Pasado, presente, pasado
Alejandro Borensztein acuñó una definición simplemente genial de un rasgo de nuestro país. Escribió que la Argentina es un país en el que, si uno viaja al exterior por unos días, al regresar se puede encontrar con que ha cambiado todo. Puede aparecer un corralito bancario, pueden asumir y caer cuatro presidentes en una semana, puede producirse una megadevaluación del peso. Pero somos también ese país en el que, si el regreso se da luego de veinte años de vida en el extranjero, uno halla que no ha cambiado nada.
Si los dos componentes del postulado son ciertos (y es difícil pensar que no lo son), la única manera de que tal cosa suceda es que esos cambios bruscos, incluso traumáticos, que alteran todo en un pequeño espacio de tiempo, sean parte de segmentos mucho más largos, medidos en décadas, en los que la realidad se desarrolla con un instinto que indefectiblemente reinstala el pasado. Dar vueltas y saltos para volver, a veces pronto y otras no tanto, al mismo punto de partida. Un origen a lo sumo retocado por los asuntos de la finitud biológica y la evolución tecnológica. Pero en el fondo la misma película. Antes en blanco y negro, luego en colores, ahora en ultra 4K.
A ODIAR
Como la producción cinematográfica es tan repetida, es inevitable que también se torne aburrida. La Argentina, en esa dimensión, es un país que aburre. Seguimos debatiendo sobre Rosas, Sarmiento, Roca, el Perón del ’45, los setenta. Observadores y partícipes de un delay político de cuarenta o cincuenta años. Es obvio que, con tanto pasado metido en el hoy, el espacio que queda para el futuro es así de chiquito. Es más, hasta al presente le cuesta hacerse de un lugar. Quizá por eso los grandes partidos, desde hace mucho, consideraron innecesario diseñar y mostrar el modelo de país detrás del cual se supone que van y hacia el que deberían pretender llevarnos. Y hablamos de un proyecto en serio, no de la sanata de siempre.

Los debates son rancios. La violencia en el discurso y la acción política también, y aun así apareció de mil maneras durante el reclamo por los fondos de la educación superior. La universidad, siempre asociada con las vanguardias culturales, el pensamiento y la opinión como derechos sagrados, se expusieron en una preocupante cantidad de casos como reductos de intolerancia y fascismo. "Los violentos son ellos, y los vamos a matar a todos", dijo por TV un manifestante en las cercanías del Congreso. Se refería al oficialismo libertario. Sería hasta gracioso si no lo fuera.
En ese caldo, el gobierno se siente cómodo. Ya hay politólogos y especialistas en marketing de rango internacional (por ejemplo, el italiano Giuliano da Empoli, en "Los ingenieros del caos") que vienen marcando que el odio es un combustible fabuloso para cualquier proyecto de poder, si se combina con un uso adecuado de las redes sociales. Atribuye, en parte, la expansión de los populismos de derecha en Europa a esa ecuación.
NAFTALINA
El viento desparrama el olor a naftalina. Legisladores libertarios visitan genocidas de la última dictadura en su lugar de reclusión, Firmenich reaparece para dar cátedra sobre cómo debe ser una democracia, dirigentes peronistas de 2024 hablan de la caída del gobierno elegido por el voto popular como si estuvieran en 1966 conspirando contra Illia, Milei le quita su nombre original al Centro Cultural Kirchner para llamarlo Palacio... Libertad.
Sucede también en el Chaco, claro. Por algo somos la provincia más atrasada del país. Lo curioso es que aquí hay una parte del pasado, de ese pasado que tapa todo, que quedó al margen del presente. En la primera etapa de la democracia recuperada, en los ’80, el diálogo entre los principales caudillos del PJ y la UCR era habitual. Incluso en el gobierno de Florencio Tenev había funcionarios radicales, que formaban parte de los directorios de organismos. Se dialogaba, no siempre danzando en una ronda y tomados de las manos, pero no había una guerra a la vuelta de cada esquina.
Ya olía a viejo que un funcionario de Jorge Capitanich llenara las cuentas de Whatsapp de directivos de medios de prensa con capturas de pantalla o fotografías de las notas periodísticas que le desagradaban, todo acompañado de mensajes nada sutiles sobre lo que podía llegar a suceder con los pagos de pauta publicitaria si esa línea editorial persistía, y vuelve a oler añejo que el exgobernador peronista sea sacado del aire, sin ningún tipo de explicación, en pleno desarrollo de una entrevista que se le realizaba por el canal estatal provincial, como ocurrió días atrás.
Ni siquiera es que el pasado vuelve. Es que pareciera nunca haberse ido.
COORDENADAS DE TIEMPO
El desafío para nuestra dirigencia es, al fin de cuentas, que se arrimen al hoy. Año veinticuatro del siglo veintiuno, son las coordenadas que tener en cuenta. Ya ni siquiera les pedimos un futuro. Por lo menos dennos un presente. Modesto, seguramente, pero al menos racional. Demuestren que les importamos. Hablen. Ya nos pusimos grandes, no nos divierte la grotesca imitación a Titanes en el Ring.
Ustedes también ya son grandes, demasiado. No nos sirve que canten rock frente a la multitud, que se compadezcan por el ajuste sobre los jubilados después de haber aplaudido -más de una década atrás- el veto al 82% móvil, que digan que a este parto cotidiano lo paga solo la clase política, que los problemas reales de la gente sean problemas solo cuando se está en la oposición, que se peleen como si esto verdaderamente fuera una historia de buenos y malos.
Hagamos, todos, la prueba de crecer. No suena divertido, tampoco apasionante, pero por ahí sale bien.
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