El periodista también se equivoca
Nadie sabe de todo. No conocer un tema no tiene nada de malo, pero el problema aparece cuando alguien opina públicamente desde el desconocimiento y, para colmo, ataca a los demás. Para opinar con autoridad sobre un tema, hay que estar capacitado en esa área. Un especialista en una materia no puede juzgar el trabajo de otra disciplina que no le corresponde. El respeto a las profesiones de cada uno es la base para debatir con seriedad.
Se rompió un principio
Este principio se rompió hace poco en los medios locales. Un periodista intentó cuestionar el nivel educativo de la comunidad cristiana, pero demostró que ni siquiera conoce su propia región.
En la provincia del Chaco existen instituciones históricas con una gran trayectoria en la formación de ministros cristianos, como el Instituto Bíblico Ministerial de la Iglesia de Dios, que funciona en Presidencia Roque Sáenz Peña desde 1958. Ignorar estos lugares de capacitación es un error básico de cualquier profesional que debe verificar sus fuentes antes de hablar.
En este contexto, el mismo periodista que antes había subestimado la formación de los pastores evangélicos volvió a equivocarse. Esta vez afirmó que el infierno no existe y que es un invento.
Sin embargo, nadie con sentido común puede negar el impacto histórico de Jesús ni la verdad de sus enseñanzas. Su huella en la humanidad es tan grande que el mundo occidental divide el tiempo a partir de su nacimiento (Antes de Cristo y Después de Cristo). Ignorar esta realidad, que está respaldada por la Biblia, demuestra una gran falta de conocimiento sobre la fe cristiana.
Lugar de tormento
Respecto de un lugar de tormento, el propio Jesús lo habló claramente. Cuando enfrentó a los líderes religiosos de su época, les advirtió: "¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparan de la condenación del infierno?". Por lo tanto, la existencia del infierno no es un invento de los pastores actuales, sino una advertencia del mismo Jesús.
También es un error usar frases de los papas Juan Pablo II y Francisco fuera de contexto para decir que el infierno es un mito. Ambos aclararon que el infierno no es un lugar físico con coordenadas geográficas y dirección postal, sino el estado en el que queda una persona que decide alejarse definitivamente de Dios.
Que algo sea espiritual y no material no significa que sea mentira. Confundir lo espiritual con la inexistencia demuestra que al periodista le faltan herramientas para leer textos religiosos.
No se puede juzgar la fe con las reglas de la ciencia materialista. Al cambiar el sentido de los textos religiosos para acomodarlos a una ideología, el periodista rompe el código de ética de su propia profesión, que le exige ser objetivo.

La crítica puede existir
La iglesia, como cualquier institución humana, puede ser criticada. Pero para cuestionar sus creencias hay que hacerlo con honestidad, estudiando el tema y leyendo los libros correctos.
Opinar de religión sin saber leer los textos sagrados es caer en la trampa de hablar con soberbia sobre lo que se desconoce.
Para cerrar, la teología explica que el infierno no es un sitio físico con dirección postal, pero eso no significa que no sea real. Existe. La Biblia advierte que allí hay llanto, desesperación y sufrimiento para quienes rechazan la salvación de Dios.
El apóstol Juan, autor del Apocalipsis, lo dejó muy claro: el sufrimiento es para siempre, no hay un segundo de paz y el tormento dura por toda la eternidad.
Quien quiera criticar una creencia, primero debe tomarse el trabajo de conocerla. De lo contrario, no es una crítica inteligente, sino más bien un acto de pura arrogancia.
Esta observación no busca juzgar ni señalar al periodista en el plano personal, sino abrir la puerta a un debate más constructivo y maduro. Todos nos equivocamos y desconocemos áreas ajenas a nuestra profesión, lo cual es completamente humano.
La intención es invitar a una reflexión sobre la responsabilidad que conlleva comunicar públicamente, entendiendo que el respeto mutuo entre la labor periodística y las comunidades de fe enriquece el diálogo social.

















