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Sergio Schneider

Columnista

Lo bueno de lo malo

La realidad se puede disfrazar, lo que no se puede es derogarla. Siempre estará y siempre se hará sentir.

Lo relevante, en términos políticos, es esto último: cómo se la percibe. En situaciones medianamente normales, esas vivencias son diversas y muy influenciables: la realidad se vuelve muchas realidades.

Algunos considerarán que les va bien, otros que la pasan regular y sin grandes cambios, el resto opinará que tiene privaciones por resolver, más un infinito abanico de combinaciones y matices. Pero cuando el contexto es extremadamente benévolo o extremadamente duro, las sensaciones tienden a uniformarse. Casi todos sienten que comparten un período de bonanza o casi todos creen que la están pasando mal.

La larguísima crisis argentina (de por lo menos medio siglo, pero que se tornó ininterrumpida desde 2010 hasta aquí) nos puso en una de esas situaciones fronterizas. Los esfuerzos comunicacionales del gobierno, la emisión de moneda y el endeudamiento para disimular la debilidad estructural, así como la labor de intelectuales y periodistas militantes a fin de tapar el internismo y la ineptitud con un manto de victimización, ya no alcanzan a torcer la manera en que el conjunto social procesa el día a día.

La inmensa mayoría de los ciudadanos no necesita de los funcionarios, de los dirigentes, de sus sacerdotes, de los medios ni de las redes para saber cómo debe sentirse.

A las patadas

La realidad no solamente se sienta ahora todos los días en el centro de la mesa de cada hogar, sino que además entró a las patadas en los estamentos más elevados del poder institucional. La crisis (de crecimiento, decía el presidente hasta hace poco) despertó todos los fantasmas de la historia argentina reciente, reavivando temores que parecían del pasado y que en su momento fueron tan traumáticos que hasta la oposición evita hoy mencionarlos con nombre y apellido. Paradójicamente, fue desde la misma coalición gobernante que esos riesgos se plantearon con palabras en carne viva. Juan Grabois, el referente kirchnerista más importante del activismo social, habló de "saqueos" y de "sangre".

Dos décadas atrás, alguien definió el estallido de diciembre de 2001 como "un accidente en cámara lenta". Una imagen poderosa y acertada de aquel derrumbe trágico. Nadie podría decir que aquello que se desencadenó un día -y acabó exterminando al gobierno de Fernando de la Rúa- no se hubiera visto venir. Y aun así, el rumbo se mantuvo, directo hacia la catástrofe.

La designación de Sergio Massa en el gabinete nacional es un volantazo que pretende evitar la reiteración de aquella experiencia.

Hay detrás todo un reacomodamiento de las placas tectónicas del poder peronista del presente, ese Frankenstein político ideado por Cristina Kirchner, que muchos calificaron de genialidad en 2019. Pudo haberlo sido para ganar las elecciones, pero la criatura resultó nefasta para el ejercicio gubernamental.

Operativo Retorno

Más allá de los personajes en escena y de los detalles, lo que sucede con el nuevo rol de Massa es muy curioso, y de alguna manera retrata cómo es que hemos llegado a este punto. El hombre de Tigre tiene como misión central pausar la fantasía económica del kirchnerismo y reconectar al gobierno con el sentido común.

Es decir, con esos principios básicos que son el abecé de la gestión en cualquier parte: no gastar más que los recursos que se tienen, defender el valor de la moneda, que el medio no se convierta en el fin: no poner por delante mil maneras de aislar de los problemas del país real a la estructura estatal, sino hacer que promueva –y no que obstruya, como hasta aquí- la actividad económica y el empleo genuinos.

Si bien las medidas del ministro se conocerían recién el miércoles, los economistas del massismo siempre mostraron afinidad con esos criterios, y está claro que es lo que esperan de ellos los sectores que todavía se ocupan de mover los remos del barco: los productores, la industria nacional, las pymes, los trabajadores.

Es esa expectativa positiva la que descomprimió, luego de la confirmación de los cambios en el gabinete, indicadores referenciales como la valuación del dólar, la cotización de los bonos argentinos y el riesgo país. Un "mientras tanto" favorable que ahora tiene por delante el capítulo crucial de ver cuál es el plan que guiará al gobierno (si llega a ser presentado, sería el primero en 31 meses de gestión...).

Lo novedoso es justamente eso: que implícitamente se admite que el discurso mágico del frente gobernante ya no se puede sostener más. No es sustentable el desarrollo si buena parte de su soporte es la impresión ilimitada de billetes que llegan a los bolsillos sin respaldo. El Estado no puede reemplazar a la iniciativa privada como motor de la economía, ni el incremento incesante del empleo público y del asistencialismo indiscriminado sustituir a la necesaria creación de trabajo verdadero, adecuadamente remunerado.

Ni tampoco es sensato considerar que el empresariado rural o urbano es un enemigo por naturaleza del crecimiento social o, peor, que se trata de dos cosas excluyentes, una mirada que se volvió a agitar por estos días y que revela una asombrosa ignorancia. Se cuestionó, por ejemplo, que los agricultores no liquiden sus cosechas en medio de la volatilidad del mercado cambiario.

¿Quién saldría a vender a cinco lo que supone que en poco tiempo más podría valer diez? ¿Es una especulación que genera inestabilidad o hay una inestabilidad que genera especulación? ¿Salieron acaso en esos mismos días los funcionarios y defensores de la causa a vender sus dólares escondidos para paliar la corrida cambiaria? Al fin de cuentas, dicen que el del blue es "un mercado chiquito". Podrían haber influido en él.

Lo que sí cabe y es de esperar es que el Estado regule de manera razonable la relación entre los intereses particulares y los intereses del conjunto. Allí es tan inaceptable la supeditación del bienestar social a la ambición corporativa, como plantear que la ganancia empresaria es un nuevo pecado mortal.

Suelen teorizar sobre el tema quienes lo hacen desde la comodidad de un cargo o un empleo público vitalicio y quienes jamás han vivido la experiencia de tener que mantener con vida un emprendimiento privado que depende de mercados cada vez más pauperizados y que lidia con condiciones fiscales y normativas que varían constantemente, casi siempre a favor de complicar las cosas y no de facilitarlas.

Es todo ese conjunto de conceptos disparatados -que nos asimila a otros países, que hoy son ejemplo de atraso y de desconexión con el mundo moderno- el que se vino aproximando a su punto de agotamiento. Y ahora, como quien hizo todo lo que se sabía que iba a deteriorar su salud y debe entrar a cirugía de urgencia para evitar un colapso irreversible, Cristina saca de la cartera el carné de la obra social y llama a un médico para que vea qué se puede hacer con la Argentina.

Mal, pero bien

Hay a esta altura de la novela al menos dos interrogantes importantes para el futuro inminente. El primero -que Massa comenzará a develar esta semana- es qué tanto margen político tendrá el nuevo equipo económico para hacer que la nave deje de orbitar a la deriva en el cosmos y regrese a la Tierra. El segundo, ligado con el anterior, es si un programa económico eventualmente serio será la típica dieta de urgencia para bajar unos kilos antes de una fiesta de casamiento, o si será el punto de partida hacia un cambio permanente que convierta a la Argentina en un territorio con previsibilidad y atractivo para la inversión.

Conociendo los jugadores que hay en la cancha, uno tiende a no ilusionarse. Está claro que la situación a la que nos llevaron no tiene salidas indoloras, y que el año que viene, intensamente electoral, no ayudará a que nuestros dirigentes y candidatos – sean del oficialismo o de la oposición- pongan lo colectivamente necesario por delante de lo personalmente conveniente. Ojalá nos den una gran sorpresa al respecto.

Resta mucho por ver. Cuáles son las medidas, si funcionan, si llegan a tiempo. Por lo pronto, y parafraseando una canción de "El cuarteto de nos", lo bueno de lo malo es que dejó de haber margen para seguir desbarrancando. A su vez, lo malo de lo bueno es que, si algo de ese margen se recupera, más de uno se tentará con volver a hacernos creer que estamos en Disneylandia. Mientras tanto, la realidad manda.

Como dijo alguna vez el genial Cantinflas, el gran cómico mexicano: "Estamos peor pero estamos mejor, porque antes estábamos bien pero era mentira. No como ahora, que estamos mal pero es verdad".