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Tan cerca, tan lejos

La marcha hacia octubre está marcada, en gran medida, por la incertidumbre. El primer test del gobierno de Javier Milei tiene todos los interrogantes abiertos. Las encuestas afirman que el presidente conserva, en general, la condición de ser la figura con mejor imagen entre la dirigencia política, pero detrás de esta afirmación hay bastante letra chica que considerar. Por caso, que en la Argentina de hoy ser "un político con buena imagen" es, en realidad, estar en el lote de los que menos miradas negativas reciben de la población, porque prácticamente no hay hombre o mujer de la escena pública que no afronte un nivel de reprobación superior a 50%. Es decir que los personajes con mejor imagen, en realidad, no son los más apoyados, sino los menos rechazados.

Otra aclaración pertinente es que la imagen que miden las consultoras no se traduce necesariamente en un volumen equivalente de votos. Leandro Zdero, por ejemplo, figura en los informes mensuales de la consultora CB como el gobernador argentino con mejor imagen, que muestran grados de aprobación por encima de 60%, pero en las elecciones del 11 de mayo la boleta de su coalición, Chaco Puede, obtuvo un 45% de los sufragios.

Por si faltara algo, además es todo un interrogante cuál será la propuesta electoral de Milei ni sus correlatos en cada distrito. No solamente en cuanto a candidaturas, sino también en relación a probables alianzas y probables rupturas. Y a modo de envoltura de todo eso está el país que tendremos en octubre, que es toda una incógnita en sí mismo. ¿Un escenario estable y en crecimiento? ¿Economía en el freezer? ¿Mejora en los ingresos o consumo planchado? ¿Dólar tranquilo o convulsión cambiaria? ¿Mejora en el mercado laboral o más pérdida de empleos?

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MICRO Y MACRO

Ya que nos pusimos complicados, agreguemos un factor más de incertidumbre: las percepciones. Las cosas pueden estar bien, pero si la sociedad las percibe como malas, votará en función de esa impresión. Y si sucediera lo contrario, también.

En esto influye algo que el nuevo vocabulario de estos tiempos menciona como "lo micro" y "lo macro". Es una diferenciación novedosa en el debate cotidiano de los argentinos. La macroeconomía (la situación de las grandes variables) y la microeconomía (lo que le toca en suerte a la persona común día a día) son dos dimensiones que interactúan, pero que, en términos electorales, pueden ir por caminos muy distintos.

Simultáneamente, las demandas sociales van modificándose. Tal como se perfila hoy la escena, eso es algo que juega en contra del gobierno. Es así porque, por ejemplo, el logro más importante que puede mostrar Milei, la fuerte caída de los índices inflacionarios, es un mérito que ya no cotiza tanto en el ánimo colectivo como en los finales del gobierno de Alberto, Massa y Cristina, cuando el estallido de una nueva hiper parecía inevitable.

Hoy las preocupaciones pasan por el temor a perder el empleo (o a no conseguir otro, en el caso de los desocupados) y por lo lejos que queda cada fin de mes con los salarios actuales. En la semana que pasó, el encuestador Alejandro Catterberg, de la consultora Polinomia, contó que en sus sondeos empieza a crecer la franja de personas que, ante la pregunta de cuál problema lo inquieta más, responde "llegar a fin de mes". Contó que esa contestación no aparecía, con los niveles actuales, desde hace unos quince años.

También en la semana, en una entrevista televisiva, Guillermo Oliveto, especialista en consumo y autor de un éxito literario dedicado a analizar la declinación de la clase media en la Argentina, contó que en un focus group realizado para un estudio de opinión, un participante lo impactó con una frase con la que retrataba sus vivencias en el contexto de crisis: "Ir al supermercado duele".

CERCANÍAS

Con ese panorama, no hay que sorprenderse de lo que viene sucediendo en el año electoral. Si uno ve más allá de la cáscara de las campañas y las grillas de ganadores y perdedores, el dato saliente de las elecciones provinciales y municipales realizadas hasta aquí es la bajísima asistencia ciudadana a las urnas.

En los comicios chaqueños el presentismo fue el más bajo desde la recuperación democrática de 1983, un 52%. Una semana después, en las elecciones de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pasó algo similar: votó el 53% del padrón. En Misiones, el 8 de junio, la aguja no se movió mucho y la asistencia fue de 55%.  Son cifras que marcan la gravedad de la crisis de representación en nuestro país, con un impacto imponderable en la legitimidad de las autoridades que el sistema unge. 

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Lo podemos ver mejor con un ejercicio matemático, simple pero revelador. Se trata de determinar el porcentaje de votos recibidos por las principales fuerzas políticas en las elecciones legislativas del Chaco, pero calculándolo no sobre los denominados "válidamente emitidos" (es decir los que no son nulos ni en blanco), sino con respecto al total de personas habilitadas a votar. 
Si lo hacemos de ese modo, resulta que el frente oficialista, Chaco Puede, no obtuvo el 44% de los votos, como indica el cálculo legal habitual, sino el 23% (insistimos, del total del padrón). El Frente Chaco Merece Más, en tanto, baja de 32% a 17%, y la tercera fuerza de mayo, Primero Chaco, pasa de 11% a 5%.

En Misiones se podría decir que fue todavía peor. Las elecciones fueron ganadas, en un panorama bastante parcelado, por el oficialista Frente para a Concordia. Obtuvo un 28,6% de los votos en el escrutinio oficial. Pero sus votos representan el 14,8% del padrón. ¿Ganar una elección con el 14%? 

En síntesis: el fenómeno lleva a tener representantes votados cada vez por menos gente. Entonces, ¿qué tan representantes pueden ser?

DESCONECTADOS

Hay, sin embargo, una desconexión mucho mayor, que no se mide en números, y es la que hay entre una sociedad que necesita cambios profundos para resolver dramas estructurales y quienes desde el oficialismo y la oposición deberían ocuparse de brindar tales respuestas. El debate político está degradado a niveles inéditos, y el papelón de días atrás en el Congreso no hace más que subrayarlo y agregarle un moño. Esa chatura, convertida en pura berretez, es hoy la mayor fuente de desesperanza. La peor noticia en torno a esto es que esos personajes grotescos salen de entre nosotros. Inspiran las peores emociones por lo que son y porque operan como un espejo doloroso.

Es tan así, que las barrabasadas renuevan la capacidad de asombro. Con la condena a Cristina Kirchner, a raíz de los descomunales hechos de corrupción que se le comprobaron, uno ya se acostumbró a escuchar cualquier locura de la vasta dirigencia peronista embarcada en una estrategia tardía de encubrimiento y complicidad, pero días atrás nada menos que una jueza de la Nación, María Servini de Cubría, teorizó acerca de una liberación no tan lejana de CFK. "No visualizo una prisión a largo plazo porque es tan conflictiva la prisión domiciliaria que llega un momento en que no se la puede mantener". ¿En qué argumento basa semejante idea? En que casi no hay antecedentes de expresidentes condenados a prisión efectiva. "Dígame a cuál ha visto que ha cumplido la condena de prisión, toda -le preguntó a quien la entrevistaba-. Hay un presidente que fue famoso, creo que, de África, una cosa así... dígame si hay otro. Es un conflicto permanente de todos los días", agregó. ¿No es una locura que una magistrada que lleva décadas en su cargo, supuestamente elegida luego de constatar su idoneidad moral e intelectual para semejante real, diga algo como eso? ¿En qué parte del Código Penal se establece que si una condena puede volverse "un conflicto permanente" corresponde liberar al delincuente? Y aunque seguramente seguiremos escuchando y leyendo cosas peores, hay que reconocer que Servini dejó altísima la vara.

Fotografías del país que tenemos y que somos. En estos tiempos en que las redes ayudan a gobernantes y otras figuras públicas a mostrar "cercanía" (la nueva palabra mágica), la realidad real muestra a diario que lo más cercano puede estar lejísimo, y viceversa.

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