Aprender de las diferencias
El Día Internacional de la Tolerancia, que se celebra cada 16 de noviembre, tiene como objetivo promover el respeto y la comprensión mutua en todas las comunidades del mundo. Se trata de una iniciativa que busca fortalecer la convivencia pacífica, a partir del reconocimiento y la valoración positiva de la diversidad cultural, étnica y religiosa que existe en todos los países.
La tolerancia, entendida no como un acto de indiferencia, sino como el respeto profundo hacia la pluralidad cultural, las distintas formas de expresión y la dignidad humana, es un principio fundamental para la convivencia pacífica y el desarrollo de los países. Sin embargo, en un contexto cada vez más polarizado, esta virtud parece estar en peligro. La proclamación de este día por parte de las Naciones Unidas, en 1996, responde a la necesidad de construir un mundo más inclusivo y respetuoso. En su Declaración de Principios sobre la Tolerancia, la UNESCO enfatiza que la tolerancia es la base sobre la cual se levantan las sociedades democráticas, donde el reconocimiento de los derechos humanos y las libertades fundamentales debe ser la norma. No obstante, el contexto político y social de muchos países, incluido Argentina, muestra una realidad tan compleja como preocupante: la polarización social, alimentada por las posiciones extremas en el debate público, puede erosionar las bases de esa convivencia.
En ese sentido, un estudio reciente reveló una de las problemáticas más graves que enfrenta la democracia en América Latina: el creciente nivel de polarización. Según el informe "La droga oculta", realizado por la organización Más Democracia y la consultora Llorente & Cuenca, Argentina se encuentra entre los países con mayor grado de polarización en la región. Este fenómeno, exacerbado por las redes sociales, está convirtiéndose en una especie de "adicción social", donde las posturas extremas ganan terreno y las voces moderadas parecen quedar relegadas a un segundo plano.
La polarización no es un fenómeno nuevo, pero su magnitud actual es inédita. El informe revela que, en los últimos cinco años, el nivel de radicalización en las conversaciones públicas de Iberoamérica ha aumentado un 39%. En países como Brasil, donde las divisiones políticas son especialmente profundas, el impacto de la polarización en el tejido social ha sido devastador. Argentina, que ocupa el segundo lugar en este preocupante ranking, no está exenta de los efectos corrosivos de este fenómeno. Las redes sociales, como señala el estudio, han jugado un papel crucial en la expansión de este problema. Si bien son plataformas que promueven la interacción y el intercambio de ideas, se han convertido en espacios donde las posturas más radicales encuentran un eco resonante. Lo que ocurre es que los algoritmos que alimentan estas plataformas priorizan el contenido que genera más emociones intensas, lo que favorece la polarización y la radicalización de las opiniones. Así, lo que debería ser un espacio de debate abierto, respetuoso y plural, se transforma en un campo de batalla donde se imponen las voces extremas y se descalifican las opiniones distintas. Este escenario plantea un gran desafío para las democracias contemporáneas. La polarización no solo afecta la calidad del debate público, sino que también amenaza la cohesión social. La tolerancia, entendida como el respeto por la diversidad de pensamientos, creencias y culturas, es el antídoto contra este clima divisivo. No se trata solo de tolerar al otro en términos superficiales, sino de reconocer y valorar su humanidad, de comprender que las diferencias no son amenazas, sino oportunidades para el enriquecimiento mutuo.
La polarización, con frecuencia, se alimenta de la ignorancia selectiva, del desprecio por la evidencia que contradice nuestras creencias. Es, en última instancia, un proceso de reafirmación de ideas sin un verdadero cuestionamiento. Este fenómeno no solo perjudica la calidad de los debates, sino que también pone en peligro el ejercicio de la discrepancia en una democracia. Es que las posturas extremas tienden a marginalizar las posiciones intermedias y a excluir a aquellos que buscan el consenso. Para contrarrestar este proceso, es imprescindible recuperar el valor de la tolerancia. Es necesario promover una cultura de respeto que no se limite a la tolerancia pasiva, sino que implique una genuina apertura hacia el otro.
Las sociedades democráticas deben fomentar el diálogo constructivo, la escucha activa y la reflexión crítica. Solo a través de estos mecanismos se podrá construir una sociedad que además de ser plural en términos de identidad y cultura, también lo sea en su capacidad para gestionar y aprender de las diferencias.
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