Resistencia31°Min. 21° • Max. 31°

CARTAS DE LECTORES

A mi hijo lo respetarán

Señor director de NORTE:

No somos nada sin el Señor. A él debemos todo respeto, es la manera en que nuestra fe crezca porque aceptamos que es enviado del padre y nadie puede llegar al padre sino a través de él. 

Este mundo tan pecaminoso es la puerta para las tinieblas eternas por tanto  siguiendo el camino de la verdad venceremos  al enemigo que está luchando para destruir muchas almas.

Dice el reverendo padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa:

"Queridos hermanos,  los padres de la iglesia se permitían muchas veces hablar en estilo directo, hablando como si fuera el mismo Jesucristo quien hablará a través de ellos.

Lo propio del orden sacerdotal es actuar y hablar en la persona del verbo. Es parte de la mayor perfección del sacerdote, ministro de Cristo, hacer que resuene la voz de Cristo como si él mismo sacerdote no existiera. Así quedarán impactados los oídos al escuchar directamente al señor. Es gracia y misericordia que Dios concede a cada ministro suyo. Cuanto más se manifiesta la cara del maligno, es más necesaria la manifestación del rostro del señor a través de sus sacerdotes.

No podemos permitir que predomine la voz de la serpiente infernal, siendo nosotros los encargados de manifestar públicamente la voz del Señor crucificado, muerto y resucitado. No prepararse para ser voz de Cristo es un gran pecado de omisión.

La obligatoriedad afecta más a toda la jerarquía eclesiástica que a los fieles laicos, aunque no por ello, los laicos han de callar, todo lo contrario. Es una obligación que tenemos —manifestar la voz del Señor—, sin esperar, porque son ofensas a Dios tras ofensas y pérdidas de almas tras pérdidas.

Aquí el callar produce un daño inmenso, se trata de la pérdida eterna de las almas; y de lo que es aún peor: las eternas ofensas al señor.

Los sacerdotes tenemos el deber de rescatar el mayor número posible de almas; no ha de quedar por falta de nuestro esfuerzo e interés. Hemos de obedecer al señor, y no a los hombres, si queremos estar por toda la eternidad con él. Sólo podemos obedecer a los hombres que sean fieles al señor.

Los tiempos actuales de la Iglesia son muy distintos a los tiempos de San Ignacio de Loyola, entonces obedecer a la jerarquía era obedecer al señor, pero en la actualidad vemos, con asombro y escándalo, cómo no es así. Manifestaciones públicas de miembros de la jerarquía de la Iglesia a favor de las relaciones homosexuales, del matrimonio en adulterio. Se enseña el error y se manda lo indebido.

Hemos de tener los sacerdotes prudencia divina, que no es ni más ni menos que no hacer esperar al divino corazón de Jesús por el falso respeto humano. El señor habla continuamente, y eso es lo que debemos hacer sus sacerdotes, hablar a tiempo y destiempo, con ocasión y sin ella. De lo contrario tendremos que rendir cuentas a Dios de nuestro silencio culpable.

En el señor nada es separable, no se puede separar su muerte de nuestra salvación. Él es el salvador y el redentor, con todos sus misterios. No hay misterio que no nos redima y nos salve, pues sus misterios son infinitos e inagotables. No podemos obedecer a los que pretenden sofocar la voz del señor. No podemos obedecer a quienes nos manden el error, ponemos en riesgo la propia salvación de nuestra alma por toda la eternidad. O conmigo o contra mí (Mt, 12, 30).

El señor es el primero y el último, el alfa y el omega, el principio y el fin. Tanto los que se creen los primeros como los que se creen los últimos hemos de alzar la voz con el señor; ninguno ha de callar. ¿Para qué el señor nos ha dado la voz? ¿Para qué vive entre nosotros? Somos obreros de la viña del señor. Id y predicad (Mc, 16, 15).

Toda predicación que no sea conversión, es malversación de los bienes que el señor nos ha concedido. ¿Cómo nos presentaremos ante el tribunal de Dios si no estamos realmente convertidos? El maldito respeto humano puede convertir a muchos en malditos. Pero el señor, rico en misericordia y piedad, nos inspira para convertirnos en benditos suyos, de su padre y del amor mutuo de ambos que es el Espíritu Santo. Hemos de seguir las inspiraciones del Señor sin tener en cuenta al mundo.

¡A mi hijo lo respetarán! (Mt, 21, 37). El padre nos envió a su hijo para que le obedezcamos, y no para que le crucifiquemos en la desobediencia. ¿No lo adoran todos los ángeles y toda boca proclama su divinidad (Flp, 2, 11)? servir al señor es triunfar con él pues jamás fracasó. Somos nosotros los que fracasamos al no recibirle. Nuestra vida ha de ser una contínua  comunión con las tres divinas personas.

La voz del señor resuena en la verdad del magisterio recibido en la tradición, es la voz de sus infinitos e inagotables misterios presentes en los santos sacramentos instituidos por él mismo. Los infinitos e inagotables misterios contenidos en el depósito de la fe católica trasmitido de generación en generación. Fe católica y divina, siempre nueva y actual, siempre vivificadora y santificadora, porque es la misma voz del señor en ella. La fe, hoy como ayer y como mañana se manifiesta inalterable, inamovible e irreformable. Es la voz del señor que nos habla. Es la voz del padre que dice: 

¡A mi hijo lo respetarán! ¡A mi hijo lo obedecerán! 

Si, padre eterno, a tu hijo obedeceré. ¿Y tú?

Ave María Purísima".

CLARA MARÍA GONZÁLEZ

RESISTENCIA 

Más de Iglesia Católica+ Ver todas
Te puede interesar