Judicializar la fe
En cierta ocasión, unos mil años antes del nacimiento de Jesús, comandaba al pueblo de Dios el profeta Samuel, que había nacido en Ramá, a unos 10 km al norte de Jerusalén.

Los profetas eran personas a través de las cuales Dios hablaba al pueblo; habitualmente gobernados por reyes y sacerdotes, cada uno en su rol, pero los profetas aparecieron como una especie de control moral sobre ambos, debido a la corrupción que los había alcanzado.
Pedido desagradable
Precisamente fue Samuel quien estableció al primer rey de Israel, llamado Saúl, acontecimiento que no contó con su acuerdo previo. Suceso que tuvo su origen en la disconformidad del pueblo debido a que no querían ser gobernados directamente por Dios. Bajo esa premisa, le dijeron al profeta, que también cumplía con el rol de juez, "Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue y gobierne, como tienen todas las naciones".
Apesadumbrado por semejante pedido, Samuel hablo con Dios, quien le dijo: "Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos".
Esta condición es una muestra del proceder de todos aquellos que rechazan al mensajero; porque Samuel era solo eso, un instrumento del cielo; pero en realidad, en el fondo estaban rechazando a Dios mismo, porque salvo excepciones, la gente no quiere que nadie gobierne su vida.
Llevar a la justicia a los que son instrumentos
Días atrás aconteció en la ciudad de Rosario, que el titular de una ONG, que hace tiempo encabeza una causa judicial contra las sectas, en especial una que según sus dichos destruyó a su familia, avanzó ahora contra una mujer miembro de un sector del cristianismo que realiza milagros de sanidad ante miles de seguidores.
Pidió a la Justicia local que verifique si efectivamente esta mujer tiene poderes de sanación, tal como los medios de comunicación lo afirmaron en reiteradas ocasiones, porque el afirma que no es cierto. Pero la Justicia no posee facultades espirituales como para determinar si esta mujer tiene o no poderes celestiales delegados para curar enfermos; porque el fenómeno de la fe no es un terreno para las especulaciones humanas.
Reiteramos, ante cualquier enfermedad recomendamos ir al médico, sin dejar de lado la fe y recurrir a Dios para que haga un milagro, porque lo uno, no anula lo otro; las dos cosas pueden dar resultados positivos. Salvando las distancias espirituales que existen, es algo muy parecido a lo que ocurrió con el profeta Samuel. En este caso, no están rechazando a ella, sino al poder sobre natural de Dios puesto de manifiesto en miles de personas que recibieron sanidad para sus cuerpos por medio de sus oraciones.
Eso nadie lo puede negar, como dijo alguna vez el ciego sanado por Jesús: "Una cosa se, que antes era ciego y ahora veo". Y esto ocurre porque la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve, y nadie puede colocarse en el medio de ella.
Algunas enfermedades son producto del pecado
Si bien es cierto que la sanidad es parte de los dones que recibe la iglesia para ayudar al prójimo, el texto bíblico no afirma que una enfermedad en particular sea producto del pecado. Se lo preguntaron a Jesús cuando le dio la vista a un ciego de nacimiento, le dijeron: "Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en el muchacho".
También es cierto que algunas enfermedades sí son producto del pecado, como por ejemplo aquellas que señaló el apóstol Pablo cuando enseñó acerca de los requisitos para participar de la Cena del Señor o la Eucaristía, al respecto dijo: "Cualquiera que comiere de este pan y bebiere de esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y la sangre de Cristo. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente (en pecado), sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí, por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre ustedes, incluso algunos han muerto".
Por otro lado, Dios afirma que su palabra es sanadora cuando es aplicada a la vida diaria de los creyentes. En el libro de los Proverbios podemos leer: "No seas sabio en tu propia opinión; teme a Dios, y apártate del mal; porque será medicina para tu cuerpo, y refrigerio para tus huesos".
En relación a los médicos y la necesidad de consultarlos, afirmamos que es absolutamente necesario hacerlo, sin dejar de hacer lo otro. Relata el evangelio según San Lucas, quien era médico; que "una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía 12 años, y que había gastado todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada, se le acercó por detrás a Jesús y tocó el borde de su manto; y al instante se detuvo el flujo de sangre…y él le dijo: "Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz".
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