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El default de Cristina

En 2012, durante el mandato de Cristina Kirchner, el país sufrió un duro golpe: le embargaron un total de 28 bienes en el exterior. Ello ocurrió después de que los bonistas rechazaran un plan de pago propuesto por el presidente anterior, Néstor Kirchner.

Entre los bienes embargados al Estado argentino figuraban la Fragata Libertad, el avión presidencial Tango 01, la casa donde vivió el General San Martín en Boulogne Sur Mer (Francia), las residencias de los embajadores argentinos en Estados Unidos, las cuentas bancarias del Banco Nación y del Banco Central en Nueva York, un satélite, y hasta inmuebles de las Fuerzas Armadas en el exterior.

A pesar de este embargo, continuó no habiendo arreglo en los dos años que le siguieron, razón por la cual el 30 de julio de 2014 Argentina fue declarada en default.  Cristina Fernández protestó enérgicamente: "Default es cuando alguien no paga, y Argentina pagó", dijo. "Decir que estamos en default es una patraña absoluta", afirmó su jefe de Gabinete, Jorge Capitanich.

El hecho concreto era que a pesar de que el 26 de junio de 2014 Argentina había girado 539 millones de dólares para pagar a una parte de los bonistas, ese 30 de julio el país entró en default.

Había sucedido que el referido giro no había llegado a manos de sus destinatarios debido a que el juez Thomas Griesa había tomado la decisión de que si no se pagaba a los fondos buitres tampoco se le podía pagar al resto de los acreedores. "O se les paga a todos, o a nadie", había resuelto el magistrado neoyorquino.

Todo el dinero que Cristina dijo que se había pagado en realidad había quedado congelado en una cuenta que el Bank of New York Mallon tenía en el Banco Central.

La declaración de default puso al país en una delicadísima situación: daba libertad a todos los acreedores para reclamar el inmediato pago de la totalidad del capital. Aproximadamente 29.000 millones de dólares, casi el total de reservas de divisas de Argentina, quedaron al alcance de los fondos especulativos para ser llevados.

El ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgan Schauble, declaró que en la Argentina se insultaba a los fondos y se los llamaba buitres, cuando la causante del default era la propia Argentina.

Tal declaración despertó la furia de Cristina, quien también criticó duramente al embajador norteamericano en el país, Kevin Sullivan, por haber dicho que "Argentina necesita hacer algo para salir pronto del default".

Pero no paró allí. También acusó de conspiradores a los gobiernos de Barack Obama y de Ángela Merkel, al juez Thomas Griesa y a la justicia neoyorquina. Puso en la misma bolsa de conspiradores a banqueros, empresarios, medios de comunicación (especialmente Clarín) y cueveros de la city. Todos —según ella— eran cómplices de los buitres.

Pero el hecho concreto es que Argentina estaba en default y necesitaba salir urgentemente de esa situación debido a que ya no podía tomar dinero del exterior y, para financiarse, le quedaban sólo dos caminos: devaluar el ya demacrado peso o emitir sin respaldo nuevos billetes, con los daños colaterales que ello implicaría a futuro. 

"Nada de confianza"

Fue en ese marco que en septiembre de 2014 la consultora Management & Fit hizo una encuesta bajo esta consigna: "¿Le genera confianza la manera en que CFK conduce el gobierno?".

Ese 2014 fue un año en que cada día la población se enteraba de algún nuevo caso de corrupción, el país continuaba en virtual cesación de pagos, y muchos inversores internacionales afirmaban que el Banco Central estaba en "estado de bancarrota". Para colmo, la presidenta —además de mostrarse más a la izquierda que nunca— se peleaba con medio mundo.

En enero, la moneda se había devaluado (Cristina había jurado que no iba a devaluar), y en los primeros ocho meses del referido año el Central había perdido reservas por 2.700 millones de dólares.

La inflación, emisión de billetes y recesión se habían acelerado, y las deudas del Central equivalían a casi sus reservas, que eran de 28.000 millones de dólares.

Desde el 31 de octubre de 2011, cuando el ministro Kicillof y el secretario Guillermo Moreno impusieron el cepo cambiario, la caída de reservas había superado ya los 20.000 millones de dólares. Tal caída equivalía a casi la mitad de lo que tres años antes había padecido el expresidente del Banco Central, Martín Redrado.

"¡Perdiste con dignidad!"

Habida cuenta que Cristina quería seguir emitiendo, el presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, preguntó al ministro de Economía, actual gobernador de Buenos Aires: "Axel: ¿le has explicado a la presidenta lo que significa tener que emitir 120.000 millones de pesos más antes de fin de año? ¿Ella sabe que ya tenemos cerradas las puertas a los dólares que puedan venir del exterior, y que las automotrices ya no tienen divisas para importar?"

Cuatro años después, el 5 de junio de 2018, Capitanich dijo que el gobierno de Macri se estaba robando 150.000 millones de dólares. "Son unos delincuentes descarados", apuntó. En aquel señalado encuentro, Fábrega advirtió a sus tres interlocutores. Fábrega, Kicillof y Capitanich: "Si el Banco tiene que seguir bancando el déficit, mejor que nos preparemos para una mayor inflación".

A Fábrega le costó el cargo decir que el Banco Central no tenía por qué ser ventanilla de un gobierno en rojo y que emitir descontroladamente billetes para prestarle recursos al Gobierno era inflacionario. Pensar y obrar así le costó el cargo.

Se sintió tocado en un encendido discurso que la presidenta pronunció el 30 de septiembre de 2014 y al día siguiente, 1 de octubre, presentó su renuncia, y se fue. En los primeros días de octubre su sucesor, Alejandro Vanoli, le transfirió al Gobierno 11.633 millones de pesos.

El posterior ascenso a la Presidencia de Mauricio Macri, un empresario que ni partido tenía, significó una sola cosa: que el kirchnerismo no había hecho bien las cosas.

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