La sensación. Relatos diversos
Autor: Diego Marín 
 Editorial: ConTexto
En este libro se reúne una serie de relatos deliberadamente breves de diversos tipos y géneros. Se trata de una colección de piezas sueltas, sin una relación necesaria entre sí, excepto por el propósito de estimular el pensamiento y la reflexión.
Está compuesto en total de dieciocho partes. En las primeras seis se cuentan acontecimientos reales, parcialmente ficcionados, vinculados a ciertas personalidades (algunos escritores, un pintor, un expresidente y un militar).

En las siguientes doce se narran historias verídicas y fantásticas de otras personas, referidas a sucesos de distinta naturaleza (judiciales, policiales, sociales, matemáticos, de inteligencia artificial y metafísica).
El título La sensación se corresponde con el último de los relatos y con la intención general de la obra de explorar emociones y percepciones humanas.
Diego Marín nació en Resistencia (Chaco), en 1962, es abogado; fue funcionario judicial en diversos tribunales inferiores del fuero penal, relator de la Sala Criminal y Correccional del Superior Tribunal de Justicia del Chaco y docente universitario. En el campo literario, es autor de la novela judicial ‘El jurado siete (7)’ y de ‘La sensación. Relatos diversos’.
Sobre el libro

Juan Basterra, escritor y docente, dijo sobre el libro: De todas aquellas felicidades con las que el azar puebla nuestra incierta existencia, la lectura de un libro no es -por más irrisoria que la consideremos- una de las menos gratas. Si esa lectura y ese encuentro son acompañados por la certeza de la adquisición de un bien de naturaleza bienhechora e instructiva, nuestra dicha es perdurable y agradecida. Todo eso es lo que experimentamos con ‘La sensación’, libro de Diego Marín.
Los relatos de la obra son dieciocho, agrupados en dos partes: ‘De personalidades’ y ‘De otras personas’. Como bien indican sus títulos, la intención del autor es crear una suerte de clasificación temática que oriente al lector hacia el sitio preciso. Esta intención se satisface, no solamente con la agrupación en la naturaleza de los temas, sino también (y esto es mucho más importante), con la claridad expositiva de cada uno de los relatos y la independencia de las historias tratadas. La progresión dramática, el uso de una adjetivación mesurada pero necesaria, la enumeración de los cuantiosos pormenores que magnifican el efecto de las historias, la convivencia entre lo real y lo imaginado, la difusa sustancia de la verdad y los hechos acaecidos y, en muchos casos, el final inesperado y contundente de la trama, son algunos de los mecanismos de que se vale Marín (conscientemente o de otra manera) para obtener el efecto buscado. Se podrían pormenorizar muchos ejemplos para señalar la singularidad de este libro. Yo elijo tres (con todo lo que esa selección comporte de subjetivo y personal).
El primero de los ejemplos corresponde a la historia de un episodio casi orillero y de malevaje, pero de resolución pacífica. En él, un personaje apellidado Garmendia, en su conversación de reclamo con otro de apellido Benítez, utiliza, además de los usos y giros del habla popular (dosificados en un delicado equilibrio en el que no sobra ni falta nada), palabras letradas. Este procedimiento remite a una consideración expresada por Borges en el ‘Prólogo a la edición de 1954’ de su libro ‘Historia Universal de la Infamia’: "(. . .) el compadre aspira a la finura, o (esta razón excluye a la otra, pero es quizás la verdadera), porque los compadres son individuos y no hablan siempre como el Compadre, que es una figura platónica". Marín, que reconoce en Borges a uno de sus modelos literarios (en el cuento se recupera el tono amenazante y límpido
de algunos relatos contenidos en ‘El informe de Brodie’) sigue de manera precisa los dictados del ‘bardo’ de Palermo.

En el segundo de los ejemplos, ‘El pasado siempre vuelve’, Marín recurre a la ficción histórica, refiriendo un episodio poco conocido, y no por ello menos dramático: el intento de magnicidio hacia Domingo Faustino Sarmiento durante la noche del 22 de agosto de 1873. En el relato, el autor hace consideraciones relacionadas a lo postulado por Borges en su cuento ‘El sur’: "(. . .) Al destino le gustan las simetrías, los leves anacronismos". Tres hombres: Luis Casimir y los hermanos italianos Pedro y Francisco Güerri "contratados por un agente de Ricardo López Jordán, el mismo que ordenó la muerte de Urquiza" atentan contra Sarmiento con un arma de fuego. El disparo efectuado por Francisco Güerri con un trabuco de bronce de boca ancha, a poca distancia de Sarmiento, falla por el exceso de pólvora. Uno de los tres hombres, Francisco Güerri, el ejecutor, es condenado a veinte años de prisión; los otros dos, Luis Casimir y Pedro Güerri, a quince (al primero se le reducirá la condena a diez años). Pedro Güerri morirá en prisión antes de la conmutación de las penas. Ciento cuarenta y nueve años después de aquel episodio, el reciente intento de asesinato de la vicepresidente en funciones, Cristina Fernández, reaviva aquel hecho lejano y poco conocido, planteando la noción o idea de la circularidad del universo y los destinos, tan caros al pensamiento borgeano. Marín agrega a esto una reflexión de marcado carácter filosófico, escribiendo: "La exacerbación de las diferencias, los intentos de exterminio de las ideas ajenas, el sostenimiento de posiciones extremas y rígidas, el fomento del fanatismo a través de discursos, símbolos y eslóganes, a modo de juicio sintético a priori, buscan cautivar a las masas mediante el uso de la cancelación de la razón concreta y del pensamiento crítico". La idea pitagórica de la circularidad del cosmos de la que habla Borges en su poema ‘La noche cíclica’ es retomada por Marín en un remate soberbio, al escribir: "Esto pareciera encontrar su demostración fáctica en nuestra actual realidad política, desarrollada a imagen del pasado, anticipando, tal vez, su futura replicación".
De esos, y de otros relevamientos, está constituido el libro. No sería tedioso agregar algunas de las palabras que epilogan el relato que da título a la obra: "Sigo tratando vanamente de comprender. Pero aún no puedo superar la endeblez de las meras suposiciones, de las simples figuraciones, o, quizás, la inevitable represión de los anhelos". En esta manifestación de los dictados de la conciencia, en esa aspiración de la labor intelectual y los productos que de ella derivan, se pueden encontrar el sentido y la ejecución de este libro. Los lectores, seguramente, estarán en un todo de acuerdo conmigo.

















