La odisea de los secos
La democracia, como el amor, es un concepto ideal. En la realidad aparecen los desajustes, los desencuentros, los malentendidos y las toallas mojadas sobre la cama. En la vida política, además de eso, las inequidades, las ventajas porque sí y las canchas inclinadas. Con todo, hasta ahora nadie inventó algo mejor que el amor para vivir, ni nada mejor que la democracia para la convivencia social. Aunque hay demócratas que tienen la habitación repleta de láminas de dictadores, pero ese es un tema aparte. 
Se dijo siempre que uno de los síntomas de buena salud en una democracia es la alternancia en el poder y la renovación de los cuadros dirigenciales. De ambas cosas la Argentina y el Chaco tienen poco, y no se trata de una casualidad.
Desde abajo
Pongámonos en la perspectiva de un partido "chico", es decir cualquiera de esas fuerzas políticas que sueñan con obtener alguna vez un caudal electoral que supere 10% del total. Históricamente, en nuestra provincia, son casi todos. En la elección legislativa de 2019 participaron catorce agrupaciones y once de ellas estuvieron por debajo de 1,5% de los votos.
Ese bajo nivel de impacto en las preferencias de la ciudadanía tiene diversas consecuencias: menos apoyo estatal (hay un fondo nacional para los partidos en función de los votos recibidos en cada comicio general), menos atención de los medios, menos llegada a los electores, menos interés de empresarios y particulares para hacer aportes económicos, menos posibilidades de sumar militantes (el éxito atrae, los bajos resultados alejan).
El asunto podía relativizarse en el siglo XIX, cuando los sueños de la modernidad todavía volaban alto y no era de locos portar la idea de que cualquiera podía cambiar la historia en cualquier momento. Pero hoy billetera mata ideología, y hacer política sin dinero es casi tan viable como hacer windsurf en la laguna Argüello.
Todo cuesta
Participar en las elecciones parece una cuestión de decisión y confianza en uno mismo, pero no, es bastante más caro que eso. El Chaco tiene un padrón que, en números redondos, registra un millón de personas en condiciones de votar. Los partidos, habitualmente, imprimen boletas por el doble o el triple que eso a fin de cubrir el reparto de papeletas el día de la elección, más la necesidad de entregarlas en calles y domicilios desde días antes (el tradicional "boleteo" casa por casa), y una reserva suficiente para cubrir los faltantes que se producirán por pérdidas o robos en los cuartos oscuros, que son parte del folclore comicial. Así, solamente en impresión de boletas, se pueden ir de una sola vez entre 10 y 15 millones de pesos.
Pensando también solamente en la jornada de votación, hay un detalle que parece menor pero no lo es. Hay que tener fiscales. En el Chaco hay unas 3000 mesas receptoras de sufragios. Darles de comer a los fiscales implica un gasto de aproximadamente dos mil pesos por cabeza. Si una fuerza quiere tener fiscales en todas las mesas, debe pensar en no menos de 6 millones de pesos.
Si además el fiscal no es un militante, sino una persona que asume el rol a cambio de una paga, habrá que sumar de 4000 a 5000 pesos para cada uno. Por eso los partidos de las periferias de la política priorizan las fiscalizaciones de favor (es decir, efectuadas por militantes o personas que ofrecen su colaboración desinteresadamente) y no cubren todas las mesas. Optan por tener controles solo en las localidades y circuitos en los que tienen sus mayores expectativas. Para los demás, se resignan a que peronistas y radicales les birlen los votos que puedan llegar a obtener en esas urnas.
Rebusques
Trasladar votantes desde sus casas hacia las escuelas es otro recurso que los chicos ven con las ñatas contra el vidrio. En las elecciones pasadas los grandes partidos pagaron un promedio de 6000 pesos por auto (hoy, por el incremento de los combustibles y la inflación general, hay que pensar en aproximadamente el doble), a lo que algunos caciques agregaron bolsas de mercaderías (el que piense que esos alimentos se sustrajeron de depósitos oficiales es, seguramente, un ser incapaz de creer en el prójimo). Aquella vez circularon por el Gran Resistencia cientos de vehículos a disposición de la maquinaria electoral.
¿Y qué pasa antes de la elección, en las campañas? Cada una de las gigantografías que se ven en las zonas urbanas, generalmente pegadas sobre paneles que rodean a obras en construcción, tienen un costo aproximado de 50.000 pesos para su impresión, más otros 40.000 o 50.000 para alquilar ese espacio durante un mes. Es decir que apenas diez piezas gráficas de ese tipo, expuestas por unos treinta días, ya demandan una inversión que araña el millón de pesos.
Los partidos chicos, por eso, van a otras opciones. Las redes sociales, por ejemplo, pero no son mágicas. También se recurre a viejas herramientas de la propaganda, como las pintadas y los pasacalles. Pero tampoco son muy accesibles. Pintar una pared con las consignas y candidatos propios no sale menos de 25.000 pesos y los pasacalles rondan los 9000. A veces el trabajo militante y el regateo permiten bajar un poco las cifras.
Ventanillas
Hay más en la brecha entre ricos y pobres. El viejo orgasmo de la acción política, el acto masivo, es un lujo VIP. Un mitin como Dios manda, con buen sonido, escenario prolijo y otros detalles cuesta alrededor de un millón y medio de pesos. El gasto pasará la barrera de los dos millones si hay que incluir el transporte de militantes en colectivos por un trayecto corto. Más todavía si a la mística hay que darle de comer y de beber.
Así las cosas, para las fuerzas menores una campaña básica, lejos del tope de gama, demanda una erogación total de entre 20 y 30 millones de pesos, considerando todo lo descripto más publicidad en medios, recorridas, atención de mangazos y logísticas varias.
Los grandes partidos la tienen menos complicada, por algunos motivos que son conocidos y otros que son fáciles de imaginar. Manejar poderes públicos (de orden nacional, provincial o municipal) oxigena las finanzas de esas fuerzas de una manera imposible de empardar. La gestión pública permite además una exposición cotidiana a través de obras públicas, políticas sociales y otras acciones. El empleo estatal también suma porotos, y muchos gastos de campaña pasan por las ventanillas equivocadas.
El glamour garpa
Hay además una circunstancia extraña pero real: para un sector del electorado, una figura política digna de ser votada debe ser una especie de rockstar. "Si la gente te ve llegar en un auto hecho percha, o que en lugar de un folleto en colores entregás una fotocopia, no te da ni pelota. Dicen ‘este está en la lona; si llega, seguro va a robar’. Es raro pero muchos piensan así", se lamentaba en la semana un veterano de las intenciones.
También hay un "costo chaqueño" omnipresente. "El atraso social siempre bloquea los proyectos de cambio real. En Buenos Aires, Zamora (Luis, dirigente del Movimiento al Socialismo) llegó al Congreso hablando en los subtes. Si lo hacés acá en los colectivos, la gente te echa", acotaba el mismo dirigente.
Por si faltara algo, éramos muchos y parió la abuela. El escenario también incluye un mercado blue de sellos partidarios. Si un grupo político o un candidato no tiene una agrupación propia con la cual participar en un proceso electoral, ni tiempo para conformarla, deberá pagar a efectos de que alguien le preste o alquile el nombre y el papeleo de su agrupación. Los precios varían, pero un partido pequeño inscripto tanto a nivel provincial como nacional acaba de pedir, en el Chaco, una cifra nada desdeñable para permitir que con su sello se candidateen aquí los referentes de una importante figura porteña: nada menos que 50 millones de pesos.
Fuera de ese curro, los partidos chicos también padecen que los aportes del Estado por votos recibidos en elecciones anteriores se pagan tarde y devaluados por la inflación. Cuando los depositan, los partidos no pueden, por ejemplo, constituir plazos fijos para combatir la depreciación de la moneda. Entonces, derivan los aportes a cuentas particulares. "Te obligan a manejarte en negro", decía un hombre con varias campañas sobre el lomo.
Es decir, se puede cambiar el mundo, pero hay que tener una camionada de guita.
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