuerza de cariño la realidad. Esa mañana se había levantado a matear muy temprano. Como debía ir a su trabajo al salir el sol, y a ella le agradaba estar un rato ahí mirando el camino que es su patio, ha tomado esa costumbre de madrugar. No hubiera sabido decir con precisión cuál era la sensación que tenía, pero a ella se le iban la mirada y la imaginación por ese sendero de arena que se perdía a través del pastizal verde, perlado de rocío.

"Alguna vez tenía que ser", piensa mientras echa hacia atrás en el pasado todo lo que aún hoy, recordándolo, le amarga la vida. Porque, a decir verdad, a ella le caen como una pesadilla aquellos años de su infancia y de su adolescencia, esos años pasados con doña Facunda Pérez, mujer egoísta y despótica a la que fuera entregada por su madre, a quien por otra parte no había llegado a conocer. Como para no pesarle, con esos días de soledad, de trabajo duro y con la crueldad de los castigos y las mortificantes tiradas de pelo por los motivos más fútiles. A los diecisiete años ella se había podido liberar de esa vida, por el primer hombre que la enamoró y con quien huyó una noche. Siguieron los años de juventud con sus encuentros y desencuentros amorosos, de los que fueron quedan do los hijos a los que ahora debía cuidar, alimentar y vestir. Sin embargo, el cariño de esos hijos era lo único que la ataba a su vida de mujer sola.

En el otro extremo del camino, arriba mismo de los árboles comienza a asomar el sol con un resplandor brillante que baña la mañana. Es la hora de dejar a sus hijos y salir hacia la casa de sus patrones.

—Dora, Dora —comienza a llamar—. Levantate que yo me voy. Al momento la chica aparece en la puerta del rancho, media adormilada, desperezándose.  

—Lavate la cara y dentro de un rato andá a buscar el cocido para tomar con tus hermanitos.

Sale ella y toma el sendero de arena, a cuyo borde los pastos perlados de rocío le empapan las alpargatas hasta humedecerle los pies. Dora queda mirando a la madre que se aleja. Después entra para despertar a los hermanitos. Se sienta en el borde del catre don de ellos duermen profundamente y el mismo del que ella se levantara un momento antes.

Los observa. El más chico tiene la boca abierta y respira con tranquilidad. La actitud le produce risa y toma una ramita de la escoba de tipychata1 con la que comienza a hacerle cosquillas en la cara y en los oídos. Los manotones que da el otro tratando de librarse de lo que le molesta en el sueño, le producen más risa. Pese a todo, el hermanito no despierta. Va y trae un jarro de agua y tomando un trago en la boca, los asperja una y otra vez hasta que la sensación de frío los saca del sueño.

—Ahora le voy a contar a mamá que nos tiraste agua —lloriquea la hermanita. El más chico se pone a llorar resueltamente.

—Mamá ya se fue y ahora me voy yo también.

Del mismo jarro se derrama un poco de agua en la mano y se la pasa por la cara.

—Miren, esto para ustedes.

Los hermanitos miran y ella les saca la lengua. Antes de que los otros reaccionen, sale cerrando la puerta tras ella.

Dora toma el camino hacia la casa de los patrones de su madre. Trota porque sabe que, como todos los días, ya la estará esperando con la leche y el cocido en la puerta de calle.

Los dos hermanitos encerrados en la pieza del rancho cuando se convencen de que en verdad la otra se ha ido, se levantan. Ayudándose se lavan la cara con el agua que resta en el jarro. Se visten. Ella tiene un vestido suelto como un delantal, y se lo pone. Al hermanito le coloca su camisa de lienzo, que le llega hasta las rodillas. Se miran y sin decir nada vuelven a sentarse en el catre. Quedan quietos escuchando si viene Dora.

La puerta se abre de golpe. Dora la ha empujado con el cuerpo. Trae en la mano haciendo equilibrio el jarro con el cocido y unas galletas.

—Bueno. Alcancen los jarritos para tomar la leche. Cada uno extiende el suyo, donde ella vuelca el cocido hasta la mitad.

—Así está bien, porque si les pongo más, van a derramarlo.

Dentro del cocido que queda en el jarro grande, va echando pedazos de la galleta que le corresponde.

—Vos te tomás todo —dice la hermanita menor.

—Mentira, está solo hasta aquí —y Dora levanta el jarro y desde abajo señala como un dedo más arriba del fondo. Los otros miran incrédulos.

—Sí —insiste ella—, me golpeé en el camino y casi se me derramó todo. Gracias que quedó esto.

Les da la espalda y se pone a comer para que los otros no la vean. Dora termina de tomar su cocido, lava su jarro y lo cuelga en un clavo de la pared… (continúa).

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