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Sedentarismo y salud

El sedentarismo, definido como un estilo de vida con poca actividad física y largos periodos de inactividad -como estar sentado o acostado durante gran parte del día-, representa uno de los mayores desafíos de salud pública en la actualidad. A pesar de los avances en el conocimiento médico y la promoción de estilos de vida saludables, muchas personas siguen sin incorporar suficiente movimiento en su vida diaria, lo que se traduce en consecuencias tanto para el bienestar individual como para los sistemas de salud.

La inactividad física es señalada como un factor de riesgo importante para una serie de enfermedades crónicas. Diversos estudios realizados en pacientes de distintas edades confirman que el sedentarismo aumenta la probabilidad de desarrollar obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, ciertos tipos de cáncer (como el de colon y mama), demencia y trastornos de salud mental como la depresión. Según los investigadores, se comprobó que estos efectos están directamente relacionados con la disminución del gasto calórico, la pérdida de masa muscular, el debilitamiento de los huesos y la alteración de los procesos metabólicos que se producen al permanecer inactivo durante mucho tiempo.

Pero eso no es todo. Además del daño físico, el sedentarismo también tiene implicancias en la salud mental. La falta de actividad física puede afectar el estado de ánimo, la autoestima y la calidad del sueño, lo que a su vez repercute negativamente en la productividad y la interacción social. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca del 31% de la población adulta mundial —unos 1.800 millones de personas— no alcanza los niveles mínimos recomendados de actividad física. Esta tendencia permaneció prácticamente inalterada desde 2003, lo que refleja una falta de progresos en la lucha contra la inactividad.

El informe también revela que las mujeres tienden a ser menos activas que los hombres (34% frente al 29% de inactividad), y los adultos mayores, especialmente los mayores de 60 años, también presentan tasas más altas de sedentarismo. Por otro lado, se observa que los países de altos ingresos presentan niveles de inactividad física más altos que los países con menores recursos, lo cual podría estar vinculado a estilos de vida más automatizados, el uso intensivo del transporte motorizado y el predominio de empleos sedentarios. Por otra parte, se cree que la pandemia y el auge del teletrabajo contribuyeron aún más a esta situación. El hecho de trabajar desde casa, muchas veces sin una estructura clara, ha llevado a que muchas personas reduzcan drásticamente su nivel de movimiento diario, agravando problemas físicos y mentales preexistentes.

A pesar del panorama desalentador, existen múltiples estrategias para contrarrestar el sedentarismo. En el plano individual, cualquier nivel de ejercicio es mejor que ninguno. Incorporar caminatas diarias, usar escaleras en lugar de ascensores, realizar pausas activas durante la jornada laboral o practicar actividades como el ciclismo o la natación puede mejorar significativamente la salud física y mental. La OMS recomienda al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada o 75 minutos de actividad intensa para mantener una buena salud.

Desde el enfoque comunitario y político, en tanto, es fundamental fomentar entornos urbanos que inviten a la actividad física. Mejorar el diseño de ciudades, creando espacios peatonales seguros, ciclovías accesibles y áreas verdes atractivas, puede motivar a la población a moverse más. Los espacios públicos no solo promueven el ejercicio físico, sino que también fortalecen el bienestar mental al facilitar la interacción social y el contacto con la naturaleza.

En ese sentido, un estudio realizado en el Centro Médico Samsung de Seúl, Corea del Sur, demostró que las personas que pasaban más tiempo en espacios verdes urbanos en compañía de otros reportaban mayor bienestar físico, mental y social. Este hallazgo refuerza la importancia de crear infraestructuras que no solo favorezcan la actividad física, sino también las relaciones humanas y la calidad de vida.

El sedentarismo afecta a todas las edades y regiones del país. Sus consecuencias en la salud son importantes ya que abarcan desde enfermedades crónicas hasta trastornos mentales, pasando por un aumento del gasto en salud pública y una disminución de la productividad. Combatirlo requiere un enfoque integral que combine esfuerzos individuales, comunitarios y gubernamentales. Promover estilos de vida activos es una cuestión de bienestar personal, pero también debe ser una prioridad de la salud pública.

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