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Opinión

Vivir con fe

Las cosas que son del espíritu desafían la pura lógica humana.

El apóstol Pablo, probablemente la mente más brillante del cristianismo después de Jesús, explicó a los creyentes de la ciudad de Corinto cómo opera el conocimiento del evangelio frente a la sabiduría humana. Les dijo: "Porque la palabra de la cruz es locura para los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos". Pablo concluía que, en los planes divinos, el mundo no conoció a Dios mediante la lógica humana, sino que Él prefirió salvar a los creyentes por la "locura" de la predicación.

Este dilema sigue vigente. En vísperas de la Pascua pasada, el diario Clarín publicó una columna de John Carlin. El periodista británico —que vivió su infancia en Buenos Aires y se formó en el colegio Cardenal Newman— comenzaba con una confesión: "Jesucristo murió y luego resucitó —hoy es el aniversario— para redimir los pecados del mundo. No entiendo lo que quiere decir eso, y menos tomando en cuenta la historia de los últimos 2000 años". Su escepticismo se apoya en su propia visión y en la de su compatriota, el filósofo Bertrand Russell, célebre detractor de las religiones.

Carlin aclaró que su intención no era atacar a la religión, sino «despotricar contra la fe en general y el creer en cosas, sean las que sean, sin razón».

Pero al hacerlo comete el error de separar la fe de la religión, ignorando que ninguna fe religiosa puede existir sin doctrina, ni ninguna religión sin el motor de la fe.

Con frecuencia se piensa que la razón y la fe son opuestas. Es un prejuicio falso. Porque la fe es una ventana que le permite al hombre vislumbrar el mundo invisible; realidades que, por sus limitaciones naturales, no puede descubrir por cuenta propia.

Por ese mismo motivo, la sana razón no puede negar la posibilidad de un ser superior. Quien lo hace, abandona la racionalidad y cae en el racionalismo: la injustificada atribución de un carácter absoluto a la mente humana como juez supremo de todo lo existente.

vivir con fe

No es la razón la que bloquea el acceso a lo invisible, sino una razón teñida de incredulidad y soberbia. En el fondo, el hombre sin fe anhela reemplazar a Dios. Supone que haría mejor las cosas y argumenta que, si Dios fuera real, el mal no existiría. Por eso las Escrituras señalan que el hombre natural no tiene acceso a las verdades espirituales; le parecen una locura porque se han de discernir espiritualmente. En función de ello, profesando ser sabios, se volvieron necios.

Los medios de comunicación son fundamentales para informar, pero a menudo priorizan el escepticismo por sobre la fe. Por eso, las facultades de periodismo deberían incorporar una materia que enseñe que los asuntos espirituales no se analizan con la misma vara que el resto; al menos, para que los futuros profesionales busquen asesoramiento antes de opinar.

Se suele olvidar lo que bien resumió San Pablo en su primera carta a los Corintios: las cosas que son del Espíritu de Dios desafían la pura lógica humana y exigen un discernimiento superior.

Vivir con fe no implica apagar la mente, sino encender el espíritu. El lector que se anime a dar este paso descubrirá que la razón y la fe no se excluyen, sino que se complementan: la primera nos ayuda a caminar con pies firmes sobre la tierra, mientras que la segunda nos da las alas necesarias para vislumbrar el infinito.

Probar esta dimensión es comprender que la lógica humana explica el cómo de las cosas, pero solo la fe le devuelve al hombre el sentido profundo de su existencia.

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