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Un pataleo hipócrita

Las elecciones del año pasado en el país expresaron el deseo de casi seis de cada diez argentinos de castigar al peronismo por la situación del país. No hay dudas de eso cuando se mira qué decisión electoral tomó la ciudadanía en el balotaje de noviembre y entre cuáles opciones. 

Por un lado, Sergio Massa prometiendo un plan de sobreprotección de las clases media y baja, al cabo de una campaña financiada con una cantidad sideral de recursos públicos. Todo el Estado al servicio del candidato del Frente de Todos, más una trama formidable de respaldo mediático. A la par, los apéndices habituales del PJ: sindicatos y movimientos sociales. Ni hablar del aguante de toda la red de gobernaciones y municipios manejados por el justicialismo.


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Enfrente, un Javier Milei que no tenía empacho en repetir la palabra prohibida en cualquier discurso de campaña: ajuste. Sin más soporte que una pequeña estructura heterogénea, insignificante en el interior; sin gobernaciones ni intendencias (y por consiguiente sin cajas públicas); con el grueso de los medios enfocados en resaltar sus inconsistencias. Sin un mínimo manejo de la escena como para, por ejemplo, evitar ser vapuleado por Massa en el ring de los debates televisados.

Mirando únicamente ese mapa, nadie hubiera apostado un billete de diez pesos por el candidato libertario.

QUIÉN LO DIRÍA

Ya sabemos cómo terminó esa parte de la historia. Con un caballito de madera y la promesa de un camino amargo que algún día nos llevaría a la recuperación, Milei le dio una paliza a su oponente en las urnas. Massa, el Goliat del partido que se percibe invencible, vio la piedra cuando ya le llegaba al cráneo.

¿Por qué una decisión ciudadana tan loca, tan fuera de toda ecuación? Porque si era un voto castigo para el peronismo, ¿por qué no aplicar la sanción a través de la candidatura de Patricia Bullrich, cuya propuesta, al estar sostenida por una fuerza de peso específico contundente como la de Juntos por el Cambio, parecía más sustentable políticamente? ¿Por qué dejar todo atrás para elegir a un desconocido que no controla sus emociones? Justamente por eso: porque la idea era dejar todo lo demás atrás. Al peronismo, a los radicales, al PRO, a todos los que tuvieron su turno y fracasaron. El mérito de Milei fue ese. Con su estilo extravagante y algunas mentiras nada piadosas (como la de decir que su ajuste no iba a tocar a "los argentinos de bien") logró captar el voto de quienes se morían de ganas de patear el tablero. 

Cuatro meses después de haber llegado al poder, el presidente continúa en gran medida viviendo de eso. La decisión de la mayoría social de cambiar drásticamente de ruta sigue generándole a Milei un respaldo elevado, si es que no están fallando las encuestas que reflejan esa circunstancia. "Estamos mal pero vamos bien" es la definición -acuñada en los ’90 por Carlos Menem- que más representa lo que dicen quienes le renuevan el crédito al líder libertario.

TODO POR VERSE

Ya se verá si el giro que los votos pusieron bajo la luz es un proceso destinado a perdurar o un estado anímico que la dureza del ajuste diluirá hasta que la carroza vuelva a ser una simple calabaza, pero mientras tanto se abrió una revisión de una amplísima gama de cuestiones que hasta no hace mucho parecían indiscutibles o que, al menos, eran asumidas como blindadas a cualquier interpretación alternativa.

La violencia de los ’70, el rol del Estado, la intangibilidad autoatribuida por el empleo público, los límites de la protesta social, las políticas frente al crimen y los derechos en los centros de reclusión son solo una parte de esa agenda en la que las cosas dejaron de estar talladas sobre la piedra y quedaron abiertas a la discusión.

De la lista no escapan los gremios, sobre todo porque tras la asombrosa pasividad frente a la desastrosa gestión de Alberto Fernández y Cristina Kichner ahora actúan como si la crisis llevara solamente 120 días de existencia. Como expresión máxima de esa doble vara tan conocida por los argentinos, la CGT, que también premió a Alberto y CFK con una tolerancia de abuelas, anunció para mayo el segundo paro nacional en lo que va de la gestión Milei.

Toda esa repentina vocación por defender a trabajadores, cuyos ingresos ya vienen siendo amasijados desde hace mucho, tiene su correlato también en el Chaco, donde buena parte del arco sindical estatal muestra ante Leandro Zdero una sensibilidad -por llamarla de alguna manera- que no se compara con la que muchas de esas entidades le prodigaban a Jorge Capitanich.

ENVASADO EN ORIGEN

Si bien se podrá decir que el caso chaqueño se debe en parte a que los mandatos de Capitanich fueron períodos en los que hubo una decisión muy nítida de recomponer los salarios del sector público, y en la última etapa de al menos amortiguar la erosión inflacionaria creciente, la causa de fondo en la diferencia de trato -tanto en el orden nacional como en el provincial- es el vínculo de origen entre el peronismo y la dirigencia sindical. Y a nadie le sorprende hoy que las figuras del gremialismo estén más interesadas en sus posicionamientos partidarios que frente a la sociedad. Incluso que frente a sus afiliados, que al final, al no haber elecciones directas de los jefes nacionales de los sindicatos, no definen casi nada de las renovaciones del poder en esas entidades. Casi que esos señores, que tienen niveles de vida que envidiarían los gerentes de grandes corporaciones, se reeligen a sí mismos.

Pero dejando aun todo lo anterior de lado, ¿con qué autoridad esa dirigencia puede oponerse a un ajuste cuya justificación central es una crisis extrema provocada por la vigencia, durante muchísimo tiempo, de políticas que arruinaron la economía del país y de la provincia? 

HACERSE CARGO

Es que así como la dirigencia del PJ no se hace cargo del resultado desastroso de una manera de ver la economía y las relaciones políticas y sociales, el sindicalismo tampoco asume su cuota. Aplaudió, y en muchos casos impulsó, todo lo que nos trajo a este punto de nuestra historia. 

¿No sabían que promover y celebrar el incremento constante de las plantas de personal estatal conspiraba contra la viabilidad y el nivel de remuneraciones del propio empleo público? ¿Importaba más sumar cuotas sindicales que entender que esa práctica tarde o temprano haría colapsar al propio Estado? ¿Creían de verdad que "defender al pueblo" era tolerar la emisión descontrolada, el endeudamiento y el quebranto permanente del fisco? ¿En serio pensaban que la inflación, un factor poderosamente empobrecedor, no tenía nada que ver con todo eso? ¿Por qué nunca les preocupó la bajísima productividad argentina si eso siempre se paga caro? ¿En serio piensan que es viable mantener regulaciones laborales de hace setenta años? ¿No es más inteligente negociar cambios racionales que decir a todo que no y terminar alimentando hartazgos ciudadanos que llevan votos hacia las motosierras? ¿Nunca les hizo ruido que la mitad del empleo nacional sea en negro? ¿En serio van a seguir cantando lo de "combatiendo al capital" en un país que jamás dejó de ser capitalista? ¿Por qué cuando montan sus propias empresas -a su nombre o el de otros- se olvidan de sus supuestos principios y explotan sin miramientos a sus empleados? ¿Por qué exigen relaciones laborales y niveles salariales de países serios si defienden modelos bananeros?

Los sindicatos existen en todos los países civilizados. Son necesarios. Son parte de un juego de contrapesos que no puede faltar. Es obvio que allí están los intereses sectoriales y es imposible que falten los particulares. Pero si el objetivo central no es una mejoría del conjunto, si no hay algo de grandeza sino puras miserias, es bastante hipócrita acabar pataleando sobre los resultados. 

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